Muerte

Uno de los resultados obvios del pecado es la muerte. Esta verdad se señala por primera vez en la frase de Dios en la que prohíbe a Adán y Eva que coman del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal: “porque el día que de él comieres, morirás” (Gn. 2:17). También se encuentra de forma clara y didáctica en Romanos 6:23: “la paga del pecado es muerte.” Lo que Pablo quiere decir es que, como los salarios, la muerte es la compensación adecuada, la recompensa justa a lo que se ha hecho. Esta muerte que hemos merecido tiene diferentes aspectos:

 

Muerte física

La mortalidad de todos los humanos es un hecho obvio y una verdad que enseñan las Escrituras. Hebreos 9:27 dice: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.” Pablo, en Romanos 5:12 atribuye la muerte al pecado original de Adán. Sin embargo, aunque la muerte entró en el mundo mediante el pecado de Adán, se extendió a todos los humanos, porque todos pecaron.

Esto plantea la cuestión de si los humanos fueron creados mortales o inmortales. ¿Habrían muerto si no hubieran pecado? Los calvinistas básicamente han tomado la posición negativa, argumentando que la muerte física se introdujo con la maldición (Gn. 3:19). El punto de vista pelagiano, por otra parte, es que los humanos fueron creados mortales. Al igual que todo lo que hay en torno a nosotros muere más pronto o más tarde, lo mismo ocurre y ha ocurrido siempre con los humanos. El principio de la muerte y la descomposición es una parte de toda la creación. Los pelagianos señalan que si el punto de vista de los calvinistas fuese correcto, entonces sería la serpiente la que tenía razón y Jehová el que estaba equivocado al decir: “porque el día que de él comieres, ciertamente morirás,” ya que Adán y Eva no cayeron muertos inmediatamente después de cometer el pecado. La muerte física, desde el punto de vista pelagiano, es un acompañamiento natural al hecho de ser humano. Las referencias bíblicas a la muerte como consecuencia del pecado se entienden como referencia a la muerte espiritual, a la separación de Dios, más que a la muerte física.

El problema no es tan simple como puede parecer en un principio. Suponer que la mortalidad empezó con la caída, y que Romanos 5:12 y referencias similares del Nuevo Testamento a la muerte hay que entenderlas como referencias a la muerte física, puede que no se justifiquen. Un obstáculo a la idea de que la mortalidad física es resultado del pecado es el caso de Jesús. No sólo no pecó (He. 4:15), sino que no fue empañado por la naturaleza corrupta de Adán. Sin embargo, murió. ¿Podría haber afectado la mortalidad a alguien que, espiritualmente, estuviese en el mismo lugar donde estaban Adán y Eva antes de la caída? Esto es un enigma. Tenemos datos conflictivos aquí. ¿Es posible escapar de este dilema de alguna manera?

Primero, debemos observar que la muerte física está ligada a la caída de alguna manera clara. Génesis 3:19 no sería una frase sobre lo que es y ha sido el caso desde la creación, sino un pronunciamiento de una situación nueva: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” Además, parece difícil separar las ideas de la muerte física y la muerte espiritual en los escritos de Pablo, en particular en 1 Corintios 15. El tema de Pablo es que la muerte física ha sido vencida mediante la resurrección de Cristo. Los hombres todavía siguen muriendo, pero el carácter terminal de la muerte ha sido eliminado. Pablo atribuye al pecado el poder que tiene la muerte física en ausencia de la resurrección. Pero con Cristo superando la muerte física, el pecado mismo (y por tanto la muerte espiritual) queda vencido (vv. 55-56). Si no fuera por la resurrección de Cristo de la muerte física, seguiríamos en nuestros pecados, esto es, seguiríamos espiritualmente muertos (v. 17). Louis Berkhof parece tener razón cuando dice: “La Biblia no conoce la distinción, tan común entre nosotros, entre una muerte física, espiritual o eterna; tiene una idea sintética de la muerte y la considera como la separación de Dios.”

Por otra parte, están las consideraciones de que Adán y Eva murieron espiritual, pero no físicamente en el momento o en el día en que pecaron, y que incluso Jesús que estaba limpio de pecado pudo morir. ¿Cómo se puede desenmarañar todo esto?

Sugeriría el concepto de inmortalidad condicional como estado para Adán antes de la caída. No es que fuera capaz propiamente de vivir para siempre, sino que no tenía por qué haber muerto. Dadas las condiciones adecuadas, podría haber vivido para siempre. Este podría ser el significado de las palabras de Dios cuando decidió expulsar a Adán y Eva del Paraíso y de la presencia del árbol de la vida: “que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre” (3:22). Da la impresión de que Adán y Eva, incluso después de la caída, podrían haber vivido para siempre si hubieran comido del árbol de la vida. Lo que ocurrió en el momento de su expulsión del jardín del Edén fue que los humanos, que anteriormente podían haber vivido para siempre o haber muerto, ahora quedaron separados de esas condiciones que hacían posible la vida eterna, y por tanto se volvió inevitable que muriesen. Anteriormente podían morir; ahora tenían que morir. Esto también significa que Jesús nació con un cuerpo que estaba sujeto a muerte. Tenía que comer para vivir; si no hubiera comido, se hubiera muerto de hambre.

Deberíamos señalar que hubo otros cambios como resultado del pecado. En el Edén los humanos tenían cuerpos que podían enfermar; después de la caída había enfermedades que podían contraer. La maldición, que implicaba la muerte de la humanidad, también incluía todo un grupo de males que podían conducir a la muerte. Pablo nos habla de que algún día estas condiciones serán eliminadas, y que toda la creación será liberada “de la esclavitud de la corrupción” (Ro. 8:18-23).

Resumiendo: el potencial de la muerte estaba dentro de la creación desde el principio, pero también lo estaba el potencial de la vida eterna. El pecado, en el caso de Adán y cada uno de nosotros, significa que la muerte ya no es algo meramente posible, sino real.

No hemos intentado definir la muerte física, aunque las teologías más antiguas la definían como la separación del cuerpo y el alma. Esta definición no es plenamente satisfactoria, por las razones indicadas en nuestro tratamiento de la composición de la naturaleza humana. Intentaremos definir la muerte física de forma más completa en la discusión de las últimas cosas. Por ahora, pensaremos en ella como la terminación de la existencia humana en su estado corporal o material.

 

Muerte espiritual

La muerte espiritual está conectada con la muerte física, pero también se diferencia de ella. Es cuando toda la persona es separada de Dios. Dios, como ser perfectamente santo, no puede pasar por alto el pecado o tolerar su presencia. Por tanto, el pecado es una barrera a la relación entre Dios y los hombres, poniéndoles bajo el juicio y la condena de Dios.

La esencia de la muerte espiritual se puede ver en el caso de Adán y Eva. “Porque el día que de él comieres, [el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal] ciertamente morirás” no significa que experimentarán la muerte física inmediata. Significa, como hemos visto, que su mortalidad en potencia, se convertiría en mortalidad real. También significaba la muerte espiritual, la separación entre ellos y Dios. Y de hecho, después de que Adán y Eva comieran del fruto, intentaron ocultarse de Dios porque sentían vergüenza y culpa, y Dios pronunció severas maldiciones sobre ellos. El pecado trajo como resultado el alejamiento de Dios. Esta es la paga del pecado de la que habla Pablo en Romanos 6:23.

Además de este aspecto objetivo de la muerte espiritual, también hay un aspecto subjetivo. La Biblia con frecuencia declara que la gente apartada de Cristo están muertos en delitos y pecados. Esto significa, al menos en parte, que la sensibilidad hacia los asuntos espirituales y la habilidad para actuar y responder espiritualmente, de hacer cosas buenas, están ausentes o muy perjudicadas. La novedad de la vida que es nuestra ahora gracias a la resurrección de Cristo y que se simboliza en el bautismo (Ro. 6:4), aunque no impide la muerte física, desde luego implica una muerte al pecado que nos afligía. Produce una sensibilidad y vitalidad espiritual nueva.

 

Muerte eterna

La muerte eterna en un sentido real es la extensión y la finalización de la muerte espiritual. Si uno llega a la muerte física todavía espiritualmente muerto, separado de Dios, esa condición se hace permanente. Así como la vida eterna es cualitativamente diferente a nuestra vida presente y a la vez interminable, de la misma manera la muerte eterna es la separación de Dios, que es a la vez cualitativamente diferente a la muerte física y de duración eterna.

En el juicio final las personas que aparezcan ante el trono del juicio de Dios se dividirán en dos grupos. Los que sean juzgados como justos serán enviados a la vida eterna (Mt. 25:34-40, 46b). Y los que sean juzgados como injustos serán enviados al eterno castigo o al fuego eterno (vv. 41-46a). En Apocalipsis 20 Juan escribe sobre una “segunda muerte.” La primera muerte es la muerte física, de la cual nos libera la resurrección, pero no nos exime. Aunque todos acabamos sufriendo la primera muerte, la cuestión importante para cada individuo es si se ha superado la segunda muerte. A los que participan en la primera resurrección se les denomina “bienaventurados y santos.” Se dice que sobre ellos la segunda muerte no tiene potestad (v. 6). En la última parte del capítulo, la muerte y el Hades son lanzados al lago de fuego (vv. 13-14), al que fueron lanzados anteriormente la bestia y el falso profeta (19:20). A esto se le denomina la segunda muerte (20:14). Cualquiera cuyo nombre no se encuentre escrito en el libro de la vida será lanzado al lago de fuego. Este es el estado permanente de lo que el pecador escogió en vida.

Hemos examinado los resultados que tiene el pecado en las relaciones del hombre con Dios. Esta es la principal área que se ve afectada por el pecado. David había pecado sin duda contra Urías, y de alguna manera también contra Betsabé, e incluso contra la nación de Israel. Sin embargo, en su gran salmo penitencial oró: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Sal. 51:4). Incluso donde no hay dimensión horizontal del pecado, Dios se ve afectado por él. El argumento de que ciertas acciones no son malas, si se realizan con consentimiento y nadie resulta perjudicado, no tiene en cuenta el hecho de que el pecado es principalmente contra Dios y principalmente afecta a la relación entre el pecador y Dios.

 

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