Los evangelios
El Nuevo Testamento es mucho más detallado en cuanto al sacrificio de Cristo. Primero observaremos el propio testimonio de nuestro Señor en lo que se refiere a la naturaleza y propósito de su muerte. Aunque Jesús no dijo demasiado sobre su muerte en la primera parte de su ministerio, hacia el final empezó hablar de ella de forma bastante explícita y clara. Estas enseñanzas no se ofrecieron gracias a las preguntas casuales de sus discípulos o por las presiones de sus enemigos, sino que las hizo con un propósito deliberado por iniciativa propia.
Jesús sabía con certeza que el Padre le había enviado para hacer la obra del Padre. Declara en Juan 10:36 que el Padre le había enviado al mundo. En Juan 6:38 dice: “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.” El apóstol Juan expresamente relata que el Padre envió al Hijo a realizar la obra redentora de la expiación: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:17). El propósito de su venida era la expiación, y el Padre estaba implicado en esa obra. Se resalta que el Hijo fue enviado por el Padre para dejar claro que la obra del Hijo no es independiente, ni está en contraste con lo que hace el Padre. Y la muerte de Cristo tampoco fue un castigo que un juez sin compasión impuso sobre una tercera persona. El Padre estaba implicado personalmente, porque la pena recaía en su propio Hijo, a quien él voluntariamente había enviado y que había ido por voluntad propia.
Jesús tenía la firme convicción de que su vida y su muerte constituían la culminación de las profecías del Antiguo Testamento. En particular, interpretaba su propia vida y muerte como la consecución clara de Isaías 53. En la última cena dijo: “Os digo que es necesario que se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: “Y fue contado con los inicuos”, y porque lo que está escrito de mí, tiene cumplimiento” (Lc. 22:37). Estaba citando Isaías 53:12, por tanto se considera a sí mismo como el siervo sufriente. Sus continuas referencias a su sufrimiento dejan claro que veía su muerte como la razón principal de su venida. Le contó a sus discípulos con toda claridad que el Hijo del hombre iba a sufrir mucho, iba a ser rechazado por las autoridades religiosas y le matarán (Mr. 8:31). Incluso al principio de su ministerio aludió a su sufrimiento cuando habló del momento en que el esposo será quitado (Mt. 9:15; Mr. 2:19-20). Y por supuesto en el descenso del monte de la transfiguración, en uno de los momentos más destacados de su ministerio, dijo “Elías ya vino, y no lo conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del hombre padecerá a manos de ellos” (Mt. 17:12).
Jesús veía su muerte como un rescate. Sin especificar a quién se debía pagar ese rescate, o de qué control debían ser liberados los esclavos, Jesús indicó que dar su vida iba a ser el medio a través del cual muchos se verían libres de sus ataduras (Mt. 20:28; Mr. 10:45). La palabra 'lutron' (“rescate”) y sus derivadas se utilizan 140 veces en la Septuaginta, normalmente teniendo en mente la liberación de algún tipo de esclavitud a cambio del pago de una compensación o del ofrecimiento de un sustituto.
Cristo también se vio a sí mismo como nuestro sustituto. Este concepto se ve particularmente en el evangelio de Juan. Jesús dijo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15:13). Estaba estableciendo un principio de amplia aplicación; estaba ordenando a sus discípulos que se mostrasen unos a otros el mismo amor que él les había demostrado. Pero como estaba hablando la víspera de su crucifixión, puede haber poca duda de lo que tenía en mente. Desde luego estaba pensando en la muerte vicaria que estaba a punto de sufrir.
Hay otras indicaciones de que Jesús se veía a sí mismo como un sacrificio. Dijo en su gran oración sacerdotal “Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Jn. 17:19). El verbo aquí es 'hagiazō', un término común en los contextos sobre sacrificios. C. K. Barrett dice: “el lenguaje es igual de adecuado para la preparación de un sacerdote que para la preparación de un sacrificio; por lo tanto es doblemente adecuado para Cristo.”
La declaración de Juan el Bautista al comienzo del ministerio de Jesús tiene connotaciones similares: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Jn. 1:29). El apóstol Juan también recoge el comentario despectivo de Caifás al Sanedrín: “Vosotros no sabéis nada, ni os dais cuenta de que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (Jn. 11:49-50). El punto de interés no está en la actitud de Caifás, sino en la profunda verdad que Caifás dijo sin ser consciente de ello. Jesús moriría no sólo por la nación, sino por el mundo entero. Es de señalar que Juan llama la atención sobre este comentario de Caifás en otra ocasión (18:14).
Jesús creía profundamente que él era la fuente y el dador de la verdadera vida. Dice en Juan 17:3 “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” Dar la vida eterna aquí está ligado tanto al Padre como al Hijo. Podemos recibir esta vida mediante una relación especialmente cercana con el Hijo que él denomina de forma simbólica como “comer mi carne.” En Juan 6 habla de “el verdadero pan del cielo” (v. 32), “el pan de la vida” (vv. 35, 48), “el pan que desciende del cielo” (v. 50). Después deja claro de qué ha estado hablando: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (v. 51). Para tener vida eterna debemos comer su carne y beber su sangre (vv. 52 y 58). Jesús veía una conexión definitiva entre que nosotros tuviéramos vida y que él diera su vida por nosotros.
Resumiendo lo que Jesús y los escritores de los evangelios dijeron sobre su muerte: Jesús veía una clara identificación entre él y su Padre. Hablaba regularmente de que el Padre le había enviado. Él y el Padre son uno, y por tanto la obra que hizo el Hijo también fue obra del Padre. Jesús vino con el propósito de dar su vida como rescate, una manera de liberar a la gente que estaba esclavizada por el pecado. Se ofreció a sí mismo como sustituto de ellos. Paradójicamente, su muerte da vida; nosotros la obtenemos aceptándole en nosotros. Su muerte fue un sacrificio tipificado en el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento. Estos distintos temas son elementos vitales en nuestra construcción de la doctrina de la expiación.
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