Todas las razas
Lo primero que hay que señalar es que todas las razas están incluidas en la familia humana de Dios y por lo tanto son objetos de su amor. Sin embargo, el fenómeno del prejuicio social es todavía bastante común. Grupos muy diferentes han sido objeto de prejuicios, que en algunos casos han conducido abiertamente a la esclavitud, y otras veces a formas menos extremas de discriminación. En ocasiones incluso esos perjuicios sociales se han apoyado en opiniones teológicas que sugieren que para Dios hay una diferencia de estatus entre ciertos grupos raciales. En "Is God a White Racist?" (¿Es Dios un racista blanco?) William Jones ha escrito sobre una forma de este fenómeno, que llama “racismo divino.” El racismo divino divide la raza humana en dos categorías: “nosotros” y “ellos.” Se asume que Dios ha dividido así la raza, y que muestra especial interés por los que están dentro de su grupo y los favorece. Según esta teoría, Dios no valora a todas las personas por igual. Trata a unas con más amabilidad que a otras. Hay un desequilibrio intencionado de sufrimiento, que afecta más al grupo que está fuera que al que está dentro. Dios ha deseado ese desequilibrio; que él conceda o no su favor depende de la identidad racial o étnica.
Jones no sugiere que el racismo divino esté restringido a ninguna religión en particular. Sin embargo, el cristianismo no carece de ejemplos. Quizá el más extremo han sido los argumentos de algunos racistas blancos que llegaron tan lejos como hasta atreverse a negar la humanidad de los negros, o por decirlo de otra manera, negaba que los negros tuvieran alma. Este era un intento de justificar las desigualdades entre los esclavos y los amos. Uno de los argumentos pseudoteológicos más comunes que se plantearon fue que los rasgos de los tres hijos de Noé caracterizarían a sus descendientes hasta el fin de los tiempos. Se sostuvo que Cam había nacido negro; por tanto sus descendientes eran de raza negra. Cam había recibido una maldición por su iniquidad; esta maldición obligaba a su hijo Canaán a servir a los descendientes de Sem y Jafet. Por lo que se debe entender que todos los negros están bajo la maldición de Dios, y la esclavitud está justificada porque Dios quería que así fuese. Otra variedad de este argumento era la opinión de que Caín, que fue maldecido por matar a su hermano Abel, fue puesto en servidumbre y se volvió negro (la marca impuesta a Caín: Gn. 4:13-15). Supuestamente Cam se casó con una descendiente de Caín, por lo que el hijo de Cam, Canaán, estaba doblemente maldito. Otra postura era que en realidad los negros no formaban parte de la raza de Adán. El planteamiento general de esta teoría era que el negro es humano, pero constituye otra especie de humano; Adán sólo es el padre de la raza blanca.
Un argumento adicional era que los negros debían considerarse como bestias de dos patas. Como los negros están con nosotros hoy, deben haber estado en el arca. Sin embargo, sólo se salvaron ocho almas en el arca, y todas pertenecían a la familia de Noé. Como una bestia más del arca, el negro no tenía alma alguna que tuviera que ser salvada. Aquí tenemos la razón final para la justificación de la discriminación racial e incluso la esclavitud: los negros no son humanos; en consecuencia, no tienen los mismos derechos que los humanos.
Formas menos extremas de prejuicio se han dirigido a varios grupos. Todos tienen tendencia a atribuir un estatus menos humano al grupo que está fuera del suyo. Nuestra respuesta tendrá dos enfoques: refutar el caso hecho por tales suposiciones y presentar las evidencias bíblicas de que la humanidad que Dios ha concedido se extiende a todas las razas.
No hay apoyo bíblico a la suposición de que los negros (o cualquier otra raza) sean inferiores o menos humanos. No hay pruebas, por ejemplo, de que Cam fuera negro. Lo mismo ocurre con la idea de que la marca de Caín fuera el ser negro. Además asegurar que los negros no son humanos contradice las evidencias antropológicas como la de la fertilidad entre todas las razas.
Más significativa para nosotros es la evidencia bíblica positiva de la manera en que Dios considera a todas las razas y nacionalidades. Este tema se desarrolla en las Escrituras especialmente con las relaciones entre judíos y gentiles. Del estatus de Israel como nación elegida se podría concluir que el interés y la preocupación de Dios por la humanidad se limita al pueblo judío. Sin embargo, está claro que los judíos no son escogidos como únicos receptores de la bendición de Dios, sino que son receptores y transmisores de ella. Incluso en la era del Antiguo Testamento, había lugar para que los de fuera se hicieran seguidores de la fe de Israel. Rahab y Rut la moabita son ejemplos destacados y los podemos encontrar incluso en la genealogía de Jesús (Mt. 1:5).
En el ministerio de Jesús, nos encontramos con una apertura hacia los que no eran de la casa de Israel. Su preocupación por la mujer samaritana (Jn. 4) y el ofrecimiento que le hace del agua de la vida indican que la salvación no estaba restringida solo a los judíos. La petición de la mujer sirofenicia de que echara el demonio de dentro de su hija fue atendida (Mr. 7:24-30). Quizá el incidente más destacable sea el del centurión romano que vino a pedir la curación de su sirviente paralítico (Mt. 8:5-13). Jesús maravillado por la fe de este hombre, que excedía la de cualquier hombre que había hallado en Israel (v. 10) accedió a la petición del hombre, pero antes de hacerlo, hizo una predicción digna de mención: “Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (vv. 11-12). Aquí está sin duda la anticipación de un tiempo en el que se extenderá la gracia de Dios a incontable número de gente sin importar su raza.
Cuando llegamos al libro de los Hechos, la universalidad de la gracia de Dios es más aparente. La visión de Pedro (Hch. 10:9-16), en el que se le mandaba comer animales puros e impuros, era la señal de que debía extender el mensaje de salvación a los gentiles, primero de todo al centurión Cornelio (vv. 17-33). Pedro expresó así su nuevo convencimiento: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que lo teme y hace justicia” (vv. 34-35). Cuando predicó el evangelio al grupo reunido en la casa de Cornelio, el Espíritu Santo cayó sobre ellos de la misma manera que había caído previamente sobre los judíos (vv. 44-48). Este suceso dio un impulso al ministerio con los gentiles, que fue llevado a cabo principalmente por Pablo y sus compañeros.
El ministerio de Pablo incluyó muchos incidentes que nos resultan instructivos para conocer el estatus de los no judíos. Uno de los más significativos es el encuentro con los filósofos atenienses en Hechos 17. La idea central de su mensaje para ellos tiene una naturaleza universal. Dios hizo la tierra y todo lo que hay en ella (v. 24). Él dio vida, aliento y todas las cosas a todos los hombres (v. 25). Pablo pone un énfasis particular en la unidad de la raza humana cuando dice: “De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación” (v. 26). Su declaración a los atenienses de que el “dios no conocido” al que ellos adoran es en realidad el Dios que él predica (v. 23) se basa en la suposición de que toda la gente forma parte de la raza humana que Dios creó y a la que ha proporcionado los medios para su salvación.
No debe haber división entre judíos y gentiles dentro de la iglesia. En Efesios 2:14 Pablo afirma que Cristo ha derrumbado los muros que los separan. No sólo es la salvación para todos, sino que no tiene que haber ninguna discriminación basada en la nacionalidad. Esta lección no siempre se entendió y aprendió rápidamente, y así cuando Pedro se relacionó con algunos gentiles y luego se apartó cuando llegaron algunos judíos, a Pablo le pareció necesario reprenderle cara a cara (Gá. 2:11). En Gálatas 3:6-9 Pablo argumenta que todo el que tiene la fe de Abraham es heredero de Abraham sin importar su nacionalidad. En Apocalipsis 5:9 se dice que el Cordero ha redimido a la gente “de todo linaje, lengua, pueblo y nación.”
Los pasajes citados, por supuesto, no mencionan todas las razas ni naciones de forma específica. Sin embargo, parece que el campo en el que se sitúan es amplio: todos los humanos han sido creados para tener comunión con Dios, y la oferta de salvación está abierta a todos. De la misma manera que no hay distinción de sexo para Dios con respecto a la justificación, tampoco hay distinción de raza (Gá. 3:28).
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