Justicia

Dios no sólo actúa en conformidad con su ley, también administra su reino de acuerdo con ella. Esto es, exige que otros cumplan la ley. La rectitud descrita en la sección anterior es la rectitud personal o individual de Dios. Su justicia es su rectitud oficial, su exigencia de que otros agentes morales se adhieran también a los estándares. Dios es, en otras palabras, como un juez que como individuo particular se adhiere a la ley de la sociedad y que en su capacidad oficial administra esa misma ley para que sea cumplida por otros.

Las Escrituras dejan claro que el pecado tiene consecuencias definidas, que al final acaban ocurriendo, más pronto o más tarde. En Génesis 2:17 leemos la advertencia de Dios a Adán y Eva: “del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás.” Advertencias similares podemos encontrarlas a lo largo de las Escrituras, incluida la declaración de Pablo de que “la paga del pecado es la muerte” (Ro. 6:23). Deuteronomio 7:10, Salmos 58:11 y Romanos 12:19 indican que Dios castigará el pecado, ya que el pecado intrínsecamente merece ser castigado. Deteriora la estructura misma de la economía espiritual divina, y este deterioro o desequilibrio debe ser subsanado. No sólo el mal, también el bien acaba recibiendo sus recompensas. Deuteronomio 7:9 expresa esto claramente: “Conoce, pues, que Jehová, tu Dios, es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta por mil generaciones.”

La justicia de Dios significa que administra su ley con equidad, sin mostrar favoritismo ni parcialidad. Sólo los actos de una persona, no su puesto en la vida, se toman en cuenta a la hora de establecer las consecuencias o las recompensas. Así Dios condenó en los tiempos bíblicos a los jueces que, aunque estaban encargados de servir a sus representantes, aceptaban sobornos para alterar sus juicios (ej. 1 S. 8:3; Am. 5:12). La razón de su condena fue que el mismo Dios, al ser justo, esperaba ese mismo comportamiento en los encargados de administrar su ley.

Sin embargo, a veces la regla de Dios no parece justa. Los que llevan vidas pecaminosas no siempre son castigados, y la rectitud con frecuencia parece quedarse sin recompensa. El Salmo 73 refleja la prosperidad aparente de los malvados. Están sanos y parecen libres de los problemas que otros padecen. Esta observación también la hacemos nosotros con frecuencia. En el pasado a menudo hemos escuchado el eslogan “El delito no paga.” Sin embargo, el delito con frecuencia paga y a veces de forma bastante elegante. Los jefes del crimen organizado a menudo acumulan fortunas enormes y pueden tener también salud, mientras que algunos creyentes virtuosos son pobres, están enfermos o sufren la pérdida trágica de sus seres queridos. Y esta aparente iniquidad continúa año tras año. ¿Cómo permite Dios esto?

Este problema forma parte del problema más amplio que es el mal. Sería útil señalar lo que descubrió el salmista. Cuando fue al santuario de Dios, percibió el fin de los malvados. Vio que finalmente serían destruidos (Sal. 73:17- 20, 27). Por otra parte vio que él sería guiado por el consejo de Dios y finalmente recibido en gloria (v. 24). La justicia de Dios no se debe evaluar a corto plazo. Durante el transcurso de esta vida a menudo quedará incompleta o será imperfecta, pero hay otra vida, en la que la justicia de Dios se completará.

Como en el caso de la santidad, Dios espera que sus seguidores emulen su rectitud y justicia. Tenemos que adoptar su ley y sus preceptos como estándar. Tenemos que tratar a los demás de forma equitativa y justa (Am. 5:15, 24; Stgo. 2:9) porque esto es lo que hace Dios.

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