La evidencia bíblica de la humanidad de Cristo
La importancia de la humanidad de Jesús no se puede subestimar, ya que el asunto de la encarnación es soteriológico, o sea, pertenece a nuestra salvación. El problema humano es la brecha entre Dios y nosotros. La brecha es, sin duda, ontológica. Dios es muy superior a los humanos, tanto que la razón humana no lo puede conocer sin ayuda. Para que la humanidad le pueda conocer, Dios tiene que tomar la iniciativa. Pero el problema no es sólo ontológico. También hay una brecha espiritual y moral entre ambos, una brecha creada por el pecado del hombre. Los hombres mediante su propio esfuerzo moral no pueden contrarrestar su pecado para elevarse al nivel de Dios. Para que haya comunión entre ambos tienen que unirse de alguna manera. Esto tradicionalmente se entiende que se consiguió mediante la encarnación, en la cual la deidad y la humanidad se unieron en una persona. Sin embargo, si Jesús no era realmente uno de nosotros, la humanidad y la deidad no se unieron y nosotros no podemos ser salvados. La validez de la obra llevada a cabo con la muerte de Cristo, o al menos su aplicabilidad en lo que se refiere a nosotros como seres humanos, depende de la realidad de su humanidad, al igual que su eficacia depende de lo genuina que sea su deidad.
Hay una amplia evidencia bíblica de que el hombre Jesús era una persona completamente humana, que no carecía de ninguno de los elementos esenciales de la humanidad que se encuentran en cada uno de nosotros. El primer aspecto es que tenía un cuerpo totalmente humano. Nació. No descendió de los cielos ni apareció repentinamente en la tierra, sino que fue concebido en el vientre de una madre humana y alimentado prenatalmente como cualquier otro niño. Aunque su concepción fue especial porque no intervino ningún hombre, el proceso desde ese momento en adelante aparentemente fue idéntico al que experimenta cualquier otro feto. El nacimiento en Belén, aunque en circunstancias muy especiales, fue sin embargo un alumbramiento humano normal. La terminología empleada para relatar este nacimiento es la misma que se utilizaba para relatar los nacimientos humanos normales. Jesús también tenía un árbol genealógico, como indican las genealogías de Mateo y Lucas. Tuvo ancestros, y probablemente heredó genes de ellos, como cualquier otro ser humano recibió genes de sus antepasados.
No sólo su nacimiento, sino también la vida de Jesús indica que tuvo una naturaleza humana física. Se nos ha dicho que creció “en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres” (Lc. 2:52). Creció físicamente, alimentado por comida y agua. No tenía una fuerza física ilimitada. Sin embargo, su cuerpo podría haber sido en algunos aspectos más perfecto que los nuestros, porque en él no había rastro de pecado (ni original ni el personal propio de todo ser humano) que afectara a su salud.
Jesús tenía las mismas limitaciones fisiológicas y físicas que otros humanos. Por eso experimentó hambre cuando ayunó (Mt. 4:2). También sufrió sed (Jn. 19:28). Además, experimentaba fatiga cuando viajaba (Jn. 4:6), probablemente también en muchas otras circunstancias. Por tanto, es justificado que se sintiera consternado cuando sus discípulos se quedaron dormidos mientras él oraba en el huerto de Getsemaní, porque experimentaba el mismo tipo de fatiga que ellos. No les estaba pidiendo nada que no se exigiese a sí mismo (Mt 26:36, 40-41).
Finalmente, Jesús sufrió físicamente y murió como todo el mundo. Esto resulta evidente en toda la historia de la crucifixión, pero quizá queda más claro en Juan 19:34, donde leemos que le abrieron el costado con una lanza y de allí brotó agua y sangre, indicando que ya había muerto. Sin duda había sufrido físicamente (de forma tan genuina como usted o yo) al haber sido golpeado, cuando se le colocó la corona de espinas sobre la cabeza, y cuando se le introdujeron los clavos en manos (o muñecas) y pies.
Que Jesús tenía un cuerpo físico es evidente en el hecho de que sus coetáneos tenían una percepción física genuina de él. Juan lo expuso de forma vívida en 1 Juan 1:1: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida.” Juan está estableciendo la verdad de la naturaleza humana de Jesús. Él realmente escuchó, vio y tocó a Jesús. El tacto era para los griegos el sentido más básico y más fiable, porque es una percepción directa, ningún medio interviene entre el perceptor y el objeto percibido. Por tanto, cuando Juan habla de “lo que palparon nuestras manos,” está recalcando lo física que fue la manifestación de Jesús.
Rudolf Bultmann, entre otros, puso objeciones a la idea de una percepción física de Jesús. Citando 2 Corintios 5:16 – “De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según ('kata sarka') la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así.” Bultmann argumenta que no podemos conocer a Jesús por medios de percepción humanos ordinarios o mediante la investigación empírica histórica. Pero en los escritos de Pablo “la carne” no se utiliza como el envoltorio fisiológico, sino como la orientación humana natural de dar la espalda a Dios. Es la manera no regenerada de los humanos de hacer o ver las cosas. Así que de lo que Pablo está hablando se podría traducir mejor por “desde una perspectiva mundana [o humana]” la frase 'kata sarka' no se refiere a una manera posible de conocer a Jesús, sino más bien a una perspectiva, un punto de vista, una actitud hacia él. En contradicción con Bultmann, por tanto, está nuestra posición de que la posibilidad de conseguir información sobre Jesús no se puede excluir basándose en este texto en particular de Pablo.
Si Jesús fue un ser humano físicamente auténtico, también fue completa y genuinamente humano en lo psicológico. Las Escrituras le atribuyen el mismo tipo de cualidades emocionales e intelectuales que encontramos en los demás hombres. Pensaba, razonaba y sentía.
Cuando examinamos la personalidad de Jesús, encontramos toda la gama de emociones humanas. Por supuesto, amó. Se hace referencia a uno de sus discípulos como el discípulo “al cual Jesús amaba” (Jn. 13:23). Cuando Lázaro estaba enfermo y Marta y María enviaron por Jesús, su mensaje fue: “Señor, el que amas está enfermo” (Jn. 11:3). Cuando el joven rico preguntó sobre cómo heredar la vida eterna, Jesús lo miró y “lo amó” (Mr. 10:21). Jesús sintió compasión o piedad por aquellos que tenían hambre, estaban enfermos o perdidos (Mt. 9:36; 14:14; 15:32; 20:34). La palabra griega es 'splagnizoma', que literalmente significa “agitarse los órganos internos o viscerales.” A Jesús le conmovían los apuros humanos.
Jesús reaccionaba a diferentes situaciones con las emociones adecuadas. Podía sentirse disgustado y preocupado, como lo estaba antes de su traición y crucifixión (Mt. 26:37). También experimentó alegría (Jn. 15:11; 17:13; He. 12:2). Podía estar enojado o afligido con la gente (Mc. 3:5), e incluso indignado (Mc. 10:14).
Algunas de estas emociones, por supuesto, no prueban por sí mismas que Jesús fuera humano. Porque Dios desde luego siente amor y compasión, como ya señalamos en nuestra discusión sobre su naturaleza, y también cólera e indignación ante el pecado. Sin embargo, algunas de las reacciones de Jesús, son estrictamente humanas. Por ejemplo, muestra asombro ante situaciones positivas y negativas. Se maravilla ante la fe del centurión (Lc. 7:9) y ante la incredulidad de los residentes de Nazaret (Mc. 6:6).
Ilustrativas resultan también las referencias a las preocupaciones de Jesús. En ellas vemos su particular reacción humana a una variedad de situaciones, especialmente su sentido de la muerte a la que tenía que enfrentarse. Era perfectamente consciente de la necesidad e importancia de su misión: “¡y cómo me angustio hasta que se cumpla!” (Lc. 12:50). La conciencia de lo que tenía que suceder turbaba su alma (Jn. 12:27). En el huerto de Getsemaní, era evidente que sufría una lucha interior y estaba en tensión y parece que no deseaba quedarse solo (Mr. 14:32-42). En la cruz, su grito: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mr. 15:34), fue una expresión muy humana de soledad.
Una de las reacciones más humanas de Jesús sucedió en la muerte de Lázaro. Viendo que María y sus compañeros lloraban, Jesús “se estremeció en espíritu y se conmovió” (Jn. 11:33); lloró (v. 35); se acercó a la tumba “conmovido profundamente otra vez” (v. 38). La descripción aquí es muy vívida, porque para describir el gemido del espíritu de Jesús, Juan escoge un término que se utiliza para el resople de los caballos ('embrimaomai'). Es obvio que Jesús posee una naturaleza humana capaz de sentir una pena y un pesar tan profundo como el que nosotros sentimos.
Cuando tratamos las cualidades intelectuales de Jesús, nos damos cuenta de que tenía unos conocimientos extraordinarios. Conocía el pasado, el presente y el futuro hasta un punto que no está al alcance de las personas normales. Por ejemplo, sabía lo que pensaban tanto sus amigos (Lc. 9:47) como sus enemigos (Lc. 6:8). Pudo adivinar el carácter de Natanael (Jn. 1:47-48). Él “no necesitaba que nadie le explicara nada acerca del hombre, pues él sabía lo que hay en el hombre” (Jn. 2:25). Sabía que la samaritana había tenido cinco esposos y que ahora estaba viviendo con un hombre con el que no estaba casada (Jn. 4:18). Sabía que Lázaro ya estaba muerto (Jn. 11:14). Sabía que Judas le traicionaría (Mt. 26:25), y que Pedro le negaría (Mt. 26:34). Por supuesto, Jesús sabía todo lo que le iba a pasar (Jn. 18:4). Realmente tenía un gran conocimiento del pasado, del presente, del futuro, de la naturaleza y del comportamiento humano.
Sin embargo, este conocimiento no estaba exento de límites. Jesús con frecuencia hacía preguntas, y la impresión que se da en los evangelios es de que preguntaba porque no sabía. Seguro que hay algunas personas, en particular maestros, que hacen preguntas cuyas respuestas ya conocen. Pero Jesús parece que preguntaba porque necesitaba información que no poseía. Por ejemplo, preguntó al padre del muchacho epiléptico: “¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?” (Mr. 9:21). Aparentemente Jesús no sabía cuánto tiempo llevaba el chico sufriendo la enfermedad, información necesaria para la cura adecuada.
El testimonio bíblico va incluso más allá. En al menos un caso Jesús declaró expresamente que no conocía sobre un asunto en particular. Al hablar sobre la segunda venida, dijo: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Mr. 13:32).
Es difícil explicar el hecho de que el conocimiento de Jesús era extraordinario en algunas materias, pero desde luego limitado en otras. Algunos han sugerido que tenía las mismas limitaciones que tenemos nosotros con respecto al conocimiento discursivo (conocimiento conseguido gracias al proceso de razonar o recibir información parcial de otros), pero tenía percepción completa e inmediata en temas de conocimiento intuitivo. Sin embargo, eso parece no encajar completamente. No explica su conocimiento del pasado de la mujer samaritana, o de que Lázaro estuviese muerto. Quizá podríamos decir que tenía ese conocimiento cuando era necesario para que cumpliese su misión; en otras materias era tan ignorante como nosotros.
Ignorancia y error, sin embargo, son cosas muy distintas. Algunos estudiosos modernos sostienen que Jesús realmente erró en algunas de sus afirmaciones, como cuando atribuyó los libros del Pentateuco a Moisés (Mr. 12:26) y cuando afirmó que regresaría mientras vivieran algunos de los que le escuchaban. Entre estas predicciones señaladas están Mr 9:1 (“algunos de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que hayan visto que el reino de Dios ha venido con poder”; cf. Mt. 16:28; Lc. 9:27) y Marcos 13:30 (“De cierto os digo que no pasará esta generación sin que todo esto acontezca” Cf Mt. 24:34; Lc. 21:32). Como estas predicciones no se cumplieron como él dijo, es obvio que erró. En el primer caso, la atribución a Moisés del Pentateuco por parte de Jesús no se contradice con ninguna declaración de la Biblia, sino que contradice las conclusiones de las metodologías críticas, que muchos estudiosos rechazan. En el segundo caso, Jesús no estaba haciendo una declaración sobre el momento de su regreso. Aunque expresó ignorancia, nunca hizo una declaración errónea.
Como ha señalado James Orr: “La ignorancia no es un error, ni una cosa implica necesariamente la otra. Que Jesús utilizara el lenguaje de su tiempo en cosas normales, donde no era necesario su juicio ni su pronunciamiento, se entiende perfectamente; que fuera víctima de la ilusión o de falso juicio sobre cualquier tema en el que debiera pronunciarse es una peligrosa afirmación. Por supuesto, nosotros los humanos no sólo estamos sujetos a la ignorancia, también al error. Parte de la maravilla de la encarnación es que aunque la humanidad de Jesús implicaba no conocer algunas cosas, él era consciente de sus limitaciones y no aventuraba afirmaciones sobre esos asuntos. Tenemos que tener cuidado y evitar la suposición de que su humanidad tenía todas nuestras deficiencias. Eso es, como ha observado Leonard Hodgson, medir la humanidad de Jesús según la nuestra, en lugar de la nuestra por la suya.
Debemos señalar también la “vida religiosa humana” de Jesús. Aunque pueda sonar extraño y quizá un poco blasfemo para algunos, es no obstante acertado. Asistía al culto en la sinagoga, y lo hacía de forma regular o habitual (Lc. 4:16). Su vida de oración era una indicación clara de su dependencia humana del Padre. Jesús oraba con regularidad. A veces oraba durante largo tiempo y con gran intensidad, como en el huerto de Getsemaní. Antes de dar el importante paso de escoger a sus doce discípulos, Jesús oró toda la noche (Lc. 6:12). Es evidente que Jesús se sentía dependiente del Padre cuando buscaba guía, fuerza y protección contra el mal.
Además es de señalar que Jesús utilizaba para hablar de sí mismo una terminología que denota humanidad. Cuando fue tentado por Satanás, Jesús contestó: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Parece que Jesús está aplicando esta cita de Deuteronomio 8:3 a sí mismo. Una declaración más clara se encuentra en Juan 8:40, cuando Jesús le dice a los judíos: “Pero ahora intentáis matarme a mí, que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios. No hizo esto Abraham.” Otros también utilizan ese tipo de lenguaje para referirse a Jesús. En su sermón de Pentecostés Pedro dice: “Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis” (Hch. 2:22). Pablo, en su argumentación sobre el pecado original, compara a Jesús y a Adán y utiliza la expresión “un solo hombre” para hablar de Jesús tres veces (Ro. 5:15, 17, 19). Encontramos un pensamiento y una expresión similar en 1 Corintios 15:21, 47-49. En 1 Timoteo 2:5 Pablo enfatiza el significado práctico de la humanidad de Jesús: “pues hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre.”
Las Escrituras también hacen referencia a que Jesús asumió la carne, esto es, que se convirtió en hombre. Pablo dice que Jesús fue “manifestado en carne” (1 Ti. 3:16). Juan dijo: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14). Juan fue particularmente enfático en este tema en su primera carta, uno de sus propósitos era combatir una herejía que negaba que Jesús había sido genuinamente humano: “Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios” (1 Jn. 4:2-3a). En estos casos, parece que la “carne” no se utiliza en el sentido paulino de que de la humanidad le da la espalda a Dios, sino más bien el sentido más básico de la naturaleza física. La misma idea la encontramos en Hebreos 10:5: “Sacrificio y ofrenda no quisiste, más me diste un cuerpo.” Pablo expresa el mismo pensamiento de una manera más implícita en Gálatas 4:4: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley.”
Parece claro que los discípulos y los autores de los libros del Nuevo Testamento, no se cuestionaban la humanidad de Jesús. No se argumentaba realmente este punto, porque apenas si se discutía sobre ello (con la excepción de la situación que se trataba en 1 Juan). Simplemente se asumía. Los que estaban más cerca de Jesús, y que vivían con él a diario, le consideraban tan completamente humano como ellos mismos. Ellos pudieron verificar que era humano por sí mismos; y cuando, con motivo de la resurrección de Jesús, se cuestionó si podría ser un espíritu, él les invitó a que se aseguraran de la certeza de su humanidad por sí mismos: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” (Lc. 24:39). Él hizo todo lo que hicieron ellos, excepto pecar y orar pidiendo perdón. Comió con ellos, sangró, durmió, lloró. Si Jesús no era humano, entonces nadie lo ha sido nunca.
La doctrina de la humanidad completa de Jesús tiene gran importancia para la fe y la teología cristiana:
1. La muerte expiatoria de Jesús puede servirnos realmente a nosotros. No fue alguien extraño a la raza humana el que murió en la cruz. Fue uno de nosotros, y por lo tanto podía realmente ofrecer un sacrificio en nuestro nombre. Como el sacerdote del Antiguo Testamento, Jesús fue un hombre que ofreció un sacrificio por los suyos.
2. Jesús de verdad puede compadecernos e interceder por nosotros. Ha experimentado todo por lo que nosotros podemos pasar. Cuando tenemos hambre, estamos cansados o nos sentimos solos, él lo entiende perfectamente, porque ha pasado por todo ello (He. 4:15).
3. Jesús manifiesta la verdadera naturaleza de la humanidad. Aunque a menudo nos sentimos inclinados a sacar conclusiones sobre qué es la humanidad a través del examen inductivo de nosotros mismos y de los que nos rodean, estos no son más que ejemplos imperfectos de humanidad. Jesús no sólo nos dijo lo que era la perfecta humanidad, también nos lo demostró.
4. Jesús puede ser nuestro ejemplo. No es una superestrella celestial, sino alguien que vivió donde nosotros vivimos. Por lo tanto podemos tenerle como modelo de vida cristiana. Los estándares bíblicos de comportamiento humano, que parecen tan difíciles de llevar a cabo, él los hace parecer humanamente posibles. Por supuesto, debe haber una dependencia total de la gracia de Dios. El hecho de que Jesús creyese que era necesario orar y depender del Padre nos indica que nosotros también debemos depender de él.
5. La naturaleza humana es buena. Cuando tendemos al ascetismo, en lo que se refiere a la naturaleza humana, y en particular a la naturaleza física, como algo inherentemente malo o al menos inferior a lo espiritual o inmaterial, el hecho de que Jesús tomara para sí la forma humana completa es un recordatorio de que ser humano no es malo, es bueno.
6. Dios no es totalmente trascendente. No está tan alejado de la raza humana. Si pudo realmente vivir entre nosotros una vez como una auténtica persona, no es de sorprender que pueda obrar entre los hombres y de hecho lo haga también hoy.
Con Juan nos regocijamos en que la encarnación fue real y completa: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre" (Jn. 1:14).
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