Esclavitud

El pecado también tiene consecuencias internas para la persona que lo comete. Estos efectos son variados y complejos. Uno de estos es su poder de esclavizador. El pecado se convierte en un hábito o incluso en una adición. Un pecado lleva a otro. Por ejemplo, después de matar a Abel, Caín se sintió obligado a mentir cuando Dios le preguntó dónde estaba su hermano. Algunas veces se requiere un pecado más grande para cubrir un pecado más pequeño. Habiendo cometido adulterio, David pensó que era necesario cometer un asesinato para esconder lo que había hecho. Algunas veces el patrón se hace fijo, de manera que el acto se repite prácticamente de la misma manera. Este fue el caso de Abraham. En Egipto mintió sobre Sara, diciendo que era su hermana en lugar de su mujer, lo que trajo como consecuencia que el faraón la tomase por mujer (Gn. 12:10-20). Más tarde Abraham repitió la misma mentira con Abimelec (Gn. 20). Parece que no había aprendido nada del primer incidente. Incluso su hijo Isaac más tarde repitió la misma mentira con respecto a su mujer Rebeca (Gn. 26:6-11).

Lo que alguna gente considera libertad para pecar, libertad de las restricciones que impone la obediencia a la voluntad de Dios, es en realidad la esclavitud que produce el pecado. En algunos casos el pecado tiene tanto control y poder sobre la persona que esta no puede escapar. Pablo recuerda que los cristianos romanos habían sido “esclavos del pecado” (Ro. 6:17). Pero el dominio que el pecado tiene sobre el individuo se quiebra con la obra de Cristo: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:2).