Santidad

Hay dos aspectos básicos de la santidad de Dios. El primero es su singularidad. Está totalmente separado de toda la creación. Esto es lo que Louis Berkhof llamaba “majestad-santidad” de Dios. La singularidad de Dios queda expresada en Éxodo 15:11: “¿Quién como tú, Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” Expresiones similares de lo sublime, de lo exaltado, del esplendor de Dios, se encuentran en 1 Samuel 2:2 e Isaías 57:15. Isaías vio al Señor “sentado en un trono alto y sublime”. Los cimientos se estremecieron y la casa se llenó de humo. El serafín daba voces diciendo: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:1-4). La palabra hebrea para “santo” 'qadoshsignifica “distinguido” o “apartado del uso común, ordinario.” El verbo del que se deriva sugiere “cortar,” “separar.” Mientras que en las religiones de los pueblos alrededor de Israel el adjetivo santo se aplicaba libremente a los objetos, acciones y personas implicadas en la alabanza, en la alabanza del pacto de Israel se utilizaba muy libremente para referirse a la Deidad misma.

El carácter sagrado de Dios a menudo se comunica con objetos y lugares asociados con él. Por ejemplo, en el incidente de la zarza ardiendo se le pidió a Moisés que se quitara los zapatos ya que el lugar en el que estaba era sagrado (Éx. 3). De la misma manera cuando Dios descendió al monte Sinaí, el lugar estaba separado del campamento israelita. Sólo Moisés podía subir a la montaña o tan siquiera tocar el borde de la misma (Éx. 19). Restricciones similares se aplicaban al tabernáculo y más tarde al templo. El Lugar santísimo quedaba separado del Lugar santo por un velo (Éx. 26:33; 1 R. 6:16). El acceso estaba prohibido para todos excepto para el sumo sacerdote que entraba allí una vez al año. La reacción adecuada a la santidad de Dios, a ese estar separado, es la de recogimiento, la reverencia y el silencio. “¡Alaben tu nombre grande y temible! ¡Él es santo!” (Sal. 99:3).

El otro aspecto de la santidad de Dios es su absoluta pureza o bondad. Esto significa que el mal del mundo no le puede tocar ni manchar. En ningún sentido participa de ese mal. Fíjese en la manera en que Habacuc 1:13 se dirige a Dios: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio.” Santiago 1:13 dice que Dios no puede ser tentado por el mal. A este respecto es completamente distinto a los dioses de otras religiones. Esos dioses con frecuencia se implican en el mismo tipo de comportamiento pecaminoso que el que tienen sus seguidores. Sin embargo, Jehová está libre de esos actos. Job 34:12 dice: “Sí, por cierto, Dios no hará injusticia; el Omnipotente no pervertirá el derecho.”

La perfección de Dios es el estándar para nuestro carácter moral y la motivación para la práctica religiosa. Todo el código moral se deduce de su santidad. Al pueblo de Israel se le dijo: “Yo soy Jehová, vuestro Dios. Vosotros por tanto os santificaréis y seréis santos, porque yo soy santo. Así que no contaminéis vuestras personas con ningún animal que se arrastre sobre la tierra. Yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo.” (Lv. 11:44-45). El mismo pensamiento se expresó en Levítico 19:2 y en Mateo 5:48. Como Dios no tiene defectos, se espera la misma cualidad de los objetos o personas dedicados a él. Los sacerdotes no tienen que tener ningún defecto físico. Y lo mismo pasa con los animales que se le sacrifican. Los devotos no pueden traerle animales con defectos, al contrario, tienen que ser animales perfectos (Lv. 1:3, 10; 3:1, 6; 4:3).

Aquí nos encontramos con una dimensión básica e importante de la naturaleza de Dios. La santidad de Dios se resalta en toda la Biblia, pero especialmente en las descripciones del Antiguo Testamento. Su importancia se puede ver en la cantidad de veces en que se hace referencia a ella y en el énfasis con el que se destaca. Algunos han sugerido que es el atributo más importante de Dios. Si es o no una deducción deseable o legítima, la santidad al menos es un atributo muy importante de Dios. Y tiene implicaciones de gran repercusión.

Los escritores bíblicos resaltan de forma repetida que los creyentes tienen que parecerse a Dios. Por lo tanto, como Dios es santo, sus seguidores tienen que serlo también. Ya hemos señalado las referencias en Levítico 11:44-45 y en Mateo 5:48. Dios no sólo está libre personalmente de todas las inmoralidades y del mal, es incapaz de soportar su presencia. Es, por así decirlo, alérgico al pecado y al mal. Los suyos deben por lo tanto tratar de tener esa misma santidad que es tan básica en su naturaleza. Isaías, después de ver a Dios, fue mucho más consciente de su impureza. Se desesperaba: “¡Ay de mí que soy muerto!, porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5). De forma similar, Pedro, cuando el suceso de la pesca milagrosa, dándose cuenta de quién era Jesús dijo: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lc. 5:8). Cuando medimos nuestra santidad no por nuestro propio estándar o el de otros seres humanos, sino por el de Dios, resulta clara la necesidad de un cambio completo de condición moral y espiritual.

Pablo resalta la idea de que aquellos a los que Dios llama para que sean su pueblo deben separarse de las cosas impuras y estar completamente santos (2 Co. 6:14-7:1). La misma idea la podemos encontrar en 1 Tesalonicenses 3:13 y 4:7. En una evidente referencia al requerimiento de estar sin mancha y ser completamente perfectos del Antiguo Testamento, Pablo señala que la iglesia también tiene que ser completamente santa: “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviera mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa y sin mancha.” (Ef. 5:27). Además de la santidad personal, la alabanza y la reverencia son consecuencias naturales de ver a Dios en ese estado de limpieza perfecta y de santidad. Salmos 99:9 dice: “Exaltad a Jehová, nuestro Dios y postraos ante su santo monte, porque Jehová, nuestro Dios es santo.” Pensamientos muy similares se encuentran en Apocalipsis 15:4: “¿Quién no te temerá Señor, y glorificará tu nombre?”

 

Crea tu propia página web con Webador