Fe y obras
El principio de la salvación por la gracia nos plantea la cuestión de la relación entre la fe y las obras. Resulta aparente por lo que se ha dicho que las obras no dan la salvación. No obstante el testimonio bíblico también indica que aunque es la fe la que conduce hacia la justificación, la justificación debe e invariablemente produce obras adecuadas a la naturaleza de la nueva criatura que surge. Cuando citamos el texto clásico sobre la salvación por la gracia, Efesios 2:8-9, no deberíamos pararnos antes del versículo 10, que señala hacia el resultado de esta gracia: “pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas”. Santiago lo dijo de forma más enfática en su discusión sobre la relación entre la fe y las obras, que se resume en su frase: “Así también la fe, si no tiene obras, está completamente muerta.” (Stgo. 2:17; ver también v. 26). A pesar de la extendida opinión de que existe tensión entre Pablo y Santiago, los dos argumentan esencialmente lo mismo: que lo genuino de la fe que conduce a la justificación queda claro según los resultados que surgen de ella. Si no hay buenas obras, no ha habido ni fe real ni justificación. Encontramos apoyo para esta afirmación en el hecho de que esa justificación esté íntimamente vinculada a la unión con Cristo. Si nos hemos llegado a ser en uno con Cristo, no viviremos de acuerdo con la carne, sino con el Espíritu (Ro. 8:1-17). La unión con Cristo que trae justificación, también trae la nueva vida. Como dice J. A. Ziesler: “El creyente entra no sólo en una relación privada con Jesús, sino en una humanidad nueva, en la cual se convierte en una nueve clase de hombre.”
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