Evolución teísta
La evolución teísta tiene más en común con la evolución deísta, pero va más allá en lo que se refiere a la implicación de Dios con su creación. Dios inició el proceso dando vida al primer organismo. Después continuó obrando internamente para conseguir su objetivo con la creación. Sin embargo, en algún momento, él también actuó de forma sobrenatural, interviniendo para modificar el proceso, pero empleando materiales ya existentes. Dios creó el primer ser humano, pero al hacerlo utilizó una criatura existente. Dios creó un alma humana y la introdujo en uno de los primates superiores transformando a esta criatura en el primer ser humano. Por tanto, aunque Dios creó especialmente la naturaleza espiritual de Adán, su naturaleza física fue producto del proceso de la evolución.
La evolución teísta no tiene muchas dificultades con los datos científicos ya que enseña que la dimensión física de los seres humanos surge a través de la evolución. Por lo tanto puede acomodar cualquier evidencia de continuidad dentro del proceso que se haya producido en la raza humana. Con respecto a los datos bíblicos, la evolución teísta a menudo sostiene la idea de que existió una pareja original, Adán y Eva. Cuando esto es así, no hay dificultades para reconciliar la evolución teísta con las enseñanzas de Pablo sobre lo pecaminoso de la raza. Al tratar los capítulos introductorios del Génesis, se siguen una de estas dos estrategias. Afirmar que el Génesis no dice nada específico sobre la manera en que se originó el ser humano, o considerar el pasaje como simbólico. En el último caso, “polvo” (2:7), por ejemplo, no se toma literalmente. Más bien se interpreta como una referencia simbólica a una criatura ya existente, una forma inferior a la humana.
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