Amor y benevolencia
Cuando pensamos en atributos morales de Dios, quizá lo primero que viene a nuestra mente sea el grupo de atributos que aquí clasificamos como amor. Muchos lo consideran el atributo básico, la auténtica naturaleza o definición de Dios. Hay base para esto en las Escrituras. Por ejemplo en 1 Juan 4:8 y 16 leemos: “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor... y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios en él.” Segunda Corintios 13:11 habla del “Dios de paz y de amor.” En general, el amor de Dios se puede entender como su eterno darse y compartirse a sí mismo. Como tal, el amor siempre ha estado presente entre los miembros de la Trinidad, incluso antes de que hubiera seres creados. Jesús dijo: “Pero para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago” (Jn. 14:31). Mateo 3:17 cuenta que una voz procedente del cielo le dijo a Jesús: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”
La benevolencia es una dimensión básica del amor de Dios. Con esto queremos decir la preocupación de Dios por el bienestar de los que ama. Él, sin egoísmo, busca nuestro bienestar último. De las numerosas referencias bíblicas, Juan 3:16 es probablemente la más conocida: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.” Las referencias a la benevolencia de Dios no se restringen al Nuevo Testamento. Por ejemplo en Deuteronomio 7:7-8 leemos: “No por ser vosotros el más numeroso de todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos, sino porque Jehová os amó y quiso guardar el juramento que hizo a vuestros padres, por eso os ha sacado Jehová con mano poderosa.”
El amor de Dios es un interés altruista por nuestro propio bien. Es agape, no eros. En Juan 15 Jesús distingue entre la relación amo– sirviente (o jefe–empleado) y la relación de amigo a amigo. Es esta última la relación que caracteriza al creyente y al Salvador. Está claro que Jesús consideraba el amor como la base de su relación porque al describirla utiliza la palabra amor en forma de sustantivo o de verbo nueve veces en el transcurso de nueve versículos (vv. 9-17). Su interés vital en los creyentes es evidente en el versículo 11: “Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea completo.” Continúa diciendo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (v. 13). Sin embargo, Jesús no sólo dio su vida por sus amigos, por aquellos que le querían y apreciaban lo que hacía por ellos, sino también por sus enemigos, los que le despreciaron y rechazaron. Nuestra relación con Dios es la de amigo a amigo más que una relación de jefe a empleado. Murió por sus enemigos, aunque no recibió nada a cambio. Un jefe puede estar interesado en el bienestar de su empleado por lo que este pueda hacer por él. La salud de los empleados es importante, porque un empleado sano puede producir más para la empresa que un empleado que no esté sano. Sin embargo, Jesús es un amigo. Le preocupa que estemos bien sólo por nuestro propio bien y no por lo que puede conseguir de nosotros. Dios no nos necesita. Puede conseguir lo que desea sin nosotros aunque él ha decidido obrar a través nuestro. Por lo tanto, su amor por nosotros y por las otras criaturas es completamente desinteresado.
Esta cualidad del amor divino de darse a sí mismo de forma desinteresada se ve en lo que Dios ha hecho. El amor de Dios al enviar a su Hijo para que muera por nosotros no se debió a que nosotros le amáramos antes. El apóstol Juan dice: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). Romanos 5:6-10 elabora el mismo tema. Fíjese especialmente en el versículo 8 (“Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”) y en el versículo 10 (“porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más estando reconciliados, seremos salvos por su vida”). Como Dios es amor, la descripción de amor en 1 Corintios 13 es también una descripción de él. El amor es sufrido y benigno, no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido; no busca lo suyo; no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia sino de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor divino no sólo toma la iniciativa para crear la base de la salvación enviando a Jesucristo, sino que también nos busca continuamente. Las tres parábolas de Jesús en Lucas 15 resaltan esto con fuerza. El pastor deja las noventa y nueve ovejas en el desierto y va en busca de la perdida, aunque nada en la descripción nos indica que fuera especialmente atractiva o deseable. La mujer que perdió una moneda la busca con diligencia. Y aunque el padre del hijo pródigo no va a buscarlo, espera constantemente el retorno de su hijo. Toma la iniciativa de darle la bienvenida a su hijo, cuidándole e incluso ordenando una celebración.
Cuando pensamos en el amor de Dios, surge un dilema, relacionado con el problema expuesto anteriormente del supuesto egocentrismo de Dios. ¿Dios nos ama por su propio bien, poniendo en peligro aparentemente el carácter entregado, desinteresado de su amor? ¿O nos ama por nuestro propio bien, poniendo por tanto en peligro aparentemente su estatus de valor supremo? El primero parece comprometer el amor de Dios, el último su gloria. Sin embargo, existe una tercera posibilidad. Dios nos ama por nuestra semejanza con él, semejanza que él nos ha dado al crearnos (Gn. 1:27). Por lo tanto, él en realidad se ama a sí mismo en nosotros. Sin embargo, nuestra semejanza con él, no es algo que nosotros hayamos hecho, sino que está presente en nosotros por su naturaleza entregada y desinteresada. Dios nos ama por lo que puede darnos o hacernos, tanto en el acto de nuestra creación como en su relación continuada con nosotros. Su amor es una disposición de afecto hacia nosotros, un sentimiento de preocupación desinteresada y una resolución de actuar hacia nosotros para procurar nuestro bienestar.
La benevolencia de Dios, su forma de cuidar y proveer para aquellos a los que ama, se puede ver de muchas maneras. Dios cuida y provee incluso para la creación infrahumana. El salmista escribe: “Abres tu mano y colmas de bendición a todo ser viviente” (Sal. 145:16). Jesús enseñó que el Padre alimentaba las aves del cielo y vestía a los lirios del campo (Mt. 6:26,28). Ni un pajarillo puede caer a tierra sin que el Padre lo permita (Mt. 10:29). El principio de que Dios es benevolente con su provisión y protección se extiende en los dos últimos pasajes a sus hijos humanos también (Mt. 6:25, 30-33; 10:30-31). Aunque solemos tomarnos estas promesas en cierta manera como algo exclusivo para nosotros, los creyentes, la Biblia señala que Dios es benevolente con toda la raza humana. Él “hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45). Pablo dijo en Listra que Dios había mostrado bondad “dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones” (Hch. 14:17). Dios intrínsecamente no sólo piensa de forma positiva en los objetos de su amor, también actúa para su bienestar. El amor es algo activo.
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