Rectitud
La segunda dimensión de la pureza moral de Dios es su rectitud. Esto es, por así decirlo, la santidad de Dios aplicada a sus relaciones con otros seres. La rectitud de Dios significa, en primer lugar, que la ley de Dios, siendo una expresión verdadera de su naturaleza, es tan perfecta como él. El Salmo 19:7-9 lo expresa de la siguiente manera: “La ley de Jehová es perfecta: convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel: hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos: alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro: alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio: permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad: todos justos.” En otras palabras, Dios manda solo lo que es justo, y lo que por tanto tendrá un efecto positivo en el creyente que obedece.
La rectitud de Dios también significa que sus acciones están de acuerdo con la ley que él mismo ha establecido. Él es la expresión activa de lo que pide a otros. Por ejemplo, Abraham dice a Jehová: “Lejos de ti el hacerlo así, que hagas morir al justo con el impío y que el justo sea tratado como el impío. ¡Nunca tal hagas! El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25). El mismo Dios dice: “que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra, porque estas cosas me agradan” (Jer. 9:24). Como Dios es recto, según el estándar de su propia ley, podemos confiar en él.
Una cuestión que ha sido tema de debate en la historia del pensamiento cristiano es: ¿Qué hace que ciertas acciones sean buenas y otras sean malas? En tiempos medievales una escuela de pensamiento, la realista, mantenía que Dios escoge lo correcto porque es correcto. Lo que él decía que era bueno, no podía ser de otra manera, ya que hay un bien intrínseco en la bondad y un mal inherente a la crueldad. Otra escuela de pensamiento, el nominalismo, afirmaba que es la elección de Dios lo que hace que una cosa sea correcta. Podría haber elegido de otra manera; si lo hubiera hecho así, lo bueno habría sido algo bastante diferente a lo que es. En realidad, la posición bíblica está entre el realismo y el nominalismo. La verdad no es algo arbitrario, de manera que la crueldad y el asesinato serían buenos si Dios así lo declarase. Al tomar decisiones, Dios sigue un estándar objetivo de lo que es correcto y lo que es incorrecto, un estándar que forma parte de la estructura misma de la realidad. Pero ese estándar al que Dios se adhiere no es externo a Dios: es su propia naturaleza.
Sin embargo, esto plantea otra cuestión: ¿Dios es egoísta? Se nos ha dicho que el egoísmo es una forma muy grave de pecado: buscar nuestro propio bienestar y comodidad sin pensar o incluso en detrimento de otros. Algunos irían más lejos y proclamarían que el egoísmo es la raíz, la verdadera base del pecado. Sin embargo, aquí Dios parece estar violando su propio mandamiento en contra del egoísmo, ya que su objetivo más importante es aparentemente su propia gloria.
Es necesario que miremos con más atención el pecado humano del egocentrismo. La esencia del pecado no está en preferirnos a nosotros en vez de a otros, sino en preferir una cosa finita antes que el valor supremo, Dios. Por lo tanto, incluso preferir de forma no egoísta a una persona por encima de Dios es malo. El primer gran mandamiento es amar a Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestra fuerza y nuestra mente (Lc. 10:27). El segundo mandamiento es amar a los demás como a nosotros mismos. Poner el segundo mandamiento delante del primero es una equivocación y es pecado.
Por lo tanto, que Dios haga de su propia gloria el objetivo supremo no está en conflicto con su mandamiento contra el egocentrismo. De hecho, haciendo de su gloria el objetivo supremo realmente cumple ese mandamiento. Entonces, no ha dicho: “Haz lo que digo, no lo que hago.” Como valor supremo del universo, fuente de la cual procede todo, Dios debe escoger su propia gloria por encima de todo. Hacer cualquier otra cosa efectivamente sería un caso de idolatría.
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