Arrepentimiento

El aspecto negativo de la conversión es el abandono y rechazo del pecado. Esto es lo que nosotros queremos decir con arrepentimiento. Se basa en un sentimiento de remordimiento santo por nuestro pecado. Al examinar el arrepentimiento y la fe deberíamos recordar que no se pueden separar uno de la otra. Primero hablaremos del arrepentimiento porque por lógica el lugar donde se ha estado precede al lugar donde se va.

Dos términos hebreos expresan la idea del arrepentimiento. Uno es 'nacham', una palabra onomatopéyica que significa “jadear, suspirar o gemir”. Vino a significar “lamentarse o estar afligido”. Cuando hace referencia a una emoción surgida por una situación sucedida a otros, tiene la connotación de compasión y simpatía. Si se usa para referirse a una emoción producida por nuestro propio carácter u obras, significa “lamentar” o “arrepentirse”. Es interesante señalar que cuando 'nacham' aparece con el sentido de arrepentirse, el sujeto del verbo suele ser Dios en lugar de un hombre. Un ejemplo destacado lo encontramos en Génesis 6:6: “se arrepintió Jehová de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón”. Otro ejemplo es Éxodo 32:14. Habiendo pensado en destruir al pueblo de Israel por su pecaminoso comportamiento al adorar al becerro de oro, Dios cambió de idea: “Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo habría de hacer a su pueblo”. Un pasaje donde el verbo aparece con un hombre como sujeto lo encontramos en Job. Al final de su larga prueba Job dice: “De oídas te conocía, mas ahora mis ojos te ven. Por eso me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5-6).
 

El tipo de arrepentimiento genuino que los humanos tienen que mostrar se designa más normalmente con la palabra 'shub'. Se utiliza mucho en los llamamientos que hacen los profetas a Israel para que se vuelvan al Señor. Resalta la importancia de una separación moral consciente, la necesidad de abandonar el pecado y de entrar en comunión con Dios. Uno de los usos más conocidos es el de 2 Crónicas 7:14: “si se humilla mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oran, y buscan mi rostro, y se convierten de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra”. Al darse cuenta de que Dios descargará la ira sobre sus enemigos, Isaías añade: “Vendrá el Redentor a Sión y a los que se vuelven de la iniquidad en Jacob”, dice Jehová” (Is. 59:20). En realidad, la palabra se puede utilizar en el aspecto positivo o negativo de la conversión.

Hay también dos términos principales en el Nuevo Testamento para arrepentimiento. La palabra 'metamelomaisignifica “tener sentimientos de cuidado, preocupación o pesar". Como 'nacham', resalta el aspecto emocional del arrepentimiento, un sentimiento de pesar o de remordimiento por haber hecho algo malo. Jesús utilizó esta palabra en la parábola de los dos hijos. Al primer hijo el padre le pidió que fuera a trabajar a la viña. “Respondiendo él, dijo: “¡No quiero!” Pero después, arrepentido, fue” (Mt. 21:29). El segundo hijo dijo que iría, pero no fue. Jesús comparó a los sumos sacerdotes y a los fariseos (a los que se estaba dirigiendo) con el segundo hijo y a los pecadores arrepentidos con el primer hijo: “porque vino a vosotros Juan en camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las rameras le creyeron. Pero vosotros, aunque visteis esto, no os arrepentisteis después para creerle” (v. 32). La palabra 'metamelomai' también se utiliza para expresar el remordimiento de Judas tras traicionar a Jesús: “Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos” (Mt. 27:3), y después salió y se ahorcó. Parece que 'metamelomai' puede expresar simplemente el pesar y el remordimiento por nuestras propias acciones, como en el caso de Judas. O puede expresar el verdadero arrepentimiento, que implica un auténtico cambio de comportamiento como en el caso del primer hijo. Otto Michel comenta que Judas muestra “remordimiento, no arrepentimiento. Judas ve que su acción es culpable y cede bajo el peso de la culpa. El remordimiento de Judas (Mt. 27:3) o de Esaú (He. 12:17) no tiene el poder de superar la acción destructiva del pecado”. Judas y Pedro responden al pecado de manera contraria. Pedro se vuelve hacia Jesús y recobra su comunión con él. En el caso de Judas, el darse cuenta de su pecado le conduce a la desesperación y a la autodestrucción.

Otro término importante del Nuevo Testamento para arrepentimiento es 'metanoeō', que literalmente significa “pensar de forma diferente sobre algo, o cambiar de idea”. La palabra era característica en la predicación de Juan el Bautista: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 3:2). También era un término clave en la predicación de la iglesia primitiva. En Pentecostés, Pedro urgió a la multitud: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38).

Cuando examinamos el tema del arrepentimiento, no podemos evitar sentirnos impresionados por su importancia como requisito previo para la salvación. El gran número de versículos y la variedad de contextos en que se destaca el arrepentimiento deja claro que no es opcional sino indispensable. Que a gente de muy diferentes ámbitos culturales se les exhortara a arrepentirse demuestra que este no es un mensaje que vaya dirigido sólo a unas situaciones locales específicas. Más bien, el arrepentimiento es parte esencial del evangelio cristiano. Ya hemos señalado la importancia que daba al arrepentimiento en su predicación Juan el Bautista. De hecho, se podía decir que representaba prácticamente todo el mensaje de Juan. El arrepentimiento tenía un lugar destacado en la predicación de Jesús. De hecho, fue la nota de apertura de su ministerio: “Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: “¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mt. 4:17). Y al final de su ministerio señaló que el arrepentimiento iba a ser un tema predominante en la predicación de los discípulos. Poco antes de su ascensión a los cielos les dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día; y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc. 24:46-47). Pedro empezó a cumplir con esta tarea en Pentecostés. Y Pablo declaró en su mensaje a los filósofos en la colina de Marte: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). Esta última frase es especialmente significativa, porque es universal: “todos los hombres en todo lugar”. No hay duda, pues, de que el arrepentimiento es una parte que no se puede eliminar del mensaje del evangelio.

Recientemente, dentro del evangelicalismo ha surgido una escuela de pensamiento que sostiene que el arrepentimiento y la aceptación del señorío de Cristo no son necesarios para la salvación. Todo lo que se necesita es fe, definida como creencia y aceptación. El arrepentimiento es necesario para el discipulado. Sin embargo, esta distinción entre salvación y discipulado es muy difícil de sostener, como por ejemplo en la Gran Comisión, en Mateo 28:19 donde Jesús les dice a sus discípulos “Id y haced discípulos”.

Es importante que entendamos la naturaleza del auténtico arrepentimiento. El arrepentimiento es el remordimiento santo por el pecado de uno unido a la resolución de alejarse de él. Hay otras formas de arrepentimiento por nuestros malos actos que se basan en motivaciones diferentes. Una forma de remordimiento puede basarse en poco más que la sujeción. Si hemos pecado y las consecuencias son desagradables, puede que lamentemos nuestros actos. Pero esto no es auténtico arrepentimiento. Es mera penitencia. El verdadero arrepentimiento es la pena por el pecado que hemos cometido porque le hemos hecho un mal a Dios y el daño se lo hemos infligido a él. Esta pena va acompañada de un deseo genuino de abandonar ese pecado. En el caso del arrepentimiento verdadero, existe remordimiento por el pecado incluso aunque el pecador no haya sufrido ningún efecto personal desafortunado debido a él.

El énfasis repetido de la Biblia en la necesidad de arrepentirse es un argumento concluyente en contra de lo que Dietrich Bonhoeffer denominó “gracia barata” (“creencia fácil”). No es suficiente simplemente con creer en Jesús y aceptar su oferta de gracia; debe haber un cambio auténtico en el interior de la persona. Si creer en la gracia de Dios fuera todo lo que se necesitara, quién no querría hacerse cristiano? Pero Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc. 9:23). Si no hay un arrepentimiento consciente, no hay concienciación real de haber sido salvados del poder del pecado. Puede que haya una correspondiente falta de profundidad y compromiso. Después de que Jesús asegurase que los muchos pecados de la mujer que le había lavado los pies con sus lágrimas y se los había secado con sus cabellos le habían sido perdonados, hizo el siguiente comentario: “aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lc. 7:47). Cualquier intento de aumentar el número de discípulos haciendo que el discipulado sea lo más fácil posible, lo que acaba consiguiendo es que disminuya la calidad del discipulado.

 

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