Crítica del posmodernismo radical

Debemos resistirnos a ciertos principios de la variedad más extrema del posmodernismo. Lo que tenemos en mente son esos elementos que rechazan la verdad objetiva, una comprensión inclusiva de la historia, el realismo metafísico, el uso referencial del lenguaje, y una visión correspondiente de la verdad. Hay problemas inherentes a algunos de estos puntos de vista más subjetivos, y parece que la popularidad de la deconstrucción ya está en declive.

 

Uno de los problemas centrales de la deconstrucción en la literatura, o del antirrealismo de Rorty, es la dificultad de mantener la coherencia. La deconstrucción ha sido utilizada por diversos grupos para avanzar en programa específico. Por lo tanto, las feministas han deconstruido lo que consideraban textos paternalistas y los marxistas han hecho lo mismo con los textos de opresión, pero como dice James Sire “la ‘deconstrucción’ que intentan vender Derrida y DeMan es a fin de cuentas universal. Dependiendo de cómo se interprete, el nihilismo es el padre legítimo o el hijo legítimo de la ‘deconstrucción’... En cualquier caso, ni el feminismo ni el marxismo pueden resistir su ácido. Si no existe un texto privilegiado, si ninguna historia es más ‘verdadera’ que otra, entonces todas las ideologías carecen de fundamento.” Lo que esto significa es que si la deconstrucción es correcta, también debe ser deconstruida. Si el significado no reside en el texto, sino que lo crea el intérprete, si la historia es creada por el historiador, si la verdad es lo que es bueno para una comunidad, entonces esto hay que poder aplicarlo a la deconstrucción, al neopragmatismo y al nuevo historicismo también.

Es muy difícil ser un deconstruccionista y defender el deconstruccionismo. Se puede ser un deconstruccionista coherente y guardar eso para uno mismo. Tan pronto como uno intenta comunicar la deconstrucción a otros y argumentar que deben aceptarla como verdad, uno ya deniega con la práctica lo que profesa en la teoría. Esto es porque ese acto parece asumir que el significado de lo que uno está diciendo es el significado que el hablante o el escritor pretende, y que hay algún punto de referencia común al cual otra persona puede prestar también atención.

Esto salió a relucir de forma dramática en el caso de Derrida. John Searle escribió una respuesta a un artículo de Derrida, retándole y criticando varios de sus conceptos. El artículo de Searle tenía diez páginas. En su réplica de noventa y dos páginas, Derrida objetaba que Searle había sido injusto con él y que había entendido mal varios puntos y expresado mal su posición. Incluso afirmó en un punto que lo que había intentado decir debería haber sido claro y obvio para Searle. John Ellis observa que algunos de los seguidores de Derrida se sintieron avergonzados por esta incoherencia entre la profesión de Derrida y su auténtica práctica en este artículo. Sin embargo, mantiene que esos mismos discípulos “generalmente han hecho exactamente lo mismo que tanto les avergonzó que Derrida hiciera (por ejemplo, acusan rutinariamente a Searle de no entender, no comprender y expresar mal la posición de Derrida).” De forma parecida Frank Lentricchia acusa al “grupo de Yale” de entender mal los escritos de Derrida “ignorando... una parte importante de la intención del autor.” Sin embargo, si la posición de la deconstrucción es que el autor no controla el significado de su texto, esto sería una posición incoherente.

La respuesta, por supuesto, a esta crítica puede ser que asume una lógica que la deconstrucción no adopta. Por lo tanto, la objeción no es legítima. Pero la pregunta que debe hacerse es ¿qué tipo de lógica se emplea cuando se discute de tipos de lógica? En otras palabras, ¿la misma respuesta asume una clase de lógica que parece rechazar? Parece que para que la respuesta tenga algún tipo de sentido, o tenga derecho a ser tomada en serio, requiere la asunción de algún tipo de lógica que al menos se parezca en cierta manera a la lógica que se asume aquí, esto es, que a no puede significar x y no-x a la vez y respecto a lo mismo.

Otra manera de decirlo es esta. El rechazo posmoderno al racionalismo del periodo moderno, con su restricción del significado y de los posibles objetos de investigación es a la vez legítima y deseable. Pero esto no significa que toda la racionalidad deba también ser rechazada necesariamente. Por supuesto es imposible hacer eso y todavía dedicarse al pensamiento y la comunicación con sentido. Desde luego se pueden rechazar los excesos del periodo moderno, los énfasis especiales que fluyeron de la Ilustración, sin rechazar también el énfasis en la racionalidad que caracterizó los periodos premoderno y moderno.

Una perspectiva que una teología posmoderna utilizaría y aceptaría sin duda es el hecho de que hacemos nuestra investigación y nuestro pensamiento desde una perspectiva particular, y que esto pone ciertas limitaciones al alcance de nuestro entendimiento. Esta es la perspectiva de que la verdad no es relativa, sino absoluta. Sin embargo, nuestro conocimiento de esa verdad es con frecuencia relativo, está restringido a nuestras propias limitaciones. Esta distinción entre la verdad y el conocimiento de la verdad se ha descuidado con frecuencia, con resultados desafortunados. Algunos, con una mentalidad básicamente premoderna y precrítica, han asumido, debido a su compromiso con la objetividad de la verdad revelada, que su conocimiento de esa verdad era equiparable a la verdad y por lo tanto también debe ser absoluta, aunque algunos manteniendo una orientación moderna o posmoderna tardía han concluido que lo que es verdadero para la epistemología debe serlo también para la ontología. Si nuestro conocimiento es relativo, entonces, razona este enfoque, la verdad también debe ser relativa. Sin embargo, esto al final conduce a algún tipo de subjetivismo.