Fe

Así como el arrepentimiento es el aspecto negativo de la conversión, rechazar el pecado, la fe es el aspecto positivo, aceptar las promesas y la obra de Cristo. La fe es el centro mismo del evangelio, porque es el vehículo mediante el cual se recibe la gracia de Dios. Una vez más es importante observar la terminología bíblica.

En un sentido muy real, el hebreo del Antiguo Testamento no tiene un sustantivo para fe, excepto quizá 'emunahen Habacuc 2:4, pero esa palabra se suele traducir por “fidelidad”. En su lugar el hebreo expresa la idea de fe con formas verbales. Quizá esto se debe a que los hebreos consideraban la fe como algo que se hace y no algo que se tiene, una actividad en lugar de una posesión. El verbo que se utilizaba de forma más común para designar la fe es 'am’an'. En el radical 'qal' significa “nutrir”; en el radical 'nifal' significa “permanecer firme, seguro o estable”; en el radical 'hifil', que es el más significativo para nuestros propósitos, significa: “considerar como establecido, considerar cierto o creer”.

Cuando observamos el Nuevo Testamento, hay una palabra principal que representa la idea de fe. Es el verbo 'pisteuojunto con su nombre cognado 'pistis'. El verbo tiene dos significados básicos. Primero significa “creer lo que dice alguien, aceptar una declaración (en particular de naturaleza religiosa) como verdadera”. Un ejemplo lo encontramos en 1 Juan 4:1: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” Un ejemplo llamativo del verbo son las palabras de Jesús al centurión: “Vete, y como creíste te sea hecho” (Mt. 8:13). Muy impresionado, Jesús recompensó la fe del centurión en que su sirviente sería sanado. Jesús pidió a Jairo que creyera que su hija se pondría bien (Mr. 5:36; Lc. 8:50) y les preguntó a los ciegos que le seguían desde la casa de Jairo: “¿Creéis que puedo hacer esto? [curaros]?” (Mt. 9:28). Estos ejemplos y muchos otros establecen que la fe implica creer que algo es verdad. De hecho el autor de Hebreos declara que la fe en el sentido de reconocer ciertas verdades es indispensable para la salvación: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan” (He. 11:6).

Al menos de igual importancia son los ejemplos en los que 'pisteuoy 'pistis' significan “confianza personal en contraste con la mera creencia o fe”. Este sentido se suele identificar mediante el uso de una preposición. En Marcos 1:15 se utiliza la preposición 'en': después del arresto del Bautista, Jesús predicó en Galilea diciendo: “¡Arrepentíos y creed en el evangelio!”. La preposición 'eisse utiliza en Hechos 10:43: “De este dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él crean recibirán perdón de pecados por su nombre”. Encontramos la misma construcción en Mateo 18:6; Juan 2:11; Hechos 19:4; Gálatas 2:16; Filipenses 1:29; 1 Pedro 1:8 y 1 Juan 5:10. El apóstol Juan habla de creer en el nombre de Jesús ('eis to onoma'): “Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12; ver también 2:23; 3:18 y 1 Jn. 5:13). Esta construcción tenía una especial significación para los hebreos, que consideraban el nombre de cada uno prácticamente como el equivalente de la persona. Por lo tanto, creer en el nombre de Jesús era confiar personalmente en él. La preposición 'epise utiliza con el acusativo en Mateo 27:42: “Si es el Rey de Israel, que descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (ver también Hch. 9:42; 11:17; 16:31; 22:19; Ro. 4:5). Se utiliza con el caso dativo en Romanos 9:33 y 10:11 y 1 Pedro 2:6, todos los cuales son citas de la Septuaginta, al igual que en 1 Timoteo 1:16.

Basándose en las consideraciones anteriores, concluimos que el tipo de fe que se necesita para la salvación tiene que implicar creer que y creer en, o asentir a hechos y confiar en una persona. Es vital mantener unidas ambas cosas. A veces en la historia del pensamiento cristiano se ha enfatizado tanto un aspecto de la fe que hace que el otro parezca prácticamente insignificante. Con frecuencia hay una relación entre nuestra idea de la fe y nuestra manera de entender la naturaleza de la revelación. Cuando se piensa en la revelación como la comunicación de información, la fe se considera una aprobación intelectual de la doctrina. Ese fue el caso de la escolástica protestante. Cuando se concibe la revelación como la presentación que Dios hace de sí mismo en un encuentro personal, como ocurre en la neoortodoxia, la fe se considera como la confianza personal en ese Dios con el que nos encontramos. Sin embargo, hemos argumentado anteriormente que la revelación no es un asunto que tenga dos únicas alternativas. Dios se revela a sí mismo, pero lo hace, al menos en parte, comunicando información (o proposiciones) sobre sí mismo, diciéndonos quién es. Nuestra idea de la revelación nos conduce a resaltar la doble naturaleza de la fe: dar crédito a las afirmaciones y confiar en Dios.

A veces la fe se expresa como algo antitético a la razón y que no se puede confirmar. Es verdad que la fe no es algo establecido sobre una base anterior mediante una prueba indiscutible. Pero la fe, una vez que se ha aceptado, nos permite razonar y reconocer distintas pruebas que la corroboran. Esto significa que la fe es una forma de conocimiento; funciona en concierto con la razón, no contra ella. En esto es pertinente la respuesta de Jesús a los dos discípulos a quienes Juan el Bautista envió a preguntar: “¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?” (Lc. 7:19). Jesús respondió diciéndoles que le contaran a Juan los milagros que había hecho y el mensaje que habían oído. Jesús en realidad le dijo a Juan: “Aquí tienes la evidencia que necesitas para creer”.

Una inspección atenta revela que los casos citados al argumentar que la fe no se apoya sobre ningún tipo de evidencia no avalan realmente esa conclusión. Uno es el caso de Tomás que, al no estar con los demás cuando el Jesús resucitado apareció, no creyó. Tomás dijo que a menos que pudiera ver las marcas de los clavos en las manos de Jesús, poner sus dedos en ellas y tocarle la herida del costado no creería (Jn. 20:25). Cuando Jesús apareció, invitó a Tomás a satisfacer sus dudas. Y cuando Tomás confesó: “¡Señor mío y Dios mío!” (v. 28), Jesús respondió: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron” (v. 29). ¿Esperaba Jesús que Tomás creyera ciegamente, sin ninguna prueba? Recordemos que Tomás había vivido con Jesús durante tres años, había escuchado sus enseñanzas y había visto sus milagros; él conocía la promesa hecha por Jesús de que volvería de la muerte. Tenía suficiente base para creer el testimonio de los otros discípulos, cuya integridad había experimentado durante largo tiempo. No debería haber necesitado ninguna prueba adicional. De forma similar, cuando a Abraham se le pidió que diera en sacrificio a su hijo Isaac, no se le pidió que actuara ciegamente. Es cierto, no había un animal para sacrificar a la vista; simplemente tuvo que confiar en Dios. Pero aunque no había evidencia visible en aquel momento, Abraham conocía a Jehová desde hacía mucho tiempo. En el pasado, Dios le había sido fiel proporcionándole la tierra y el hijo que le había prometido. La fe que Abraham demostró al estar dispuesto a sacrificar a su hijo fue una extrapolación hacia un futuro desconocido de su experiencia con Dios en el pasado.

Aunque hemos descrito la conversión como una respuesta humana a una iniciativa divina, incluso el arrepentimiento y la fe son dones de Dios. Jesús dejó muy claro que la convicción, que se presupone en el arrepentimiento, es la obra del Espíritu Santo: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Jn. 16:8-11). Jesús también dijo: “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae; y yo lo resucitaré en el día final” (Jn. 6:44). Esta obra del Padre es efectiva: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí, y al que a mí viene, no lo echo fuera... todo aquel que oye al Padre y aprende de él, viene a mí” (Jn. 6:37, 45). Por lo tanto, el arrepentimiento y la fe humana son también obras que Dios por su gracia realiza en la vida del creyente.

 

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