Argumento teleológico o del diseño
A la idea de que existe diseño en la naturaleza y que, por tanto, se requeriría de un diseñador inteligente, se la conoce también como el argumento teleológico, ya que la palabra griega “telos” significa “propósito” o “finalidad”. De manera que la teleología sería una disciplina que estudia el propósito, la finalidad o el diseño de las cosas y es anterior al cristianismo, pues algunos filósofos griegos, como Platón y Aristóteles, ya argumentaban a favor de la existencia de Dios, partiendo de la observación de las estrellas. De la misma manera, el apóstol Pablo escribía que "las cosas invisibles de Dios... se hacen claramente visibles... siendo entendidas por medio de las cosas hechas" (Ro. 1:20).
Posteriormente, Tomás de Aquino, en el siglo XIII, se refirió también al argumento del diseño en una de sus cinco vías para probar la realidad del Dios creador. Más tarde, ya en siglo XIX, el teólogo William Paley, usó la analogía del relojero en su "Teología Natural", afirmando que de la misma manera que el hallazgo de un reloj entre los guijarros de un río, conduciría fácilmente a creer que no tuvo el mismo origen que las demás piedras, sino que se debió al diseño inteligente de algún relojero, también los seres vivos muestran signos de designio inteligente. Por último, esta idea del diseño inteligente (“ID” en inglés) ha sido fundamental para el movimiento contemporáneo que lleva su nombre, constituido principalmente por científicos y filósofos que cuestionan el poder explicativo del evolucionismo naturalista como único creador el cosmos. Autores como William Dembski, Michael Behe, Phillip Johnson o Hugh Ross, entre otros muchos. No es que las afirmaciones del movimiento científico del ID constituyan un argumento de la teología natural. Ni siquiera se afirma que el diseñador sea el creador de la Biblia ya que podría ser también una forma de naturalismo panteísta, un demiurgo distinto a Dios o cualquier agente inteligente perteneciente al propio cosmos. Desde luego, el ID es consonante con la idea bíblica de un Dios creador pero no lo implica necesariamente. Esto debe quedar claro.
Ahora bien, ¿puede considerarse científica la idea de que el universo y la vida fueron diseñados por un creador inteligente? ¿Es posible hacer ciencia en base a tal planteamiento? ¿O, como creen muchos, esta cuestión quedaría fuera del ámbito de las investigaciones humanas y no tendría ningún sentido formulársela ya que, desde la perspectiva del darwinismo, todo diseño en la naturaleza sería solo aparente pero no real?
Según la filosofía naturalista, la apariencia que poseen los seres vivos, así como la materia y las leyes del cosmos, de haber sido diseñados inteligentemente, se debería tan solo a un espejismo de los sentidos humanos pues, en realidad, todo sería obra de la selección natural, ciega y sin propósito, actuando sobre la materia inanimada o sobre las mutaciones fortuitas en los diversos genomas de los organismos.
No obstante, cabe otra posibilidad, ¿y si la propia evidencia científica mostrara la existencia de órganos o funciones biológicas complejas que no pudieran haberse formado de ninguna manera mediante el tipo de transformaciones que requiere el darwinismo? ¿Qué se debería pensar si la filosofía evolucionista ofrece unas explicaciones, pero los últimos descubrimientos científicos sugieren otras completamente diferentes? Por ejemplo, la bioquímica y la citología modernas han evidenciado que las principales macromoléculas de los seres vivos, como el ADN y el ARN, así como casi todas las funciones celulares importantes, apuntan en la dirección de algún tipo de inteligencia original que lo habría diseñado todo. Es matemáticamente imposible que la compleja información que poseen tales estructuras se haya originado al azar, sin propósito ni planificación previa alguna.
Durante más de dos milenios, la mayor parte de los pensadores y científicos del mundo estuvieron convencidos de que el universo había sido diseñado. Esta idea de diseño no interfirió negativamente en su tarea investigadora. Al contrario, entendían que el cosmos podía ser comprendido racionalmente porque había sido creado de manera inteligente. La ciencia era posible debido al orden y la comprensibilidad propia de la naturaleza que facilitaba su estudio. El cosmos era inteligible precisamente por haber sido creado de forma inteligente. En este sentido, Isaac Newton, manifestó: “Este sistema tan bello del Sol, los planetas y los cometas solamente podría proceder del consejo y dominio de un Ser inteligente y poderoso”. Otros hombres de ciencia como Copérnico, Galileo, Kepler, Pascal, Faraday o Kelvin, eran de la misma opinión. ¿Acaso no avanzó la ciencia gracias a estos partidarios del diseño inteligente?
En ocasiones se sugiere que la creencia en el diseño impediría el progreso científico ya que ante cualquier problema el investigador podría encogerse de hombros y decir: “Dios lo creó así” y el fantasma del Dios tapagujeros sería el recurso fácil que frenaría la ciencia para siempre. Sin embargo, no parece que la ciencia se paralizara debido a las convicciones acerca del diseño de aquellos grandes hombres que la forjaron. Más bien se aceleró en grado sumo.
Semejante convicción teísta imperó en Occidente hasta que Darwin, a mediados del siglo XIX, la cuestionó. En su opinión, según hemos dicho, el diseño sería una apariencia creada por el concurso de la selección natural sobre las variaciones al azar. A finales del siglo XX, el famoso biólogo ateo, Richard Dawkins, incluso llegó a inventarse una palabra para describir tal apariencia de diseño e introdujo el término “designoide” o falso diseño. Muchas personas creen hoy en este concepto darwinista reformulado por Dawkins. Están convencidas que la ciencia depende de semejante suposición naturalista y que para ser un buen científico hay que comulgar con dicha fe.
No creo que la verdadera ciencia dependa de la creencia en el diseño aparente. Más bien es el darwinismo quien depende de tal suposición no demostrada y contraria al sentido común. Ante las múltiples evidencias de órganos, estructuras y funciones biológicas complejas que presentan una elevada cantidad de información, decir que “la evolución las originó lentamente de alguna manera” es como apelar a la “evolución tapagujeros”. Afirmar simplemente que “la evolución las hizo”, sin aportar pruebas concluyentes, puede frenar tanto el avance de la ciencia como decir que quien las creó fue Dios. Se trata de un argumento que puede usarse indistintamente en ambos casos.
Es lógico que aquel científico partidario del diseño real en la naturaleza centre sus investigaciones en determinadas hipótesis previas, mientras que el darwinista lo haga en otras diferentes. Si un investigador estudia, por ejemplo, el origen de la fonación o la capacidad para hablar y emitir sonidos articulados, desde la perspectiva darwinista, es probable que se centre en la anatomía de las diferentes laringes y lenguas en los primates superiores, así como en la estructura de los cráneos de sus posibles fósiles y los compare con los análogos humanos. Trataría de comprender cómo el puro azar pudo transformar una laringe muda en otra capaz de hablar. Por su parte, el científico partidario del Diseño inteligente se centraría más en estudiar los patrones que gobiernan el origen embrionario de la laringe humana y su desarrollo. Si la capacidad para hablar, propia de los humanos, es un sistema que fue concebido de manera inteligente debería haber un patrón detectable. Posiblemente existirían genes en las personas que controlarían dicha capacidad que no estarían presentes en los simios. ¿Cuál de las dos líneas de investigación sería la correcta?
Desde luego, si no existe diseño real en la naturaleza, las investigaciones del científico partidario del DI constituirían un freno para la ciencia. Pero si, por el contrario, el diseño es real, entonces resulta que el darwinismo sería la hipótesis previa que estaría frenando el avance del conocimiento científico. Y, por tanto, únicamente el estudio serio de ambas posibilidades podrá determinar cuál de las dos es la verdadera.
Suponer, como suele hacerse habitualmente, que el darwinismo es el único punto de vista adecuado para la ciencia, es reconocer abiertamente que el naturalismo metodológico es la única idea previa válida. Este método significa que la ciencia solo debe buscar causas naturales en los fenómenos observados. Y tal idea implica que el diseño queda automáticamente descartado de cualquier investigación científica porque si Dios diseñó al principio, evidentemente lo hizo de forma sobrenatural. De manera que hoy un científico tiene que ser darwinista porque, si no lo es, se considera que tampoco es científico. Todo investigador debe rechazar de entrada la idea del diseño, si quiere seguir siendo respetado por sus colegas y ver que sus trabajos se continúan publicando en revistas de prestigio. ¿Es razonable semejante eliminación a priori? ¿Y si, después de todo, un Ser inteligente hubiera diseñado, tal como afirma la Biblia?
Aunque no todos lo admitan, es evidente que el darwinismo es también una postura que se fundamenta en la fe. Incluso la suposición “científica” de que todos los fenómenos observados en la naturaleza se deben siempre a causas naturales, se basa en la fe de los científicos que la profesan. Esta idea no ha sido descubierta en base a la evidencia. Es algo que se acepta por fe. Por ejemplo, es interesante ver cómo reacciona el darwinismo cuando se enfrenta a un serio problema para su teoría, como es el de las importantes lagunas del registro fósil. El famoso paleontólogo evolucionista, Stephen Jay Gould, tuvo la honradez de reconocer dicho inconveniente de la falta de fósiles de transición y proponer la teoría de los equilibrios puntuados para explicarlo. Aunque, lo cierto es que su teoría crea más interrogantes de los que soluciona. No obstante, a excepción de Gould, el darwinismo nunca ha considerado que la ausencia de tales fósiles intermedios constituya un problema. Se “supone” que deben estar ahí en alguna parte. Y, si no se han descubierto, será porque no se ha buscado suficientemente, pero se confía en que la paleontología ya los encontrará.
Como el darwinismo asume que los ancestros y las transiciones necesarias tuvieron necesariamente que existir, se dice que sería mejor ignorar la actual ausencia de evidencia fósil. De manera que se acepta la teoría, o aquello que, a todas luces, resulta improbable, con el fin de proteger el darwinismo, con la esperanza de que al final este recompensará el esfuerzo de semejante creencia. ¿No es esto fe ciega en la hipótesis darwinista? Se descarta, de entrada, la posibilidad de un diseñador inteligente para depositar la fe en los procesos azarosos y ciegos de la propia naturaleza. El darwinismo cree que no existe tal diseñador o, cuanto menos, que resulta innecesario. Pero, este planteamiento naturalista, ¿no puede convertirse también en un freno para la ciencia?
Por su parte, el Diseño inteligente (ID) no niega que se haya dado la selección natural, lo que no acepta es que esta elimine la necesidad del diseño. Tampoco afirma que la Tierra fuera creada en seis días literales, ni se refiere a la naturaleza del diseñador. Más bien, afirma que el cosmos está constituido por leyes, azar y diseño; que este se puede detectar por medio de métodos estadísticos y que algunas características naturales, como la complejidad irreductible, demuestran claramente diseño. Hay que seguir la evidencia hasta donde nos lleve. ¿Y si esta nos sugiere diseño? Pues entonces habrá que cambiar las bases metodológicas sobre las que se fundamenta la ciencia actual. Como dice William Dembski: “El argumento del diseño nos permite declarar de manera irrefutable que, detrás del orden y la complejidad del mundo natural, hay un diseñador inteligente”. Ninguno de los datos obtenidos por la ciencia actual está en contradicción con la existencia de un Dios inteligente y personal, como el que se revela en la Escritura.
Tres evidencias de diseño: ajuste fino, información y complejidad
El argumento del diseño indica que el orden natural, el propósito, la sencillez, el sentido y la belleza que se observan en el mundo constituyen evidencias de diseño real. Tres de tales evidencias son el ajuste fino de las leyes y constantes físicas, la información biológica del ADN y la complejidad irreductible de tantos órganos y funciones propias de los seres vivos. Ninguna de las tres se ha podido originar solo mediante el azar o la casualidad.
En efecto, el cosmos está regido por unas leyes físicas tan minuciosamente precisas que solo una mínima modificación de las mismas haría imposible la vida en la Tierra y, por supuesto, nuestra existencia humana. Leyes y constantes físicas tan exactas como la fuerza nuclear fuerte que mantiene unidos a los protones y neutrones en el núcleo de los átomos; la fuerza nuclear débil que actúa entre partículas subatómicas y es 10 elevado a 13 veces menor que la fuerte; la fuerza de la gravedad, que todavía es más pequeña que la débil en las distancias cortas; la fuerza electromagnética que existe entre las partículas con carga eléctrica como los electrones; las precisas relaciones existentes entre la fuerza electromagnética y la gravitatoria, o entre la masa del protón y la del electrón, o entre la cantidad de protones y la de electrones; la velocidad de expansión del universo; el nivel de entropía o grado de desorden progresivo del mismo; la densidad de masa del universo; la velocidad de la luz; la edad del cosmos; la uniformidad inicial de la radiación, la distancia media entre las estrellas, etc., etc. Hay muchos parámetros más que deben encajar perfectamente en unos márgenes muy estrechos de ajuste fino para que la vida en la Tierra sea posible. Si solamente uno de estos se alterara mínimamente, el universo colapsaría. Pues bien, este asombroso equilibrio de fuerzas permite pensar que alguien lo diseñó con un propósito.
Lo mismo puede decirse de la constitución del planeta Tierra y de su localización en el espacio. Hay decenas de parámetros relacionados entre sí que posibilitan la habitabilidad del mismo y la existencia de vida inteligente. Tales como la precisa inclinación del eje terrestre, la distancia al Sol, el grosor de la corteza, la distancia a la Luna, la atracción gravitatoria en la superficie, la duración del día y la noche, etc. Si alguno de tales parámetros se alterara, se extinguiría todo rastro de vida en el planeta azul. Esto permite pensar de nuevo que la Tierra, así como el Sistema Solar, la Vía Láctea y el Universo, fueron diseñados con sabiduría para albergar vida inteligente.
Desde una posición escéptica, quizás se podría aducir que esta es una visión demasiado antropocéntrica o geocéntrica ya que el universo es muy extenso y todavía no se conocen todos los posibles mundos que pudiera albergar, así como si hay vida o no en otros planetas lejanos. Desde luego, cabe esta posibilidad. Sin embargo, los datos de que dispone la ciencia nos permiten asegurar que, hoy por hoy, no existen evidencias de que haya vida en alguna otra parte del cosmos. Pero, incluso aunque se encontrara vida en algún otro lugar, esto no tendría por qué afectar a la identidad del ser humano, a la revelación bíblica o la veracidad de la fe cristiana. Lo que es seguro, es que Dios controla, por definición, toda la creación hasta en los mínimos detalles y nada se escapa a su dominio y providencia.
En segundo lugar, la información que albergan los seres vivos constituye otro argumento en favor del diseño. ¿Qué es la información? En general, se puede decir que es la comunicación entre seres inteligentes por medio de un lenguaje común. Por supuesto, este lenguaje debe existir y ser comprendido antes de que se produzca cualquier intento de comunicación. Por ejemplo, es evidente que una partitura musical contiene información que se expresa por medio del lenguaje de las notas y signos sobre los pentagramas. La melodía puede estar en la mente del compositor, pero no podrá comunicarla a nadie, a menos que la exprese en la notación musical correspondiente. Todo lenguaje es, por tanto, un conjunto de signos convencionales útiles para transmitir información, sea esta musical, gramatical, matemática, informática, etc. Ahora bien, los signos (notas musicales, letras, números, etc.) no existen en la realidad ya que son abstracciones intangibles. No son entidades físicas y no ocupan ningún espacio en el cosmos. Pueden estar en la mente, pero no en el mundo real.
Dicho todo esto, veamos qué ocurre con el ADN (ácido desoxirribonucleico) existente en las células de los seres vivos. Esta singular macromolécula biológica contiene información que, en vez de notas sobre el pentagrama, se manifiesta en el ordenamiento de los enlaces químicos entre cuatro bases nitrogenadas: adenina (A), timina (T), citosina (C) y guanina (G). No solo almacena y recupera información sino que también la corrige –si se producen errores–, la replica y guarda copias, la transcribe al ARN para que se traduzca posteriormente a las proteínas, etc. Así, por ejemplo, la información del ADN de una sola célula humana, como un óvulo fecundado, es capaz de producir la tremenda complejidad de un bebé en solo nueve meses. Se forma una criatura humana, no un chimpancé o cualquier otro ser. ¿Cómo pudo surgir por primera vez toda esta cantidad de información que hay en el ADN celular, teniendo en cuenta que dicha información no puede ser generada por ningún objeto físico que aparezca de forma natural? ¿Quién ha preestablecido el lenguaje del ADN? El código genético, que es como el diccionario traductor del ADN a las proteínas, tuvo que existir antes que el propio ADN y originarse fuera de él. La información no pudo generarla la propia molécula de ADN, que es una entidad química sin propósito ni inteligencia.
El naturalismo cree, sin embargo, que la información del ADN es fruto del azar y de leyes naturales ciegas. No obstante, la mejor explicación es que alguien sumamente inteligente introdujo la información en el ADN. Ningún algoritmo, ni ninguna ley de la naturaleza es capaz de producir información puesto que ésta requiere siempre de un informante inteligente.
Por último, queda la complejidad biológica como evidencia de diseño. El biólogo Michael J. Behe define la complejidad irreductible que presentan muchos órganos, estructuras y metabolismos de los seres vivos, mediante la siguiente frase: “Si un sistema requiere de varias partes armónicas para funcionar, es irreductiblemente complejo, y podemos llegar a la conclusión de que se produjo como una unidad integrada”. Un sistema semejante jamás se podría haber producido mediante evolución gradual como propone el darwinismo porque cualquier sistema anterior más simple, al que le faltara alguna parte, no podría funcionar bien. Esto significa que todos los sistemas irreductiblemente complejos, como el flagelo bacteriano, los cilios de los protozoos, el ojo humano, la coagulación de la sangre, los anticuerpos o las propias células de los organismos, tuvieron que ser diseñados así desde el principio, ya que no pudieron haber aparecido por medio de una evolución gradual, ciega y sin propósito. Un órgano irreductiblemente complejo se puede comparar a una trampa para cazar ratones. Si se le quita una sola de sus partes integrantes, la ratonera ya no sirve para cazar roedores. Alguien tuvo que diseñarla perfectamente terminada y funcional.
A veces se objeta –contra la afirmación anterior de que el ojo humano es un órgano irreductiblemente complejo y que, por tanto, no pudo aparecer por evolución– que en la naturaleza existen diferentes clases de ojos, desde los simples de los invertebrados como las vieiras, hasta los complejos de los humanos o de aves como las águilas, y que esto sería una prueba de que ocurrió una evolución gradual en el mundo animal, desde los ojos simples a los complejos. Sin embargo, la naturaleza no muestra nunca la hipotética serie de eslabones intermedios que semejante cadena evolutiva requiere sino, más bien, toda una variedad de órganos irreductiblemente complejos bien terminados, perfectamente funcionales y adaptados a las necesidades biológicas de sus poseedores actuales. Incluso, aunque se aceptara que un órgano tan sofisticado como el ojo humano se hubiera producido por medio de una evolución lenta y gradual, aún habría que explicar otra dificultad importante. ¿De qué manera el ojo habría sabido cómo conectarse con el cerebro y aprender su lenguaje para traducirle la información visual? Si todo ocurrió por mutaciones al azar, ¿por qué no se conectó con el oído, la médula espinal o la nariz? La creación de un lenguaje debe ser anterior e independiente a los órganos u objetos que usan ese lenguaje. De manera que, una vez más, la mejor explicación es la intervención de una inteligencia anterior, ya que el ojo es incapaz de dirigir o coordinar su propio desarrollo.
Es más, aunque alguna vez la ciencia llegara a demostrar por medio de pruebas irrefutables que la macroevolución es un hecho y que todos los seres vivos de este planeta descienden de un antepasado común –de una primitiva célula como afirma el darwinismo–, esto no eliminaría en absoluto la necesidad de un Dios creador que hubiera empleado tal método para diseñar el mundo. La creación a partir de la nada seguiría siendo obra del Altísimo porque el universo físico es absolutamente incapaz de crearse a sí mismo.
Por supuesto, el argumento del diseño no demuestra que el cristianismo sea la religión verdadera pero sí pone de manifiesto que no existe ninguna incompatibilidad entre el Dios revelado en la Biblia y el diseñador inteligente que requiere la teoría. En general, las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam) asumen la idea de Dios como creador omnisciente. Sin embargo, en las religiones orientales no existe semejante concepción. Por su parte, el naturalismo es incapaz de explicar satisfactoriamente el origen del ajuste fino del cosmos, así como de la información y la complejidad biológica, ya que las fuerzas ciegas y aleatorias de la naturaleza carecen del poder creativo que se requiere. Solamente un diseñador inteligente, trascendente y personal, como el Dios de la Escritura, puede haberlo hecho todo a partir de nada.
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