El significado de "Gloria"

Para entender la doctrina de la glorificación, primero tenemos que saber el significado del término gloria, que traduce varias palabras bíblicas. Una de ellas es el hebreo 'kabod', que hace referencia a un atributo de un individuo, a una demostración de la dignidad, riqueza y grandeza. Cuando se utiliza con respecto a Dios, no señala a ningún atributo en particular, sino a la grandeza de toda su naturaleza. Salmos 24:7-10 habla de Dios como Rey de gloria. Como Rey es atendido por sus ejércitos y le caracterizan la belleza y el esplendor infinitos. En el Nuevo Testamento, la palabra griega 'doxasignifica brillo, esplendor, magnificencia y fama. Aquí encontramos una gloria atribuida a Jesucristo, tal como se le atribuía a Dios en el Antiguo Testamento. Jesús oró que el Padre le glorificara a él como él había glorificado al Padre (Jn. 17:1-5). Es especialmente en la resurrección de Cristo cuando vemos su gloria. Pedro proclamó que al resucitar Jesús de la muerte, Dios había glorificado a aquel al que los judíos habían rechazado (Hch. 3:13-15). De forma similar, Pedro escribió en su primera carta: “Por medio de él creéis en Dios, quien lo resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1 P. 1:21). Pablo afirmó que: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Ro. 6:4); también habló de la resurrección gloriosa del cuerpo de Cristo (Fil. 3:21). Pablo vio la glorificación de Cristo también en la ascensión: fue “recibido arriba en gloria” (1 Ti. 3:16). Además los apóstoles predicaron que Cristo se encuentra a la diestra de Dios (Hch. 2:33; 5:31).

La segunda venida de Cristo también es una ocasión para su gloria. Jesús mismo ha ofrecido una imagen vívida de la gloriosa naturaleza de su regreso: “todas las tribus de la tierra harán lamentación cuando vean al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mt. 24:30); “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria” (Mt. 25:31). Una petición que Jesús hizo en su oración sumosacerdotal fue que sus discípulos pudieran ver su gloria: “que vean mi gloria que me has dado, pues me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24). Pablo habló de: “la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tit. 2:13).

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento presentan esta manifestación escatológica de la gloria de Dios como la esperanza y el objetivo del creyente. La referencia más clara del Antiguo Testamento la encontramos en Salmos 73:24: “Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria”. Esta promesa de futura bendición es la respuesta de Dios a la queja y la desesperación del salmista por la aparente buena fortuna y prosperidad del malvado. El Nuevo Testamento asimismo representa la gloria futura como incomparablemente superior al sufrimiento presente de los justos. Pablo escribe en Romanos 8:18: “Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”. Hace una afirmación similar en 2 Corintios 4:17: “Pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. Pedro también vincula el sufrimiento presente con la futura revelación de la gloria: “Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo, anciano también con ellos y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada”, exhorta a los ancianos a que apacienten la grey para que “cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:1, 4).