Pelagianismo
Un punto de vista muy interesante sobre las relaciones entre los individuos humanos y el primer pecado de Adán es el de Pelagio. Era un monje británico que se había trasladado a Roma a enseñar. Cuando, como resultado de la invasión de Alarico, dejó Italia para irse a Cartago, en el norte de África en el 409, el conflicto con las enseñanzas de Agustín fue casi inevitable.
Pelagio era un moralista: su principal preocupación era que la gente viviese vidas buenas y decentes. Creía que un punto de vista excesivamente negativo sobre la naturaleza humana tenía un efecto desafortunado en el comportamiento humano. Unido a un énfasis en la soberanía de Dios, la dimensión de la pecaminosidad humana parecía eliminar toda motivación de intentar vivir una vida buena.
Para contrarrestar estas tendencias, Pelagio potenció firmemente la idea del libre albedrío. Al contrario que las demás criaturas, los humanos fueron creados libres de las influencias controladoras del universo. Es más, los humanos hoy están libres de cualquier influencia determinante procedente de la caída. Manteniendo una idea creacionista sobre el origen del alma, Pelagio sostenía que el alma, creada por Dios especialmente para cada persona no está contaminada por ninguna supuesta corrupción o culpa. La influencia de Adán, si es que existe, sobre sus descendientes es únicamente la de ser un mal ejemplo; no hay ninguna otra conexión directa entre el pecado de Adán y el resto de la raza humana. Los humanos no tienen una culpa espiritual congénita. Por lo tanto, el bautismo no elimina el pecado o la culpa en los niños, ya que no existe tal cosa, aunque puede eliminar el pecado de los adultos.
Si el pecado de Adán no tiene efecto directo en cada ser humano, no hay necesidad de que la gracia de Dios obre especialmente en el corazón de cada individuo. Más bien la gracia de Dios es simplemente algo que está presente por todas partes y en todo momento. Cuando Pelagio habló de “gracia,” quería decir libre albedrío, entender a Dios mediante la razón, la ley de Moisés y la instrucción de Jesús. También está la gracia del perdón que se da a los adultos en el bautismo. La gracia está a disposición de todos por igual. Por tanto, Pelagio rechazaba cualquier cosa que incluso se asemejara ligeramente a la predestinación que enseñaba Agustín.
Cuando Pelagio explicó las implicaciones de sus diferentes principios, surgió la idea de que los humanos podían, por sí mismos, cumplir perfectamente los mandatos de Dios sin pecar. No hay una inclinación natural hacia el pecado en el principio de la vida; cualquier inclinación posterior en esa dirección procede sólo de la adquisición de malos hábitos. Por lo tanto, `para Pelagio, una salvación por obras es bastante posible, aunque este es un nombre inadecuado. Como no somos realmente pecadores, culpables y condenados, este proceso no es un asunto de salvación de algo que en la actualidad nos ata. Es más bien una conservación o un mantenimiento de nuestro correcto estatus y buena posición. Por nosotros mismos nos mantenemos alejados de caer en una condición pecadora.
Pelagio no eliminó el bautismo infantil, pero consideraba que su significado era más bien de bendición que de regeneración. Lo que los niños reciben al ser bautizados es “iluminación espiritual, ser adoptados como hijos de Dios, la ciudadanía de la Jerusalén celestial, santificación y ser miembros de Cristo, compartiendo la herencia en el Reino de los cielos.” Algunos de los discípulos de Pelagio llevaron un poco más lejos sus doctrinas. Celestio enseñó que los niños podían tener vida eterna incluso sin el bautismo, y que Adán fue creado mortal y que habría muerto hubiera pecado o no. Julián de Eclanum insistió en que el libre albedrío de los humanos les coloca en una situación de absoluta independencia frente a Dios.
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