La Muerte de Cristo
El paso final de descenso en la humillación de Jesús fue su muerte. El que era “la vida” (Jn. 14:6), el Creador, el dador de vida y la nueva vida que supone la victoria sobre la muerte, se convierte en sujeto de la muerte. Él que no había cometido ningún pecado sufrió la muerte, la consecuencia o “precio” del pecado. Al convertirse en humano, Jesús estaba sujeto a la posibilidad de morir, esto es, se hizo mortal; y la muerte no fue una mera posibilidad, se convirtió en un hecho.
Es más, Jesús no sólo sufrió la muerte, sino que esta fue humillante. Experimentó un tipo de ejecución reservada en el imperio romano para los criminales más problemáticos. Fue una muerte lenta y dolorosa, una muerte por tortura. Además hay que añadir a esto la ignominia de las circunstancias. La burla y la ridiculización por parte de la multitud, el abuso de los líderes religiosos y de los soldados romanos, y los retos a cada una de sus funciones compuso la humillación. Se retó su estatus como profeta cuando fue conducido ante el sumo sacerdote: “Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó” (Mt. 26:68). Ridiculizaron su reinado y su gobierno con la inscripción que colocaron en la cruz (“El rey de los judíos”) y con las burlas de los soldados: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (Lc. 23:37). Su papel sacerdotal fue puesto en duda con las sarcásticas palabras de los gobernantes: “A otros salvó; sálvese a sí mismo, si este es el Cristo, el escogido de Dios.” (Lc. 23:35). Por tanto la crucifixión era una contradicción a todo lo que él decía ser.
El pecado parecía haber ganado; los poderes del mal parecían haber vencido a Jesús. La muerte parecía ser el fin de su misión; él había fracasado en su cometido. Sus discípulos ya no escucharían sus enseñanzas ni llevarían a cabo sus mandamientos, porque todos habían sido esparcidos y vencidos. Su voz había sido acallada, así que ya no podía predicar ni enseñar, y su cuerpo estaba sin vida, incapaz de curar, resucitar de entre los muertos y calmar tormentas.
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