Castigo

Ser susceptible al castigo de Dios es, pues, otra consecuencia del pecado. Es importante ahondar en la naturaleza básica y la intención del castigo de Dios para el pecador. ¿Es un remedio que intenta corregir al pecador? ¿Trata de disuadir, señalando las consecuencias a las que conduce el pecado y así advertir a otros para que no actúen de forma equivocada? ¿O una retribución, diseñada únicamente para dar a los pecadores lo que se merecen? Tenemos que examinar cada uno de estos conceptos.

Hoy hay un sentimiento bastante extendido de oposición a la idea de que el castigo de Dios a los pecadores es retribución. La retribución se considera algo primitivo, cruel, una señal de hostilidad y de rencor, que es inadecuada en un Dios de amor que es un Padre para sus hijos terrenales. No obstante, a pesar de este sentimiento, que puede reflejar la idea de padre amoroso que tiene una sociedad permisiva, existe definitivamente una dimensión de la retribución divina en la Biblia, en particular del Antiguo Testamento. Ryder Smith lo dice categóricamente: “No hay duda de que en el pensamiento hebreo el castigo es retributivo. El uso de la pena de muerte es suficiente muestra de ello.” Parece que la retribución era un elemento prominente en la forma de entender la ley de los hebreos. Desde luego, la pena de muerte, al ser terminal, no pretendía la rehabilitación. Y aunque tenía un efecto disuasorio, la conexión directa entre lo que se había hecho a la víctima y lo que se le hacía al ofensor quedaba clara. Esto se ve especialmente en un pasaje como Génesis 9:6: “El que derrame la sangre de un hombre, por otro hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios es hecho el hombre.” Debido a la atrocidad de lo que se había hecho (se había destruido la imagen de Dios), debe haber y hay una pena correspondiente.

La idea de la retribución también se puede ver con claridad en el término 'naqam'. Esta palabra, que (incluyendo sus derivados) aparece unas ochenta veces en el Antiguo Testamento, se traduce con frecuencia por “vengar, venganza, tomar venganza.” Aunque los términos venganza y vengar son traducciones adecuadas para designar las acciones de Israel contra sus vecinos, hay algo inadecuado en aplicarlas a las acciones de Dios. Ya que “venganza” se aplica en particular a la reacción de un individuo contra algo malo que se ha hecho en contra suya. Sin embargo, Dios considerado en relación con las violaciones de la ley moral y espiritual, no es una persona privada, sino pública, el administrador de la ley. Además, “venganza” o “vengar” conllevan la idea de represalia, de obtener una satisfacción (psicológica) que compense lo que se ha hecho, en lugar de la idea de conseguir y administrar justicia. Sin embargo, la preocupación de Dios es mantener la justicia. Por lo tanto, en relación con el castigo de Dios por los pecados, “retribución” es una traducción mejor que “venganza.”

Hay numerosas referencias, en particular entre los profetas mayores, a la dimensión retributiva del castigo de Dios a los pecadores. Podemos encontrar ejemplos como Isaías 1:24; 61:2; 63:4; Jeremías 46:10 y Ezequiel 25:14. En Salmos 94:1 se habla de Dios como “Dios de las venganzas.” En estos casos, como en la mayoría de los casos del Antiguo Testamento, el castigo que se imagina se va a producir dentro de la historia y no en algún estado futuro.

La idea de la retribución también se encuentra en muchos pasajes narrativos. Para castigar la maldad de toda la raza humana sobre la tierra, Dios envía el diluvio que destruye la humanidad (Gn. 6). El diluvio no fue enviado para disuadir a nadie del pecado, ya que los únicos supervivientes, Noé y su familia, ya eran personas rectas. Y desde luego no pudo ser enviado para corregir o rehabilitar, ya que todos los malos fueron destruidos. El caso de Sodoma y Gomorra es similar. Debido a la maldad de estas dos ciudades, Dios las destruyó. La acción de Dios fue un simple castigo a sus acciones.

Aunque con menos frecuencia que en el Antiguo Testamento, la idea de la justicia retributiva también se encuentra en el Nuevo Testamento. Aquí se hace más una referencia a un juicio futuro que a uno temporal. Paráfrasis de Deuteronomio 32:35 las podemos encontrar en Romanos 12:19 y en Hebreos 10:30: “Porque escrito está ‘Mía es la venganza, yo pagaré’.” En Romanos, el propósito de Pablo es disuadir a los creyentes de que intenten vengarse del mal que se les haya hecho. Dios es un Dios de justicia, y los que hacen el mal no quedarán sin castigo.

No deberíamos pasar por alto otras dos dimensiones o funciones del castigo. Las advertencias en Deuteronomio de que se tenga cuidado con el pecado van acompañadas de ejemplos de castigos infligidos a los pecadores. Estos ejemplos intentaban disuadir a las personas de actuar mal (Dt. 6:12-15; 8:11; 19-20). Lo mismo ocurre cuando Jeremías le recuerda a Judá lo que Dios hizo en Silo (Jer. 7:12-14) y cuando relata el salmista lo que sucedió a la generación que pereció en el desierto (Sal. 95:8-11). La lapidación de Acán y su familia fue en parte un castigo por lo que había hecho, pero también fue un medio para disuadir a otros de actuar de forma similar. Por esta razón el castigo de los que hacían el mal se hacía con frecuencia en público.

También está el efecto disciplinario del castigo. El castigo se administraba para convencer a los pecadores del error de sus maneras de actuar y para apartarlos de ellas. Salmos 107:10-16 indica que el Señor había castigado a Israel por sus pecados y que ellos en consecuencia se habían apartado de sus malas acciones, al menos temporalmente. El salmista en otra parte reconoce que el castigo había sido bueno para él porque había aprendido los estatutos del Señor (Sal. 119:71). El escritor de Hebreos nos dice: “porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (He. 12:6). En el Antiguo Testamento está incluso un poco la idea de la purificación del pecado mediante el castigo. Esto al menos se insinúa en Isaías 10:20-21. Dios utilizará Asiria para castigar a su pueblo. Como resultado los que queden de Israel aprenderán a apoyarse en el Señor. “El remanente volverá, el remanente de Jacob volverá al Dios fuerte.”

La manera en que se administra el castigo también es significativa. A veces se administra de forma indirecta, simplemente mediante la obra inmanente de Dios en las leyes físicas y psicológicas que ha establecido en el mundo. El castigo indirecto puede ser externo, como, por ejemplo, cuando el pecado infringe los principios de la salud y la higiene y en consecuencia aparece la enfermedad. La persona que se implica en pecados sexuales y contrae una enfermedad venérea es un ejemplo que se cita con frecuencia, pero también abundan casos menos dramáticos. Estamos aprendiendo cada vez más de los psicólogos que el odio y la hostilidad tienen efectos destructivos en la salud física. El castigo indirecto también puede tomar la forma de los conflictos externos derivados de nuestro pecado y de las leyes psicológicas que Dios ha ordenado. David puede ser un caso a tener en cuenta. Debido a su pecado de adulterio con Betsabé y el asesinato de Uría, se le dijo a David que su casa sufriría problemas (2 S. 12:10-12). La violación de Tamar, el asesinato de Amnom por Absalón, y la revuelta de Absalón en contra de David fueron cumplimientos de esa profecía. Ahora aunque podemos creer que estas tragedias fueron escogidas y administradas directamente por Dios para ajustarse al pecado de David, también podemos pensar que son consecuencias naturales que se desprenden del comportamiento de David y de la psicología humana básica. Los delitos de los hijos pueden muy bien haber sido las consecuencias de la propensión de los hijos a imitar el comportamiento de sus padres o el fracaso de David a la hora de disciplinar a sus hijos, pensando que sería hipócrita a la vista de su propio comportamiento. Finalmente, el castigo indirecto puede ser interno. Por ejemplo, puede conducir automáticamente a un desagradable sentimiento de culpabilidad, un corrosivo sentimiento de responsabilidad.

Algunos de los pasajes didácticos de la Biblia enseñan que en algunos casos hay una relación de causa–efecto entre el pecado y el castigo. En Gálatas 6:7-8 Pablo utiliza la imaginería de la siembra y la siega para comparar los resultados del pecado y la justicia. Implica que al igual que las cosechas proceden de las semillas plantadas, el castigo surge directamente del acto pecaminoso.

Pero aunque Dios a menudo obra indirectamente a través de las leyes físicas y psicológicas que él ha establecido, éste no es el único, ni siquiera el principal, medio de castigo. Es más común el caso en que Dios mediante una decisión definida y un acto directo impone un castigo. Y también deberíamos señalar especialmente que incluso cuando el castigo sigue naturalmente al acto, no es algo impersonal, un infortunio. La ley que gobierna estos patrones fijos es una expresión de la voluntad de Dios.

El punto de vista cristiano de que Dios castiga indirectamente mediante los patrones que ha establecido se debe diferenciar del concepto hindú y budista de karma, según el cual cualquier acto tiene ciertas consecuencias. Hay una conexión inexorable entre los dos. No hay nada que pueda romper esta conexión, ni siquiera la muerte, porque la ley del karma pasa a la siguiente encarnación. Desde el punto de vista cristiano la secuencia pecado–castigo se puede detener con el arrepentimiento y la confesión de los pecados, con el subsiguiente perdón, y la muerte supone una liberación de los efectos temporales del pecado.

 

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