El sentido innato de la moralidad
Nuestra experiencia cotidiana nos indica que intuitivamente creemos que existe una norma moral fuera de nosotros. En general, las personas adultas equilibradas saben distinguir entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Todo el mundo espera que los demás se comporten conforme a esa moralidad universal. Es lo que dice Pablo en Romanos 2: 14-15: "Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos". Esta ley moral está escrita en los corazones de todos los hombres y trasciende a toda la humanidad. ¿De dónde ha salido? ¿Acaso es el producto de la evolución ciega?
Incluso en las más remotas tribus de la Tierra, aisladas del resto de la civilización, existe un código moral similar al del resto de la humanidad. Y, aunque puede haber pequeñas diferencias culturales, virtudes como la valentía o la lealtad, y defectos como la avaricia o la cobardía son universales. Y así, muchas cosas más. ¿Quién ha plantado esos códigos morales en todas las personas? Si hubiera sido el propio hombre, la moral sería diferente en cada tribu o en cada cultura. Pero sabemos que no es así.
El ateísmo no proporciona ninguna base para esta moralidad universal. Toda ley requiere un legislador. La ley moral que comparte toda la humanidad solo pudo implantarla en nuestra conciencia el Dios creador, tal como afirma el apóstol Pablo. Este fenómeno universalmente observado de la ley moral constituye un poderoso argumento a favor de la existencia de Dios. En la tumba del famoso filósofo prusiano de la Ilustración, Immanuel Kant, (en la ciudad rusa de Kaliningrado) están grabadas estas palabras: Dos cosas llenan mi mente de admiración y reverencia crecientes (...): el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.
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