La naturaleza del problema del mal
Dios controla todo lo que ocurre. Él tiene un plan para todo el universo y para todos los tiempos, y está obrando para hacer que suceda ese buen plan. Pero una sombra se cierne sobre esta reconfortante doctrina: el problema del mal.
El problema se puede plantear de una forma simple o de una forma más compleja. David Hume lo expuso de forma sucinta cuando escribió sobre Dios: “¿Desea evitar el mal, pero no puede? Entonces es impotente. ¿Es capaz, pero no quiere? Entonces es malévolo. ¿Lo desea y puede hacerlo? Entonces ¿de dónde procede el mal?” La existencia del mal también se puede apreciar como un problema en la oración de la comida que muchos niños han aprendido a orar: “Dios es grande, Dios es bueno. Démosle las gracias por esta comida.” Porque si Dios es grande, será capaz de evitar que suceda el mal. Si Dios es bueno, no deseará que suceda el mal. Pero el mal es bastante evidente en torno a nosotros. Entonces, se debe pensar en el problema del mal como un conflicto que implica tres conceptos: el poder de Dios, la bondad de Dios y la presencia del mal en el mundo.
En diferentes grados, el problema es una dificultad para todo tipo de teísmo fuerte. En secciones anteriores hemos mostrado la omnipotencia de Dios: su habilidad para hacer todas las cosas que son objeto propio de su poder. Hemos señalado que su creación y su previsión son formas de poner en práctica su omnipotencia, significando respectivamente que Dios por decisión y acción propia libre ha dado la vida a todo lo que existe y que controla esa creación, manteniéndola y dirigiéndola hacia el fin que ha escogido. Es más, hemos observado la bondad de Dios: sus atributos de amor, misericordia, paciencia. Sin embargo, es obvio que el mal está presente. ¿Cómo puede suceder esto, a la luz de quien y lo que es Dios?
El mal que precipita este dilema es de dos tipos generales:
1. Por una parte, el mal natural no implica la voluntad y la actuación humana, pero es meramente un aspecto de la naturaleza que parece actuar en contra del bien de la humanidad. Están las fuerzas destructivas de la naturaleza: huracanes, terremotos, tornados, erupciones volcánicas y similares. Estos sucesos catastróficos producen grandes pérdidas de vidas y propiedades. Y mucho sufrimiento y pérdida de vidas humanas se producen con enfermedades como el cáncer, la fibrosis quística o la esclerosis múltiple.
2. El otro tipo de mal, denominado mal moral, se puede achacar a la elección y acción de los agentes morales libres. Aquí encontramos cosas como la guerra, el delito, la crueldad, los problemas de clase, la discriminación, la esclavitud y las injusticias demasiado numerosas como para mencionarlas. Aunque hasta cierto punto podemos eliminar de nuestra consideración los males morales culpando al ejercicio del libre albedrío de los humanos, los males naturales no se pueden descartar de esa manera. Simplemente parecen estar ahí en la creación hecha por Dios.
Hemos señalado que el problema del mal surge en distintos grados para teologías diferentes; además, toma formas diferentes. De hecho, John Feinberg argumenta que no estamos tratando con un problema, sino con una serie de problemas que aparecen en diferentes combinaciones. Es más, el problema del mal puede darse como problema religioso o teológico o ambos. En general, la forma religiosa del problema del mal sucede cuando algún aspecto particular de la experiencia de uno ha tenido el efecto de poner en cuestión la grandeza o bondad de Dios, y por lo tanto amenaza la relación entre el creyente y Dios. La forma teológica del problema se preocupa del mal en general. No es una cuestión de cómo puede existir una situación específica concreta a la luz de lo que es o de quién es Dios, sino de cómo puede existir ese tipo de problema. Que exista la forma religiosa del problema no implica necesariamente una experiencia personal, pero habrá habido una situación específica en la que al menos indirectamente se haya encontrado con él. Sin embargo, la forma teológica del problema no implica necesariamente ese tipo de situación específica. Nuestro enfoque en el problema puede pasar de ser religioso a ser teológico como resultado de que se produzca esa situación, o concentrarnos en el problema del mal en general puede deberse a consideraciones más amplias. Es importante señalar estas distinciones. Porque como Alvin Plantinga ha señalado, la persona a la que un mal específico (esto quizá es más preciso que el problema del mal) le presenta una dificultad religiosa puede necesitar cuidado pastoral en lugar de ayuda para la resolución de dificultades intelectuales. De manera similar, tratar los auténticos problemas intelectuales que uno tiene como un simple asunto de sentimientos no resultará de gran utilidad. No ser capaz de reconocer la forma religiosa del problema del mal parecerá insensibilidad; no ser capaz de tratar la forma teológica parecerá intelectualmente insultante. En particular, cuando ambas cosas aparecen juntas es importante reconocer y distinguir sus respectivos componentes.
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