La Encarnación de Cristo
El hecho de la encarnación de Jesús a veces se expresa de una forma directa, como en Juan 1:14, donde el apóstol simplemente dice: “El Verbo se hizo carne.” Otras veces se pone el énfasis en lo que Jesús dejó atrás o lo que tomó para sí. Un ejemplo de lo primero es Filipenses 2:6-7: “Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres.” Un ejemplo del segundo es Gálatas 4:4 “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley.”
Lo que Jesús abandonó al venir a la tierra fue inmenso. De una posición de “igualdad con Dios,” que traía consigo la presencia inmediata del Padre y del Espíritu Santo además de la continua adoración de los ángeles, pasó a estar en la tierra, donde no tenía nada de esto. La magnitud de lo que abandonó está más allá de lo que nosotros somos capaces de imaginar, porque nunca hemos visto lo que es el cielo. Cuando lleguemos allí, probablemente nos sentiremos sorprendido por el esplendor de lo que él dejó atrás. Él que se hizo pobre, era el príncipe más grande.
Incluso aunque Cristo hubiese venido con el mayor esplendor que la tierra pudiera ofrecerle, el descenso hubiera seguido siendo inmenso. La más grande de la riqueza, el más grande de los honores en la corte de cualquier potentado, no hubiera sido nada comparado con las condiciones que abandonaba. Pero no vino a las circunstancias más altas. En su lugar, tomó la forma de un sirviente, de un esclavo. Vino a una familia muy sencilla. Nació en el oscuro pueblecito de Belén. Y lo que es más asombroso, nació en un muy humilde establo y fue puesto en un pesebre. Las circunstancias de su nacimiento parecen simbolizar la bajeza del estado del que procedía.
Nació bajo la ley. Él que había dado origen a la ley y era el Señor de la misma, se convirtió en sujeto de la ley, cumpliéndola en todo. Era como si un oficial, habiendo realizado un estatuto que los que estaban bajo su mando tenían que cumplir, se hubiera colocado él mismo en una posición más baja, desde la cual se viera obligado a obedecerlo. Jesús descendió al nivel de la ley y se sujetó a ella totalmente. Por tanto fue circuncidado a los ocho días, y en el momento adecuado fue presentado en el templo para el rito de la purificación de la madre (Lc. 2:22-40). Convirtiéndose en sujeto de la ley, dice Pablo, Jesús fue capaz de redimir a los que están bajo la ley (Gá. 4:5).
¿Qué ocurre con los atributos de deidad durante el periodo de humillación? Ya hemos sugerido que la Segunda Persona de la Trinidad se vació a sí misma de la igualdad con Dios añadiendo o adoptando la humanidad. Hay varias posiciones posibles sobre lo que Jesús hizo con sus atributos divinos durante ese tiempo:
1. El Señor abandonó sus atributos divinos. En efecto, cesó de ser Dios, pasando de ser Dios a ser hombre. Los atributos divinos fueron reemplazados por los humanos. Pero es más una metamorfosis que una encarnación y se contradice con las distintas afirmaciones de la deidad de Jesús durante el tiempo que estuvo viviendo en la tierra.
2. El Señor abandonó ciertos atributos divinos, o los naturales o los relativos. Decir que Jesús dejó sus atributos divinos naturales significa que se quedó con los morales, como el amor, la misericordia y la verdad. Lo que abandonó fue la omnisciencia, la omnipotencia y la omnipresencia. Decir que Jesús dejó sus atributos divinos relativos significa que retuvo las cualidades absolutas que poseía en y de sí mismo, como la inmutabilidad y la existencia propia, pero abandonó las cualidades que se relacionaban con la creación, como la omnipotencia y la omnipresencia. Pero de igual manera esto parece hacer que él, al menos parcialmente, deje de ser Dios. Si la naturaleza de algo es la suma de los atributos que la componen, es difícil concebir cómo Jesús podría realmente haber abandonado alguno de sus atributos divinos sin dejar de ser Dios.
3. Jesús abandonó el ejercicio independiente de sus atributos divinos. Esto no significa que él dejara de tener algunos (o todos) los atributos divinos, sino que voluntariamente abandonó la capacidad de ejercitarlos él sólo. Él sólo podía ejercerlos dependiendo del Padre y en conexión con la posesión de una naturaleza humana completa. Por tanto, era capaz de utilizar su poder divino, y lo hizo en varias ocasiones, como al realizar milagros o cuando leía los pensamientos de los demás. Pero al ejercer este poder tenía que pedir al Padre que le permitiera hacerlo. Las dos voluntades, la del Padre y la suya propia, eran necesarias para que él utilizara los atributos divinos. Una analogía adecuada podría ser la de una caja de seguridad; son necesarias dos llaves para abrirla: la del banco y la del depositario. De la misma manera, si Jesús iba a ejercer su poder divino, tenían que estar de acuerdo ambas voluntades para que la acción se produjera. Podríamos decir, pues, que Jesús seguía poseyendo omnisciencia, pero estaba en la parte inconsciente de su personalidad; no la podía devolverla a la parte consciente sin la ayuda del Padre. Una analogía que se podría utilizar aquí sería la de un psicólogo que permite a su paciente (mediante la administración de drogas, hipnosis u otras técnicas) recuperar el material que se halla enterrado en sus subconsciente.
4. Cristo abandonó el uso de sus atributos divinos. Esto significa que Jesús siguió poseyendo sus atributos divinos y el poder de ejercitarlos independientemente, pero escogió no utilizarlos. No dependía, por tanto, del Padre para utilizarlos. Pero si este es el caso, ¿cómo explicamos las plegarias y la aparente dependencia del Padre?
5. Aunque Jesús seguía teniendo los atributos divinos, actuaba como si no los tuviera. Fingía tener limitaciones. No obstante, si esto fuera así, Jesús sería culpable de simulación o completa deshonestidad cuando, por ejemplo, decía ignorar el momento de su segunda venida (Mr. 13:32).
De estos distintos puntos de vista sobre lo que Jesús hizo con sus atributos durante el periodo de duración de su humanidad, el tercero es el que más se ajusta a todos los datos: abandonó su habilidad para ejercer su poder divino de forma independiente. Por lo tanto, supuso una terrible humillación asumir la naturaleza humana. No podía ejercer de forma libre e independiente todas las capacidades que tenía cuando estaba en el cielo.
La humillación traía consigo todas las condiciones de la humanidad. Por tanto, Jesús era capaz de sentir fatiga y cansancio, dolor y sufrimiento, hambre, incluso la pena por la traición, la negación y el abandono de los que estaban cerca de él. Experimentó la insatisfacción, la desesperación y la angustia del alma que van unidas al hecho de ser completamente humano. Su humanidad fue completa.
Crea tu propia página web con Webador