La encarnación

La modalidad más completa de revelación es la encarnación. La opinión aquí es que la vida y el discurso de Jesús fueron una revelación especial de Dios. Como Dios no tiene forma humana, la humanidad de Cristo debe representar una mediación de la revelación divina. Esto no es decir que su humanidad encubrió u obscureció la revelación. Más bien, era el medio de expresar la revelación de la deidad. Las Escrituras declaran específicamente que Dios ha hablado a través de o en su Hijo. Hebreos 1:1-2 contrasta esto con las formas anteriores de la revelación, e indica que la encarnación es la superior.

Aquí la revelación como acontecimiento sucede de forma más completa. La cima de los actos de Dios se encuentra en la vida de Jesús. Sus milagros, muerte y resurrección son historia redentora en su forma más condensada y concentrada. Aquí también es revelación como discurso divino, porque el mensaje de Jesús sobrepasó el de los profetas y los apóstoles. Jesús incluso se atrevió a colocar su mensaje en contraste con lo que estaba escrito en las Escrituras, no por contradecirlas, sino por ir más allá o por cumplirlas (Mt. 5:17). Cuando hablaron los profetas, eran portadores de un mensaje de Dios y sobre Dios. Cuando Jesús habló, era Dios mismo quien hablaba. Había algo directo en sus mensajes.

La revelación también tuvo lugar en la misma perfección del carácter de Jesús. En él había una divinidad que se podía apreciar. Aquí Dios estaba realmente viviendo entre los seres humanos y mostrándoles sus atributos. Las acciones, actitudes y afectos de Jesús no se limitaban a reflejar al Padre, sino que eran realmente la presencia de Dios. El centurión del calvario, que seguramente había visto morir a mucha gente crucificada, aparentemente vio algo distinto en Jesús que le hizo exclamar: “¡Verdaderamente este era Hijo de Dios!(Mt. 27:54). Pedro, después del milagro de la pesca, cayó de rodillas y dijo: “Apártate de mi, Señor, porque soy hombre pecador” (Lc. 5:8). Eran personas que encontraron en Jesús una revelación del Padre.

Aquí la revelación como acto y como palabra van unidas. Jesús hablaba las palabras del Padre y demostraba los atributos del Padre. Era la revelación más completa de Dios, porque era Dios. Juan pudo realizar la asombrosa declaración: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida(1 Jn. 1:1). Y Jesús pudo decir:El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14:9).