El mundo

La Biblia enseña que el mal tiene un estatus aparte e independiente de la voluntad humana individual, subsiste por sí mismo, sobre una base organizada o estructurada. Ocasionalmente nos referimos a esta realidad como “el mundo.” El original griego aquí es la palabra 'kosmos'. Algunas veces este término designa al objeto físico, la tierra. Otras veces hace referencia a toda la población de la raza humana, y otras a todos aquellos que habitaban la tierra en un momento dado de tiempo. Pero hay otras referencias en las que 'kosmos' designa a una fuerza espiritual, la antítesis, como si dijéramos, del reino de Dios. Es la misma encarnación del mal. Este concepto se encuentra en particular en los escritos de Juan y Pablo, aunque se puede encontrar en otras partes del Nuevo Testamento también.

Hay muchas referencias a la enemistad, hostilidad y oposición que el mundo muestra hacia Cristo, el creyente y la iglesia. Jesús dijo: “No puede el mundo odiaros a vosotros; pero a mí me odia, porque yo testifico de él, que sus obras son malas” (Jn. 7:7). “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn. 15:18-19). La misma idea se repite en la oración sumosacerdotal de Jesús por sus discípulos (Jn. 17:14).

Pablo dice que el mundo y el creyente entienden de forma totalmente diferente las cosas. Las cosas de Dios son tonterías para el mundo (1 Co. 1:21, 27); son débiles y despreciables en el mundo (v. 28). Dios, por el contrario, ha hecho que sea una tontería la sabiduría del mundo (1 Co. 1:20; 3:19). Esto es así porque hay diferentes “espíritus” implicados. “Pero como Dios nos dio su Espíritu, nosotros podemos darnos cuenta de lo que Dios, en su bondad, ha hecho por nosotros” (2:12). Las cosas y los dones del Espíritu de Dios no son recibidos por el “hombre no espiritual” porque deben ser discernidas espiritualmente (v. 14). A una persona de ese tipo les resultan extraños así que, no pueden (o no quieren) aceptarlos.

La idea de la incapacidad para percibir o entender también la encontramos en las palabras de Jesús sobre que el mundo no le está recibiendo a él o al Espíritu. Jesús prometió a sus discípulos “el espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros” (Jn. 14:17). Después de un corto tiempo el mundo ya no le vería, pero él se manifestaría a sus discípulos y ellos le reconocerían (vv. 19, 22). Esto está en consonancia con el hecho de que el mundo no conoció ni al Padre (Jn. 17:25) ni al Hijo cuando él vino (Jn. 1:10-11).

El mundo a veces puede producir efectos superficialmente similares a los que produce Dios, no obstante los dos tienen resultados finales muy diferentes. Pablo habla de una carta suya que había afligido a los corintios, pero esa pena les condujo al arrepentimiento porque sintieron una aflicción santa. Después añade: “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de lo cual no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Co. 7:10).

El mundo representa una fuerza organizada, una potestad u orden que es el contrapunto al reino de Dios. Pablo en Efesios 2 describe esta estructura que controla al no creyente. Los efesios habían estado muertos en los delitos y pecados “en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (v. 2). En su estado anterior “Entre ellos vivíamos también todos nosotros en otro tiempo, andando en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás” (v. 3). Hay un orden impregnando el mundo, una estructura que afecta y gobierna la humanidad. Este orden también se denomina “los espíritus elementales” (Col. 2:8). Pablo urge a los colosenses a que no se dejen engañar por esos elementos del mundo o por “esas filosofías y huecas sutilezas basadas en las tradiciones de los hombres.” Habiendo muerto con Cristo para estos espíritus elementales, los colosenses no deben ahora someterse a estas fuerzas, viviendo como si todavía perteneciese al mundo. Estos espíritus elementales son los principios operativos según los cuales se gobierna el mundo. Pablo también escribe a los gálatas sobre que ellos anteriormente “servían a los que por naturaleza no son dioses” y después les pregunta cómo ellos que ahora conocen a Dios pueden dar de nuevo la espalda y convertirse en esclavos de los débiles y pobres rudimentos” (Gá. 4:8-9).

Este 'kosmos' o sistema maligno está bajo control del diablo. Ya hemos señalado esto en la referencia de Pablo al “príncipe de la potestad del aire” (Ef. 2:2). Juan escribió que “el mundo entero está bajo el maligno” (1 Jn. 5:19). Justo antes de su traición Jesús le dijo a sus discípulos “viene el príncipe de este mundo” (Jn. 14:30). Detrás y, en cierto sentido, por encima de todas las autoridades que ejercen el control en el mundo, hay una potestad mucho más grande; ellos son sólo sus agentes, quizá sin saberlo. Satanás realmente es el dirigente de este dominio. Por lo tanto el ofrecimiento de Satanás a Jesús de todos los reinos del mundo (Mt. 4:8-9) no era infundado ni exageradamente presuntuoso. Estos reinos están bajo su potestad, aunque no son realmente suyos y algún día se verán liberados del control que ahora ejerce como usurpador.

Tan malo como el demonio, es este mundo que es la auténtica encarnación de todo lo corrupto y que contamina a los que caen bajo su influencia y control. Jesús indicó que no es de este mundo, y que no procede de él. Se contrasta a sí mismo con los judíos: “Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo” (Jn. 8:23). El reino de Jesús tampoco es de este mundo (Jn. 18:36). Al decirle esto a Pilato, Jesús sin duda pretendía decir que su reino no se establecería en la tierra en ese momento. Pero como habrá un futuro reino terrenal de Dios, parece que Jesús tenía algo más en mente, o sea, su reino no recibe su potestad de unas fuerzas terrenales que lucharían por él.

Jesús proclamó y demostró que él estaba separado de las malas actitudes y prácticas del mundo. Sus seguidores tienen que hacer lo mismo. Santiago enumera los criterios positivos y negativos de la verdadera religión: “La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo” (Stgo. 1:27). Hay una mentalidad básica asociada con ser del mundo: “¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios” (Stgo. 4:4). Parecido a la enemistad con Dios es la fijación con uno mismo. La orientación egoísta de los que pertenecen al mundo está tan reñida con el reino de Dios que vicia cualquier oración que puedan ofrecer: “Pedís, pero no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stgo. 4:3). La total incompatibilidad entre el reino de Dios y el mundo nos recuerda la declaración de Jesús de que uno no puede servir a dos señores (Mt. 6:24). Los dos son antitéticos entre sí.

Quizá la advertencia más aguda la encontramos en 1 Jn. 2:15-17. Aquí Juan manda a los lectores no amar al mundo ni las cosas que están en el mundo, porque los que aman el mundo no tiene el amor del Padre (v. 15). “Porque nada de lo que hay en el mundo – los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida – proviene del Padre, sino del mundo” (v. 16). La advertencia es sobria, porque se trata del asunto del destino eterno: “El mundo pasa, y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (v. 17). La persona que ama lo que es transitorio, también pasará. El que pone su lealtad en lo que es permanente también permanecerá para siempre.

El creyente, sin embargo, no tiene que limitarse a evitar el mundo. Este sería un enfoque muy negativo y derrotista. Así como Cristo de forma voluntaria vino al mundo, el creyente debería voluntariamente ejercer y manifestar rectitud ante el mundo, para que su oscuridad se disperse. Pablo urgió a los filipenses a ser “irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como lumbreras en el mundo” (Fil. 2:15). Esto no es distinto al mandamiento de Jesús a sus discípulos de que “así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16). Sin embargo, sabemos que en muchas ocasiones cuando la luz llegó al mundo, el hombre prefirió la oscuridad porque la luz revelaba sus malas obras (Jn. 3:19-21). Por lo tanto, los creyentes deberían esperar el rechazo e incluso la hostilidad y la oposición ante la luz que exhiben.

Sin embargo, el testimonio de las Escrituras también deja claro que el mundo es condenado; su juicio ya ha tenido lugar, pero será ejecutado en el futuro. El creyente no necesita y de hecho no se verá vencido por el mundo. Juan dice del espíritu del anticristo, del que ya hay muchas manifestaciones en el mundo: “Hijitos, vosotros sois de Dios y los habéis vencido, porque mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan de las cosas del mundo y el mundo los oye” (1 Jn. 4:4-5). Es con fe con lo que se vence al mundo. “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" (1 Jn. 5:4-5).

El uso de la palabra vencer sugiere que los seguidores de Jesús no tienen que esperar que su tarea sea fácil. Es más, ser odiados por el mundo es una señal de que le pertenecen a él y no al mundo: “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros” (Jn. 15:18). Les advierte y anima a la vez: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). En cierto sentido, el juicio del mundo ya ha tenido lugar, porque Cristo dice en Juan 12:31: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera.” Que este juicio ha sido llevado a cabo mediante la muerte de Cristo queda claro en los siguientes versículos, donde habla de ser elevado de la tierra y atraer a todos hacia sí mismo (vv. 32-33).

Que el mundo ya ha sido juzgado es evidente también en los escritos de Pablo. Él dice que los creyentes son corregidos por el Señor para no ser condenados con el mundo (1 Co. 11:32). También argumenta que los creyentes no deberían llevar sus diferencias a los tribunales para que los juzgaran no creyentes, porque los creyentes algún día juzgarán el mundo (1 Co. 6:2). Lo que se ha conseguido ya con la muerte de Cristo se pondrá de manifiesto en algún momento del futuro.

El creyente no tiene que estar bajo el control de este mundo. Su potestad sobre el creyente se ha roto. Esto está ligado a la muerte de Cristo, ya que el creyente se identifica con Cristo en su victoriosa muerte. Pablo escribe: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo” (Gá. 6:14). Lo que se ha conseguido en la cruz y que algún día se completará lo pueden experimentar al menos en parte ahora los creyentes.

Resumiendo lo que hemos encontrado en nuestro examen de las enseñanzas bíblicas sobre el mundo:

1. El mundo como un sistema organizado de fuerza espiritual es un hecho. Es la encarnación misma del mal. Es una entidad extendida que existe independientemente de los seres malvados individuales; es la estructura de toda la realidad contraria a Dios. Es una forma de pensar y un marco de referencia totalmente diferente y opuesto a Cristo y a sus discípulos.

2. El mundo está bajo el control de Satanás. Aunque fue creado para servir a Dios, ahora es el reino de Satanás. Es capaz de utilizarlo y de usar sus recursos para cumplir sus propósitos y oponerse a los de Cristo. Las personas e instituciones que ejercen influencias negativas en este mundo no son la fuente última del mal que se produce. Tras este asunto está la actividad de Satanás. En algunos momentos esta actividad puede tomar la forma de una posesión demoníaca, pero normalmente es más sutil.

3. El mundo es claramente malo. Tiene la habilidad de corromper todo lo que toca. Por lo tanto, el cristiano debe evitar caer bajo su influencia. Así como Jesús no era de este mundo, los cristianos no deben formar parte de él. No se trata simplemente de evitar ciertas acciones mundanas. Se trata de todo un conjunto de actitudes y valores diametralmente diferentes.

4. Por poderosos que sean el sistema y Satanás, están condenados. La derrota del mundo ya ha sido determinada. En un sentido espiritual, el mundo fue juzgado en los tiempos de Cristo y a través de su muerte y resurrección. Algún día será realmente juzgado ante el trono de Dios. De hecho, los creyentes mismos se verán implicados en el juicio del mundo, así que no deberían someterse al mundo hoy.

 

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