El papel de la ley
Como la vida cristiana se basa en nuestra unión con Cristo, surge la cuestión: ¿qué lugar ocupa la ley en este esquema? Aparte de los relacionados directamente con el mismo Jesucristo, pocos temas han recibido un tratamiento tan extenso por parte de Pablo como el de la ley. Para entender las enseñanzas del Nuevo Testamento sobre el lugar que ocupa la ley en la vida cristiana, debemos determinar primero el papel de la misma en el Antiguo Testamento.
Popularmente se mantiene que mientras que la salvación en la época del Nuevo Testamento se obtenía mediante la fe, los santos del Antiguo Testamento se salvaban cumpliendo la ley. Sin embargo, un examen detenido de los textos del Antiguo Testamento contradice esta idea. En realidad, el factor importante fue el pacto que Dios estableció con su pueblo mediante la gracia; la ley simplemente era el criterio establecido por Dios para esas personas que se adhirieron a ese pacto. Así que se dice de Abraham que “creyó a Dios y le fue contado por justicia”. Pablo dejó claro que la salvación de Abraham fue por fe no mediante obras de la ley (Gá. 3:6). De muchas maneras el Antiguo Testamento señala que no es el cumplimiento de la ley lo que salva a una persona. La ley misma recomienda un amor total y absoluto por Dios: “Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. 6:5). De la misma manera se ordena el amor por nuestro prójimo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv. 19:18). Si se hubiera exigido el cumplimiento personal de esta ley a los santos del Antiguo Testamento, ninguno se hubiera salvado. Está claro que la salvación llegaba a través de la fe y no a través de las obras. Es más, aunque el pacto entre Dios y los hombres se certificaba mediante un ritual externo, o sea, la circuncisión, ese acto por sí solo era insuficiente para que la persona fuera aceptada ante Dios. También se tenía que producir una circuncisión del corazón (Dt. 10:16; Jer. 4:4). El acto de fe era el factor crucial.
Durante el periodo intertestamental la ley ocupó un estatus diferente dentro del judaísmo. La idea de la ley vino a ensombrecer el pacto. La observancia de la ley empezó a considerarse la base sobre la que Dios iba a juzgar la humanidad. Se decía que era la base de la esperanza (Testamento de Judá 26:1), justificación (Apocalipsis siriaco de Baruc 51:3), justicia (Apoc. Bar. 67:6), salvación (Apoc. Bar. 51:7), resurrección (2 Macabeos 7:9), vida (4 Esd. 7:20-21; 9:31). Se mantuvo que la obediencia a la ley traería el reino y transformaría el mundo (Jubileos 23). George Ladd comenta “Por tanto la Ley consigue la posición de un intermediario entre Dios y el hombre.”
En el Nuevo Testamento, y particularmente en los escritos de Pablo, la ley se ve de forma bastante diferente. Cuando examinamos este asunto, debemos tener en mente que el estatus y la importancia de la ley nunca se desprecian en el Nuevo Testamento. Jesús mismo dijo: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir” (Mt. 5 :17). De forma similar, Pablo habla de la ley como “la ley de Dios” (Ro. 7:22, 25). No es pecado (Ro. 7:7); es santa, justa y buena (v. 12); es espiritual (v. 14).
El judaísmo en ese tiempo consideraba que la salvación se basaba en la obediencia a la ley, pero reconocía de forma realista que la obediencia estricta era rara. Así la enseñanza de que la salvación se basa en la obediencia se complementaba con una doctrina del arrepentimiento y el perdón. Para Pablo, sin embargo, esta nueva tendencia en el pensamiento judío mezclaba dos principios contradictorios: obras y gracia. Insistió en su lugar en que para ser justo hay que obedecer la ley en todos sus particulares (Gá. 5:3). Si no se pueden cumplir alguno de los puntos se viola toda la ley (Gá. 3:10). En este aspecto estaba de acuerdo con la enseñanza de Santiago (Stgo. 2:11). Existe un problema, por supuesto, en que ninguno seamos capaces de obedecer toda la ley.
Como no somos capaces de alcanzar la rectitud adhiriéndonos estrictamente a la ley, el papel de la ley no es justificar, sino mostrarnos lo que es el pecado (Ro. 3:20; 5:13, 20; Gá. 3:19). Revelando la condición pecadora de los humanos la ley establece que son pecadores. La ley en realidad no hace que pequemos, pero sí establece nuestras acciones como pecados al ofrecer la evaluación que Dios hace de ellas. Que no podamos cumplir en nosotros mismos la ley y por tanto ser justificado mediante ella no significa, sin embargo, que la ley ahora haya sido abolida. Porque en Cristo, Dios ha hecho lo que la ley no pudo hacer: al enviar a su propio Hijo por el pecado, ha condenado el pecado en la carne, para que lo que requiere la ley ahora sea cumplido por aquellos que caminan con el Espíritu (Ro. 8:3-4). Como la fe en Cristo nos libera de la ley, en realidad se nos permite mantener la ley (Ro. 3:31). La ley, por tanto, continua siendo de aplicación.
No sólo la recepción de la justicia, sino también la continuación de la vida cristiana es por la gracia, no por las obras que cumplen la ley. Y, sin embargo, los cristianos tienen que considerar la ley revelada bíblicamente como una expresión de la voluntad de Dios para sus vidas porque, como hemos visto, la ley no ha sido abolida. Pablo señala que podemos cumplir varios mandamientos específicos de
la ley por amor (Ro. 13:8-10). Reitera la importancia del mandamiento de amar al padre y a la madre, que es el primer mandamiento con promesa (Ef. 6:2). Por tanto, Ladd observa: “Está claro que la Ley continúa siendo la expresión de la voluntad de Dios para nuestro comportamiento, incluso para aquellos que ya no están bajo a la Ley”.
Es importante distinguir entre intentar observar los principios encarnados por la ley y el legalismo. Las Escrituras no nos dan ninguna base para ignorar los mandamientos revelados por Dios. Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15), y “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn. 15:14). No somos libres para rechazar tales mandamientos; hacerlo sería abusar de la libertad cristiana. Por lo tanto, debemos intentar guiar nuestras vidas por estos preceptos. Tal comportamiento no es legalismo. El legalismo es un seguimiento esclavo de la ley creyendo que por ello conseguiremos un mérito; también implica una negativa a ir más allá de los requisitos formales o literales de la ley. Es ineficaz porque ignora dos hechos: que nunca superamos la necesidad de la gracia divina y que la esencia de la ley es el amor.
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