Propiedad de la no-localidad

Una de las muchas repercusiones que tuvieron los estudios de Einstein llevados a cabo con algunos colaboradores, durante la década de los treinta del pasado siglo, fue la extraña propiedad de la no-localidad que tenían las partículas subatómicas. Esto significa que si dos entidades cuánticas han permanecido juntas o han interactuado mutuamente, cuando se separan continúan influenciándose entre sí. Da igual que una de ellas se aleje miles de kilómetros de la otra, todo lo que le ocurra a una afectará también a la otra. Cualquier medición que se haga en un laboratorio sobre una partícula repercutirá inmediatamente en el estado de su hermana, por muy alejadas que estén. Es como rascarle la espalda a una persona que se encontrara a 3000 kilómetros de distancia. No existe mejor ejemplo de fraternidad y solidaridad subatómica que este misterio de la no-localidad. La materia posee memoria y sensibilidad.

Pues bien, semejante cualidad de la materia va contra todo reduccionismo que diga que los entes materiales, sean piedras, árboles o personas, pueden ser perfectamente explicados analizando sus partes más pequeñas por separado, como propone el materialismo. La antigua creencia de la teoría holística, que afirmaba que el todo es solo la suma de sus porciones individuales, se derrumba ante el descubrimiento del efecto de la no-localidad. La vinculación que hay entre partículas separadas confirma que los seres creados son mucho más que un puñado de elementos químicos entrelazados. Hay entre los corpúsculos materiales relaciones que se escapan cuando éstos son analizados individualmente. Describir el átomo no significa ni mucho menos explicar la célula. Comprender las reacciones bioquímicas que ocurren en el citoplasma no es lo mismo que entender el diseño del músculo, del corazón o de los riñones. Descubrir las relaciones fisiológicas entre células nerviosas no implica conocer por completo la mente humana.

El hombre no es solo un conjunto de órganos dirigidos por las neuronas del cerebro, al modo de cualquier computadora futurista. La conciencia, emotividad y espiritualidad son características que no pueden entenderse diseccionando encéfalos. El todo no queda esclarecido por completo en la parte, pues hay realidades globales que trascienden las características de la fracción. Además de esto, resulta que las partes mismas poseen relaciones especiales entre ellas que también trascienden lo que hasta ahora se pensaba. Esto es lo que confirma la propiedad de la no-localidad. El cosmos subatómico no puede entenderse por medio de los conceptos del cosmos atómico. El corazón de la materia está repleto de sorpresas para nuestra mente racional acostumbrada a la objetividad que le proporcionan los sentidos. Pero la ciencia actual enseña que en el universo es más importante la inteligibilidad, la posibilidad de entender, que el carácter objetivo de la propia realidad.

Hoy se cree en los electrones, protones o fotones, no porque se les vea claramente, sino porque con ellos cobra sentido la actual concepción del mundo físico. Hay mucho más misterio en las entrañas de la materia de lo que jamás hubiéramos podido suponer. En ciertos ámbitos de la actual investigación científica, podrían aplicarse perfectamente aquellas antiguas palabras del apóstol Pablo: "porque por fe andamos, no por vista" (2 Co. 5: 7). Hoy se considera que las partículas de lo material no existen por sí mismas sino solo a través de los efectos que provocan y a tales efectos se les denomina campos. La mayoría de las partículas son inestables, solo existen durante una pequeña fracción de segundo. En tales condiciones es difícil distinguir entre “reales” e “irreales”. Por lo tanto, los materiales y objetos que usamos para vivir no serían en el fondo más que conjuntos de campos diferentes que interactúan incesantemente entre sí.

En lo profundo de la materia no habría más sustancia física qua la vibración o el movimiento y lo real sería ese encuentro fugaz o fantasmagórico entre las distintas fuerzas del cosmos. Todo aquello que antes se consideraba sólido y estable, como los minerales, las rocas o los metales que hay en las entrañas de la corteza terrestre, son en su realidad última un cimbreante mundo de oscilaciones energéticas, de apariciones y desapariciones de partículas, de vacío interno y desenfreno atómico.

Cualquier ser del universo, desde las estrellas a las personas pasando por las microscópicas amebas, se halla sometido a esta continua agitación. Incluso hasta el espacio y el tiempo son proyecciones ligadas a los mismos campos fundamentales. ¿Qué es entonces lo real que subyace en ese conjunto de campos? ¿Mera ilusión? ¿Pura apariencia? O quizás, bajo esa capa de fuerzas encontradas pueda descubrirse que la realidad, después de todo, no estaba hecha de materia, sino de espíritu. ¿Está la materia hecha de espíritu?

Esto es precisamente lo que proponen Jean Guitton y los Bogdanov en su libro, "Dios y la ciencia". Según ellos, no existiría mejor ejemplo de esa interpenetración entre la materia y el espíritu que el comportamiento que manifiestan los fotones. Resulta, como hemos señalado, que cuando el investigador humano intenta observar la onda del campo producida por un fotón, ésta se transforma inmediatamente en una partícula precisa y deja de ser un campo; por el contrario, cuando se la analiza como partícula material entonces se comporta como onda. ¿Influye la conciencia humana del investigador en el comportamiento de la materia que estudia e incluso en el resultado de su medición?

Los físicos han llegado a la conclusión de que los fotones cuando no son observados conservan abiertas todas sus posibilidades. Es como si tuvieran conocimiento de que se les está estudiando, así como de lo que piensa y hace el observador. Como si cada ínfima parte de la materia estuviera en relación con el todo. Como si la conciencia no solo estuviera en el científico sino también en la propia materia analizada. ¿No es esto algo sorprendente? Ante tales indicios, muchos científicos han empezado a sospechar que detrás del universo y de las leyes que lo rigen se esconde una mente sabía que domina muy bien las matemáticas. Una inteligencia capaz de calcular, relacionar, programar y dirigir el mundo, haciendo imposible que el caos llegue a anular alguna vez al orden. En realidad, los campos generados por las cuatro fuerzas fundamentales del universo no son otra cosa que pura información.

El cosmos aparece hoy como una gran mesa mezcladora constituida por múltiples interruptores, colocados cada uno de ellos en la posición precisa para que todo funcione y sea posible la vida y la conciencia humana. Existe un orden implícito no solo en los seres vivos sino también, escondidos en las profundidades del mundo material. El universo rebosa intención desde la partícula más elemental a la más remota galaxia. Y en las fronteras invisibles de la materia, allí donde se hace borrosa la realidad, se intuyen los caminos del espíritu.

La física actual le da la razón a Heráclito al demostrar que en el universo todo fluye sin cesar. La materia del cosmos es perfectamente cambiante en el tiempo. Pero esta evidente mutabilidad universal exige la existencia de otra realidad que sea inmutable por su propia naturaleza. La ciencia actual amplía este antiguo argumento acerca de la existencia de Dios. Un mundo cambiante requiere un Creador que no cambia ni es afectado por el tiempo cósmico. Desde luego, esta es una reflexión filosófica que no hay que confundir con las conclusiones científicas.

En resumen, la nueva física no puede demostrar la existencia de Dios, debido a las exigencias de su propio método, como tampoco puede llevar a nadie al ateísmo. Sin embargo, cuando el sentido común reflexiona acerca de los últimos descubrimientos de esta física especial, es inevitable que el ser humano levante sus ojos a los cielos y reconozca la necesidad de un Creador inmutable que es la razón misma del universo. Como escribió el salmista: "Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?" (Salmos 8:4).