Calvinismo
El calvinismo ha prestado más atención a la cuestión del pecado original que la mayoría de las escuelas de teología. En términos generales, la posición de Juan Calvino sobre este tema es la de que hay una conexión definida entre el pecado de Adán y todas las personas de todos los tiempos. En cierta manera, su pecado no es simplemente el pecado de un individuo aislado, sino también nuestro pecado. Como participamos en ese pecado, todos, desde el principio de la vida, quizá desde el momento de la concepción, recibimos una naturaleza corrupta junto con una consecuente tendencia heredada hacia el pecado. Es más, todas las personas son culpables del pecado de Adán. La muerte, la pena por el pecado, se ha transmitido desde Adán a todos los hombres; esa es la prueba de la culpabilidad de todos. Por tanto, mientras que desde el punto de vista de Pelagio Dios no atribuía a los humanos ni una naturaleza corrupta ni culpa, y desde el punto de vista arminiano Dios les atribuía una conducta corrupta pero no culpabilidad (en el sentido de responsabilidad), en el esquema calvinista Dios les atribuye tanto la naturaleza corrupta como la culpabilidad. La posición calvinista se basa en una forma muy seria y bastante literal de entender la declaración de Pablo en Romanos 5:12-19 de que el pecado entró en el mundo a través de Adán y la muerte a través de ese pecado, y así la muerte pasó a toda la gente, porque todos pecaron. Mediante el pecado de una persona todos nos convertimos en pecadores.
Surge una cuestión referente a la naturaleza de la conexión o relación entre Adán y nosotros, y por tanto también entre el primer pecado de Adán y nuestra pecaminosidad. Se han hecho numerosos intentos de contestar esta pregunta. Los dos enfoques principales ven esta conexión en términos de cabeza federal y cabeza natural:
1. El enfoque que ve la conexión de Adán con nosotros en términos de cabeza federal se relaciona generalmente con el punto de vista creacionista sobre el origen del alma. Esta es la idea de que los humanos reciben su naturaleza física por herencia de sus padres, pero que el alma ha sido creada especialmente por Dios para cada individuo y se une al cuerpo en el nacimiento (o en algún otro momento adecuado). Por lo tanto, no estábamos presentes psicológica o espiritualmente en ninguno de nuestros ancestros, incluido Adán. Sin embargo, Adán era nuestro representante. Dios estableció que Adán actuase no sólo en su nombre, sino también en el nuestro, de manera que las consecuencias de sus acciones han pasado también a sus descendientes. Adán estaba a prueba por todos nosotros; y como Adán pecó, todos somos tratados como culpables y corruptos. Ligados por el pacto entre Dios y Adán, somos tratados como si real y personalmente hubiéramos hecho lo que él hizo como representante nuestro. El paralelismo entre nuestra relación con Adán y nuestra relación con Cristo (Ro. 5:12-21) es significativa aquí. Al igual que no somos realmente rectos por nosotros mismos, pero somos tratados como si tuviéramos la misma posición de rectitud que Jesús, aunque no somos personalmente pecadores hasta que no cometemos nuestro primer acto pecaminoso, antes de eso, ya se nos trata como si tuviéramos la misma posición de pecadores que tenía Adán. Si es justo imputarnos una rectitud que no es nuestra sino de Cristo, también es justo que se nos impute el pecado y la culpa de Adán. Él es tan capaz de actuar en nuestro nombre como lo es Cristo.
2. El otro enfoque principal ve la conexión de Adán con nosotros como una cabeza natural (o realista). Este enfoque se relaciona con la idea traducionista del origen del alma, según la cual recibimos el alma por transmisión de nuestros padres, de la misma manera que recibimos nuestra naturaleza física. Así que estábamos presentes en forma germinal o seminal en nuestros ancestros; en un sentido muy real, estábamos allí en Adán. Su acción no fue sólo la de un individuo aislado, sino la de toda la raza humana. Aunque no estábamos allí individualmente, no obstante, estábamos allí. La raza humana pecó como un todo. Por lo tanto, no es injusto o inadecuado que se reciba una naturaleza corrupta y culpable de Adán, ya que estamos recibiendo los resultados justos de nuestro pecado. Este también es el punto de vista de Agustín.
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