A Dios por el ADN
Según el escritor del libro bíblico de Génesis, Dios creó al ser humano del polvo de la tierra. En el año 1929, el astrónomo norteamericano, Harlow Shapley, dijo que los seres humanos estábamos hechos de la misma materia que las estrellas. De ahí que otro astrónomo, mucho más famoso, Carl Sagan, pronunciara años después aquella frase tan poética de que “somos polvo de estrellas”. ¿Qué quiso decir Sagan con esto? Pues que los elementos químicos que componen nuestro cuerpo y el del resto de los seres vivos se encuentran también en las rocas de la tierra, en el polvo y en los astros del universo.
Hoy, la astronomía y la cosmología creen que las estrellas son las fábricas de todos los átomos que constituyen la materia. Se sabe que cada segundo el Sol produce 695 millones de toneladas de helio a partir del hidrógeno. Otras estrellas más grandes que el Sol generan carbono (C), silicio (Si), aluminio (Al) o hierro (Fe), en función de los miles de millones de grados de temperatura que pueda alcanzar su núcleo. Cuando se quema (o fusiona) todo el combustible de una estrella, ésta puede quedarse simplemente como una masa inerte (enana blanca) o bien puede estallar violentamente (supernova) y expulsar al espacio todos los elementos químicos que contenía.
Se cree que tales elementos pudieron agruparse después y formar planetas como la Tierra. Y del polvo de la Tierra surgieron nuestros propios cuerpos. Este sería pues, según la ciencia actual, el origen del oxígeno, el carbono, el hidrógeno, el nitrógeno, el fósforo o el azufre que forman la materia viva. De manera que cuando tomamos una lata de cualquier refresco, podemos pensar que los átomos de aluminio que la componen se formaron en el interior de una antigua estrella gigante, a 1.500 millones de grados de temperatura. Y lo mismo se puede decir de los átomos de hierro que hay en la hemoglobina de nuestra sangre, o del flúor de nuestros huesos y dientes, o del fósforo que forma parte del ADN, etc. Es decir que Dios nos formó del polvo de la tierra.
La existencia de Dios desde la perspectiva científica
Hasta hace poco más de un siglo y medio, predominaba en Occidente la creencia de que todos los seres del mundo habían sido creados por Dios de forma sobrenatural e incomprensible para la razón humana. Eso es lo que se puede leer en la Biblia y lo que el cristianismo ha venido enseñando a lo largo de los siglos. Sin embargo, con el advenimiento de la teoría de la evolución, a mediados del siglo XIX y su aceptación universal por parte de la ciencia, la palabra “creación” ha adquirido otras connotaciones diferentes, incluso en el seno de la teología cristiana.
Muchos científicos defienden hoy que la ciencia debe tener un compromiso previo con el materialismo. Con la idea de que solamente existe la materia y que ésta se ha creado a sí misma, sin Dios, sin Creador, sin causas sobrenaturales. Como la ciencia solo busca causas materiales para explicar los fenómenos de la naturaleza, parecería lógica esta tendencia de los investigadores a descartar siempre las causas sobrenaturales. Por otra parte, un buen número de hombres y mujeres de ciencia creyentes asumen también ese materialismo metodológico, pero aceptando que en el origen de todo estaría la acción y planificación del Dios creador. Él podría haber formado el universo y la vida por medio de lentos procesos evolutivos. Ahora bien, ¿cuáles son los límites de la ciencia humana?
Los científicos investigan la naturaleza siguiendo reglas y principios fijos que les permiten describirla, gracias a la experimentación. Sin embargo, las limitaciones aparecen cuando se intentan reconstruir procesos que ocurrieron en el pasado y que no se pueden reproducir en los laboratorios. Los problemas surgen cuando se pasa de la ciencia a la historia. Por ejemplo, hoy es posible observar cómo muchos animales cambian para adaptarse al medio en que viven: pieles más gruesas y pelo más largo en climas fríos; mayor tamaño corporal en climas fríos que en cálidos; forma de los picos de las aves según su alimentación; migraciones, hibernación, etc., son adaptaciones al clima. Pero, ¿demuestran estos cambios que un animal parecido al hipopótamo sea capaz de transformarse con el tiempo en una ballena?
Esto sería un ejercicio de extrapolación que sobrepasaría el límite de lo que la ciencia puede observar, medir o comprobar. No es que la ciencia no pueda hacer extrapolaciones. Lo que ocurre es que si estas extrapolaciones dependen siempre de la idea de que en la naturaleza nunca jamás puede haber influencia sobrenatural, se está aceptando un principio que no proviene de la propia ciencia sino de prejuicios ideológicos (como puede ser el materialismo, o el ateísmo metodológico, o el no intervencionismo). Desde esta perspectiva, por ejemplo, el análisis científico de los milagros bíblicos sería problemático. La creación, el pecado original, el diluvio, la confusión de lenguas, la conversión de agua en vino, la resucitación de un cadáver y la propia resurrección de Jesús, serían acontecimientos milagrosos imposibles de describir mediante leyes naturales. ¿Quiere esto decir que porque la ciencia no tenga acceso a ellos no ocurrieron en realidad?
El ser humano, al no poder llegar al conocimiento absoluto de la verdad por sus propios medios, depende de otras posibles fuentes de conocimiento. De ahí la importancia del mensaje de la Biblia, que nos dice cosas trascendentes que no podríamos saber de ninguna otra manera. Pero la revelación bíblica exige algo diametralmente opuesto a la metodología de la ciencia. Se trata de la fe, de la convicción de lo que no se ve, pero de una fe lógica o razonable. Es menester fiarse de la Escritura para aceptar la manifestación e intervención de Dios en el mundo natural. Y esta confianza es precisamente la línea que divide el mundo entre creyentes y escépticos. La fe es la condición imprescindible para entender cosas como el relato bíblico de la creación: "Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía" (He. 11: 3).
Por supuesto, nunca será posible demostrar de forma irrefutable la existencia de Dios mediante la ciencia humana. Si así fuera, no habría ateos. Dios no es demostrable de manera concluyente. De hecho, las auténticas demostraciones solo se pueden dar en el ámbito formal de las matemáticas. Y aunque a Dios pueda gustarle jugar con los números, desde luego, no es posible reducirlo a ellos. La Biblia no aporta demostraciones filosóficas o racionales sobre la realidad Dios, sino que lo da por supuesto desde la primera página y únicamente lo presenta como Creador del cosmos a partir de la nada. Sin embargo, que a Dios no se le pueda demostrar científicamente, o concluyentemente de forma racional, no significa que no haya indicios suficientemente sólidos de su existencia. ¿Acaso no es la propia creación una prueba suficiente de que Él existe? Tal es el argumento que presentó el apóstol Pablo: "Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas..." (Ro. 1: 20). Además, la acción divina no se evidencia solamente en la creación sino también en la historia del ser humano.
El clímax o punto culminante de la presencia de Dios en el mundo es Jesucristo. La verdadera imagen del Dios invisible. Un Señor que no obliga a nadie a creer en él sino que deja en libertad al ser humano para que elabore su propia filosofía de vida. Incluso para que crea en un cosmos sin Dios que se hubiera podido hacer a sí mismo. Lo que pasa es que para creer en un mundo así, sin un Creador inteligente, también se sigue necesitando la fe en las posibilidades de la materia. Si se elimina al Dios creador, no queda más remedio que divinizar la Naturaleza. El ateísmo niega al Dios bíblico, pero cree en la diosa Naturaleza y tiene fe en que la materia lo ha creado todo, empezando por ella misma. De manera que tanto el teísmo como el materialismo ateo necesitan de la fe. Ninguna demostración científica es capaz de sustituir a la fe. De ahí que la Escritura reconozca claramente que sin fe es imposible agradar a Dios (He. 11: 6) ya que se requiere fe en la revelación de Dios al hombre.
La Biblia habla de tres formas diferentes en las que Dios se revela a los seres humanos: mediante la creación, por medio de la conciencia moral y a través de la propia Escritura. Volviendo al pasaje de Romanos que ya hemos mencionado, podemos leer: "porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias" (Ro. 1: 19-21).
La nueva física y el Dios creador
Antes del siglo XX los científicos creían que la materia no podía ser creada ni tampoco destruida mediante procedimientos naturales. Se pensaba que ésta podía cambiar o pasar de un estado a otro pero nunca desaparecer o aparecer súbitamente. En base a ello se suponía que el cosmos debía ser eterno. Es decir, que poseía una edad infinita, sin principio ni fin. Tal idea contradecía obviamente la fe bíblica en un Dios que había creado el universo a partir de la nada y en un momento determinado. La ciencia impugnaba el acto creador inicial, en el que se fundamentaba casi todo el mensaje de la Biblia, porque sencillamente la materia del cosmos no se podía crear.
Sin embargo, esta hipótesis acerca de la eternidad de la materia se vino abajo durante los años treinta del pasado siglo, cuando por primera vez se consiguió crear materia de forma artificial en el laboratorio. La famosa teoría de la relatividad de Einstein fue la primera en cuestionar aquel antiguo axioma acerca de que “la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma”. La sencilla ecuación E= mc2, demostraba que la masa y la energía eran en realidad magnitudes equivalentes. La masa de los cuerpos naturales tenía energía y ésta poseía, a su vez, masa. Como la masa refleja la cantidad de materia que hay en los objetos, resultaba posible afirmar que la materia era, en efecto, “energía atrapada”. Si se liberaba dicha energía, desaparecía o se destruía también la materia y, al revés, si se conseguía concentrar la suficiente energía aparecía de nuevo la materia. Mediante los modernos aceleradores de partículas subatómicas se hizo posible aumentar la velocidad de los electrones y protones hasta comprobar que, en efecto, sus masas aumentaban también considerablemente.
Basándose en los planteamientos de Einstein, el matemático inglés, Paul A. M. Dirac, predijo en 1930 que si se pudiera concentrar suficiente energía, sería posible crear materia. Esta intuición se demostró tres años más tarde, cuando un colega suyo, llamado Carl Anderson, observó la aparición de un antielectrón. El físico Paul Davies lo explica así: “Carl Anderson, en 1933, se encontraba estudiando la absorción de los rayos cósmicos (partículas de alta energía provenientes del espacio) por láminas metálicas cuando reconoció de una manera inequívoca la aparición del antielectrón de Dirac. Se había creado materia en el laboratorio en un experimento controlado. Se verificó rápidamente que las nuevas partículas poseían las propiedades que cabía esperar. Por esta brillante predicción y el posterior descubrimiento, Dirac y Anderson compartieron el Premio Nobel.”
Después de este importante hallazgo, la producción de materia, en forma de electrones y antielectrones (también llamados positrones), se fue convirtiendo en algo habitual en los laboratorios de física cuántica. Más tarde empezaron a obtener también otros tipos de partículas subatómicas, como antiprotones, antineutrones, etc., y se almacenaron en recipientes llamados botellas magnéticas. En general, a todas estas antipartículas obtenidas de forma natural se las denomina hoy comúnmente como antimateria. Cada tipo de partícula de materia posee su antipartícula correspondiente. Pero, además, en base a la teoría del Big Bang, la ciencia acepta que tanto la energía como la materia que constituyen el universo, tuvieron su origen a partir de la nada en el acto creador inicial. Por lo tanto, la física no solo permite en la actualidad hablar acerca del origen de la materia que constituye el universo, sino que postula también un principio temporal para la misma.
La antigua idea sobre la eternidad del mundo material, que sostenían algunos filósofos griegos materialistas y los científicos decimonónicos, ha sido sustituida en el seno del pensamiento científico contemporáneo por otra idea que actualiza uno de los principales pilares de la revelación bíblica, la creación de todo lo que existe. Por tanto, se diga lo que se diga, la cosmología actual coincide en sus predicciones sobre el origen de la materia del universo con aquellas antiguas palabras que inician la Escritura: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Génesis 1:1).
No obstante, aquellos que se empeñan en no aceptar a un Creador sabio, arguyen que si hoy es posible para el hombre crear materia de forma natural en el laboratorio, ¿por qué no pudo originarse también así al principio, por medios exclusivamente naturales y sin la intervención de ningún agente sobrenatural? La refutación de esta posibilidad viene de la propia ciencia física. Resulta que cuando la materia y la antimateria se hallan juntas, se destruyen mutuamente liberando una enorme cantidad de energía. Se trata de un fenómeno natural opuesto al de la creación de materia. De modo que es como un pez que se muerde la cola. Cuando en el laboratorio se concentra artificialmente la suficiente energía se obtiene la misma cantidad de materia que de antimateria. Pero si éstas entran en contacto, se eliminan recíprocamente en una explosión que libera toda la energía que contienen. ¿Cómo pudo entonces al principio crearse toda la materia del cosmos sin ser contaminada y destruida por su correspondiente antimateria? ¿Dónde está hoy en el universo toda la antimateria que debió originarse durante la creación? Si tal formación de materia ocurrió solo mediante procesos naturales, como algunos creen, ¿no se debería hallar una proporción equilibrada al 50% de materia y antimateria? Sin embargo, las investigaciones cosmológicas muestran que la cantidad máxima de antimateria existente en nuestra galaxia es prácticamente despreciable.
A pesar de los intentos de algunos astrofísicos por dar solución a este dilema, lo cierto es que no se ha propuesto ninguna explicación satisfactoria capaz de argumentar la necesaria separación entre materia y antimateria. Se argumenta que aunque en los laboratorios actuales se obtiene siempre materia y su correspondiente antimateria simétrica, al principio pudo no ser así ya que las condiciones de elevada temperatura que debieron imperar entonces quizás hubieran permitido un ligero exceso de materia. Davies escribió: “[...] a una temperatura de mil millones de billones de grados, temperatura que únicamente se podría haber alcanzado durante la primera millonésima de segundo, por cada mil millones de antiprotones se habrían creado mil millones de protones más uno. [...] Este exceso, aunque ínfimo, podría haber sido crucialmente importante. [...] Estas partículas sobrantes (casi un capricho de la naturaleza) se convirtieron en el material que, con el tiempo, formaría todas las galaxias, todas las estrellas y los planetas y, por supuesto, a nosotros mismos". Sin embargo, ¿no es esto también un acto de fe que no se puede comprobar satisfactoriamente?
La idea de un universo simétrico en el que existiría la misma cantidad de materia que de antimateria, fue abandonada ante la realidad de las observaciones. El cosmos actual es profundamente asimétrico y esto constituye un serio inconveniente para explicar su origen mediante mecanismos exclusivamente naturales. Algo o alguien tuvieron que intervenir de manera inteligente al principio para separar la materia de la antimateria. En realidad, se trata de un problema de fe naturalista en los “mil millones de protones más uno” a que se refiere Paul Davies o fe en el Creador que dijo: “sea la luz; y fue la luz” de Génesis 1.
Pero hay otra cuestión. La creación natural de materia a partir de energía, o del movimiento de partículas subatómicas, que provoca hoy el ser humano por medio de sofisticados aparatos, no es comparable a la creación divina del universo a partir de la nada absoluta. Hay un abismo entre ambas acciones. Donde no hay energía, ni movimiento, ni espacio, ni materia preexistente, ni tiempo, ni nada de nada, no es posible que surja algo de forma espontánea. Cada acontecimiento debe tener una causa previa. No es posible obviar que el universo tiene una causa. Desde el naturalismo científico, que descarta cualquier agente sobrenatural, es imposible comprender cómo la creación a partir de la nada pudo suceder de manera natural. De la teoría cuántica se desprenden los siguientes principios:
Argumentos sobre la existencia de Dios
A lo largo de la historia, los diversos teólogos y filósofos han venido desarrollando argumentos lógicos en favor de la existencia de Dios. Lo primero que conviene decir es que ninguna de estas reflexiones consigue demostrar definitivamente la existencia del Altísimo. Si así fuera, desde luego no podría haber agnósticos ni ateos, como tampoco existen, por ejemplo, escépticos del teorema de Pitágoras, el principio de Arquímedes o la ley de la gravedad de Newton. Lo que está demostrado empíricamente, lo está también definitivamente y debe aceptarse universalmente, en tanto en cuanto nuevos conocimientos no vengan a confirmar lo contrario. El problema con la existencia de la divinidad es que no hay manera de contrastarla empírica o experimentalmente. Dios, al no ser materia que cambia en el tiempo y el espacio, no es susceptible de verificación por los sentidos humanos, incluso aunque estos se sirvan de sofisticada tecnología. Asimismo, todo lo contrario también es cierto. Es imposible demostrar que Dios no exista, por la misma razón anterior.
Si esto es así, ¿qué sentido tienen todos los argumentos racionales elaborados hasta el presente? Si la razón humana es incapaz de demostrar o negar definitivamente la realidad trascendente de Dios, ¿por qué seguir insistiendo en tales explicaciones, tanto desde el teísmo como desde el ateísmo? Quizás porque, aunque la razón humana no pueda demostrar a Dios de manera irrefutable, si puede examinar los distintos argumentos y determinar cuáles se acomodan mejor a la idea de Dios, así como a las enseñanzas reveladas en la Biblia. Este examen de los diferentes razonamientos, tanto a favor como en contra de la existencia de Dios, debería proporcionarnos herramientas para valorar si todo aquello que sabemos del universo, del mundo natural, de los seres vivos y del propio hombre, encaja mejor con la creencia en un Dios creador o, por el contrario, apoya la idea de que el cosmos se ha hecho a sí mismo, sin necesidad de ningún agente sobrenatural inteligente. Algunos autores proponen el ejemplo del zapato de cristal del famoso cuento de la cenicienta. De la misma manera que solo la protagonista del mismo –frente a muchas otras candidatas– pudo introducir el pie en tan singular zapato, también los argumentos de las diferentes cosmovisiones pueden evaluarse a la luz de la realidad observable. Si resulta que se encuentra a quien calza perfectamente el zapato de cristal o, al menos, los datos conocidos parecen apuntar hacia él, entonces se habrá hallado la cosmovisión acertada. Examinemos pues el zapato (los diferentes argumentos) y veamos quien es su dueño.
El origen del universo
La Biblia empieza diciendo que, en el principio, Dios creó los cielos y la tierra. Desde esta primera frase, se asume que el universo tuvo un origen en el tiempo. Sin embargo, esta doctrina de la creación a partir de la nada (creatio ex nihilo) entró pronto en conflicto con filosofías y concepciones religiosas de otros pueblos periféricos a Israel que aceptaban la eternidad de la materia y creían que los dioses lo habían hecho todo a partir de materiales preexistentes. Por tanto, la idea bíblica de creación de todo a partir de la nada absoluta constituyó una aparición exclusiva y original en medio de las civilizaciones de la antigüedad.
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