La deidad de tres
La deidad del primero, el Padre, apenas se discute. Además de las referencias que hay en los escritos de Pablo ya citados (1 Co. 8:4, 6; 1 Ti. 2:5-6), podemos señalar los casos en los que Jesús hace referencia al Padre como Dios. En Mateo 6:26, indica que “vuestro Padre celestial alimenta [las aves del cielo].” En una frase paralela que aparece poco después indica que “Dios viste la hierba del campo” (v. 30). Y en los versículos 31-32 dice que no necesitamos preguntar qué comer, beber o vestir porque “vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de ellas.” Parece que queda claro que, para Jesús, “Dios” y “vuestro Padre celestial” son términos intercambiables. Y en muchas otras referencias a Dios, Jesús obviamente tiene al Padre en mente (por ejemplo, Mt. 19:23-26; 27:46; Mr. 12:17, 24-27).
Más problemático es el estatus de Jesús como deidad, sin embargo las Escrituras también le identifican como Dios (el tema de la divinidad de Jesús se desarrolla con más detalles en la sección de Cristología). Una referencia importante a la deidad de Jesucristo la encontramos en Filipenses 2. En los versículos 5-11 Pablo toma lo que con toda seguridad era un himno de la iglesia primitiva y lo utiliza como base para hacer un llamamiento a sus lectores para que practiquen la humildad. Habla de Cristo Jesús “Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse” (v. 6). La palabra que se traduce a menudo como “forma” es 'morphē'. Este término en griego clásico y en griego bíblico significa “el conjunto de características que hacen que una cosa sea como es.” Denota la naturaleza genuina de una cosa.
Para Pablo, un judío ortodoxo entrenado en las enseñanzas rabínicas del judaísmo estricto, el versículo 6 es sin duda una declaración sorprendente. Reflejando la fe de la iglesia primitiva, sugiere un compromiso profundo con la deidad total de Cristo. Este compromiso se indica con la expresión "igual" ('isa') a Dios.” Por lo general se mantiene que la idea básica del versículo 6 es que Jesús era igual que Dios, pero no quiso aferrarse a esa igualdad. Sin embargo, algunos han argumentado que Jesús no era igual que Dios; el punto principal de este versículo es que ni codiciaba, ni aspiraba a la igualdad con Dios. Por lo tanto, 'harpagmon': “algo a que aferrarse”, no debería interpretarse como “algo a lo que agarrarse,” sino “algo que conseguir.” Por el contrario, sin embargo, el versículo 7 indica que “se despojó a sí mismo” ('heauton ekenōsen'). Aunque Pablo no especifica de qué se despojó a sí mismo Jesús, parece que este fue un paso activo de auto-abnegación, no un negarse a actuar. Por lo tanto la igualdad con Dios es algo que él poseía con anterioridad. Y alguien que es igual a Dios tiene que ser Dios.
Otro pasaje significativo es Hebreos 1. El autor, cuya identidad desconocemos, está escribiendo a un grupo de cristianos hebreos. Él (o ella) hace varias declaraciones que implican con fuerza la completa deidad del Hijo. En los versículos de apertura, cuando argumenta el autor (al que de aquí en adelante denominaremos con el pronombre personal masculino) que el Hijo es superior a los ángeles, señala que Dios ha hablado a través del Hijo, le ha constituido como heredero de todas las cosas, y dice que ha hecho el universo por medio de él (v. 2). Después describe al Hijo como “el resplandor ['apaugasma'] de la gloria de Dios” y “la imagen misma de su sustancia” ('charaktēr tēs hupostseōs'). Aunque quizá se podría mantener que esto sólo afirma que Dios se reveló a sí mismo a través del Hijo, y no que el Hijo sea Dios, el contexto sugiere lo contrario. Además de identificarse como el Padre de alguien a quien llama Hijo (v. 5), se cita a Dios en el versículo 8 (de Sal. 45:6) llamando al Hijo “Dios” y en el versículo 10 como “Señor” (de Sal. 102:25). El escritor concluye señalando que Dios le dijo al Hijo: “Siéntate a mi diestra” (Sal. 110:1). Es significativo que el escritor bíblico se dirija a los cristianos hebreos, que seguramente estarían empapados en monoteísmo, de una manera que reafirmará de forma innegable la deidad de Jesús y su igualdad con el Padre.
Una consideración final es el concepto que Jesús tenía de sí mismo. Deberíamos señalar que Jesús nunca declaró directa o abiertamente su deidad. Sin embargo varias evidencias sugieren que esto es lo que realmente pensaba de sí mismo. Él afirmaba poseer lo que únicamente pertenecía a Dios. Habló de los ángeles de Dios (Lc. 12:8-9; 15:10) como sus ángeles (Mt. 13:41). Consideraba el reino de Dios (Mt. 12:28; 19:14, 24; 21:31,43) y los elegidos de Dios (Mr. 13:20) como propios. Es más, él decía tener potestad para perdonar los pecados (Mr. 2:8-10). Los judíos reconocían que sólo Dios podía perdonar los pecados, y por lo tanto acusaban a Jesús de blasfemia ('blasphēmia'). También se atribuía el poder de juzgar el mundo (Mt. 25:31) y reinar sobre él (Mt. 24:30; Mr. 14:62).
También debemos señalar cómo respondía Jesús a los que le acusaban de atribuirse la deidad y a los que sinceramente le atribuían la divinidad a él. En su juicio, se le acusó de afirmar ser el Hijo de Dios (Jn. 19:7; Mt. 26:63-65). Si Jesús no se consideraba a sí mismo Dios, era una oportunidad espléndida para corregir esta impresión incorrecta. Sin embargo no lo hizo. De hecho, en el juicio ante Caifás estuvo más cerca de lo que había estado nunca de afirmar su propia deidad. Ya que respondió ante el cargo “Dinos ahora si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” diciendo: “Tú lo has dicho. Y además os digo que desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo” (Mt. 26:63-65). O deseaba ser condenado a muerte por un cargo falso, o él se sentía Hijo de Dios. Es más, cuando Tomás se dirigió a Jesús como “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20:28), Jesús no negó la apelación.
También hay referencias bíblicas que identifican al Espíritu Santo con Dios. Aquí vemos que hay pasajes en los que las referencias al Espíritu Santo se suceden de forma intercambiable con las referencias a Dios. Un ejemplo es Hechos 5:3-4. Ananías y Safira sustrajeron una porción del precio de la heredad que habían vendido fingiendo que ponían a los pies de los apóstoles la cantidad entera. Aquí mentir al Espíritu Santo (v. 3) es igual que mentir a Dios (v. 4). Al Espíritu Santo también se le describe con las cualidades de Dios y se le atribuyen sus obras. El Espíritu Santo convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16:8-11) y regenera o da nueva vida (Jn. 3:8). En 1 Corintios 12:4-11, leemos que es el Espíritu el que concede dones a la iglesia y el que decide soberanamente quién los recibe. Además, recibe el honor y la gloria reservada para Dios. En 1 Corintios 3:16-17, Pablo recuerda a los creyentes que son el templo de Dios y que su Espíritu está en ellos. En el capítulo 6, dice que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo que está en ellos (vv. 19-20). “Dios” y “Espíritu Santo” parecen ser expresiones intercambiables. También en varios lugares se coloca al Espíritu Santo a la misma altura de Dios. Uno es la fórmula bautismal de Mateo 28:19; un segundo ejemplo es la bendición paulina en 2 Corintios 13:14; finalmente en 1 Pedro 1:2, Pedro se dirige a sus lectores como “elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.”
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