Un ser sexual
Sigmund Freud consideraba la sexualidad como la clave de la naturaleza humana. En un mundo en el que el sexo no se discutía abiertamente o ni siquiera se mencionaba en círculos educados, Freud elaboró toda una teoría de la personalidad en torno a la sexualidad humana. Su modelo de personalidad humana era tripartito. Están el Ello, una parte esencialmente amoral, un caldero en ebullición de impulsos y deseos. Derivado del Ello, el Yo es el componente consciente de la personalidad, la parte más pública del individuo. Aquí las fuerzas del Ello, un tanto modificadas, buscan la gratificación. El Superyó es un censor o un control de los impulsos y las emociones de la persona, la interiorización de la restricción y regulación (o al menos la dirección) paterna de las actividades del niño. La gran fuerza impulsora o fuente de energía es la libido, una fuerza sexual básica, que busca la gratificación de cualquier manera y en cualquier lugar. Básicamente, todo el comportamiento humano se tiene que entender como una modificación y dirección de esta energía sexual plástica. Esta energía se puede sublimar en otros tipos de comportamiento y dirigirse hacia otros objetivos, pero sigue siendo el elemento primario determinante del humano.
Según el punto de vista de Freud, se puede producir una inadaptación grave en la manera de manejar esta energía sexual. Como el Ello busca la gratificación completa y libre, una situación que haría imposible la sociedad, la sociedad impone limitaciones sobre esta búsqueda de la satisfacción y la agresividad que con frecuencia la acompaña. Estas limitaciones pueden producir frustración. También se produce un desajuste grave cuando el desarrollo sexual de una persona se detiene en uno de los primeros estados del proceso. Estas teorías de Freud descansan en el concepto de que todo el comportamiento humano se deriva básicamente de la motivación y la energía sexual.
Aunque el esquema teórico desarrollado por Freud no ha conseguido un asentimiento muy amplio, su suposición básica es ampliamente aceptada. De manera bastante cruda, la filosofía de “Playboy” asume que el humano es principalmente un ser sexual, y el sexo es la experiencia humana más significativa. Gran parte de la publicidad que hay hoy en día parece exponer también esta idea, como si no se pudiese vender nada sin una connotación sexual. La preocupación por el sexo sugiere que en la práctica la idea de que el humano es un ser esencialmente sexual está bastante extendida en nuestra sociedad.
A veces el cristianismo con sus códigos éticos, y en particular el cristianismo evangélico, es criticado por ser demasiado severo con el sexo. Joseph Fletcher es uno de los que ponen voz a esta crítica. Pero ¿la ética cristiana es indebidamente crítica o está simplemente respondiendo al papel excesivo del sexo en nuestra sociedad?
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