Gracia
La gracia es otro de los distintos atributos que forman parte del amor de Dios. Con esto queremos decir que Dios trata a su gente no por sus méritos o por lo que valen, por lo que se merecen, sino simplemente según sus necesidades; en otras palabras, trata con ellos por su bondad y generosidad. Esta gracia tiene que distinguirse de la benevolencia (altruismo) que ya hemos descrito. La benevolencia simplemente es la idea de que Dios no busca su propio bien, sino el de los demás. Dios podría amar desinteresadamente, preocupándose por los demás, y seguir insistiendo en que este amor debe merecerse, y por lo tanto pedir que las personas hicieran algo u ofrecieran algo para ganarse los favores que van a recibir. Sin embargo, la gracia significa que Dios nos otorga favores que no merecemos.
Aunque, por supuesto, la gracia de Dios es prominente en el Nuevo Testamento, se ha sugerido que la imagen del Antiguo Testamento es bastante diferente. Marción hasta llegó a afirmar que estamos tratando con dos Dioses diferentes en los dos Testamentos: el Dios de la creación y de la justicia estricta del Antiguo Testamento, y el Dios del amor (Cristo) del Nuevo Testamento. Sin embargo, muchos pasajes del Antiguo Testamento hablan de la gracia de Dios. En Éxodo 34:6, Dios dijo de sí mismo: “¡Jehová, Jehová! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia.” Y en el Nuevo Testamento Pablo atribuye nuestra salvación a la gracia de Dios: “Por su amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia” (Ef. 1:5-8). Nótese la idea de abundancia en ambos pasajes.
Hay pasajes en el Nuevo Testamento que son incluso más explícitos a la hora de relacionar la salvación con el don extravagante de la gracia de Dios. Por ejemplo, Pablo dice en Efesios 2:7-9: “para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús, porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros , pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe.” En Tito, Pablo resalta de nuevo esta obra de la gracia de Dios: “La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad” (Tit. 2:11). Después, tras describir las profundidades de los pecados de la humanidad (3:3) dice: “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro salvador, y su amor para con la humanidad, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo,... para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (3:4-7). La salvación es sin duda el don de Dios. A veces la justicia de Dios queda impugnada por el hecho de que unos reciben esa gracia y otros no. Lo sorprendente, sin embargo, es que alguno se salve, porque si Dios diese a todos lo que se merecen, ninguno se salvaría.
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