Conversión

La vida cristiana, por su misma naturaleza y definición, representa algo bastante diferente a la manera en que se vivía con anterioridad. En contraste con estar muerto en pecado y en faltas, es una nueva vida. Aunque dura toda la vida e incluso la eternidad, tiene un punto concreto en el que comienza. “Un viaje de cientos de kilómetros comienza con un solo paso” dijo el filósofo chino Lao-tzu. Y así ocurre con la vida cristiana. El primer paso de la vida cristiana se llama conversión. Es el acto de darle la espalda a nuestros pecado arrepintiéndonos y de volvernos hacia Cristo con fe.

La imagen de darle la espalda al pecado la encontramos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el libro de Ezequiel leemos la palabra del Señor al pueblo de Israel: “Por tanto, casa de Israel, yo os juzgaré a cada uno según sus caminos, dice Jehová, el Señor. Convertíos y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque yo no quiero la muerte del que muere, dice Jehová, el Señor. ¡Convertíos, pues, y viviréis!” (Ez. 18:30-32). Posteriormente a Ezequiel se le manda advertir al impío que se aparte de su camino (Ez. 33:7-11). En Efesios 5:14 Pablo utiliza diferentes imágenes, pero el argumento básico es el mismo: “Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo.” En Hechos vemos a Pedro abogando por un cambio de dirección en la vida: “Así que, arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de consuelo” (Hch. 3:19). Aunque los evangelistas contemporáneos con frecuencia piden, “¡Sed convertidos!”, resulta curioso que en los pasajes que citamos, el imperativo sea activo: “¡Convertíos!”.

La conversión es una única entidad que tiene dos aspectos distinguibles pero inseparables: arrepentimiento y fe. El arrepentimiento es que el no creyente se aleja del pecado y la fe es que se vuelve hacia Cristo. Son, respectivamente, el aspecto negativo y positivo de la misma situación. En cierto sentido, cada uno es incompleto sin el otro y cada uno está motivado por el otro. Cuando somos conscientes del pecado y nos apartamos de él, vemos la necesidad de volvernos hacia Cristo para que nos dé su rectitud. De igual modo, creer en Cristo, nos hace conscientes de nuestro pecado y eso nos conduce al arrepentimiento.

Las Escrituras no dan especificación alguna en lo que se refiere a la cantidad de tiempo que implica la conversión. En unas ocasiones, parece ser una decisión revolucionaria que se produce de un momento a otro. Este probablemente fue el caso de la gran mayoría de los que se convirtieron en Pentecostés, probablemente la primera vez que escucharon el evangelio realmente. Por otra parte, para otras personas la conversión fue más un proceso. Nicodemo probablemente se comprometió con Cristo de esa manera (Jn. 19:39). De forma similar, el acompañamiento emocional de la conversión puede variar mucho. Saulo tomó su decisión en circunstancias muy dramáticas. Escuchó una voz que le hablaba desde el cielo (Hch. 9:4-7) e incluso se quedó ciego durante tres días (vv. 9, 17- 18). En contraste, como apuntamos anteriormente, el acercamiento de Lidia a Cristo parece haber sido muy sencillo y calmado: “El Señor le abrió el corazón para que estuviera atenta a lo que Pablo decía” (Hch. 16:14). Por otra parte, una vez más unos versículos más adelante leemos que el carcelero de Filipos, todavía temblando de miedo tras escuchar que ninguno de los prisioneros se había escapado después del terremoto, preguntó: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” (v. 30). Las experiencias de conversión de estas dos personas fueron muy diferentes, pero los resultados finales fueron los mismos.

Algunas veces la iglesia se olvida de que Dios actúa de diversas maneras. En la frontera americana un cierto tipo de predicación se convirtió en estereotipo. La vida era incierta y a menudo difícil, y el evangelista ambulante aparecía con poca frecuencia. El patrón de predicación general incluía un fuerte énfasis en lo terrible del pecado, una presentación muy vívida de la muerte de Cristo y sus beneficios, y después un emotivo llamamiento a que se aceptase a Cristo. Se presionaba a los oyentes a que tomasen una decisión inmediata. Y así la conversión vino a considerarse una decisión a tomar en un momento de crisis. Aunque Dios con frecuencia actúa así con los individuos, las diferencias entre personalidades, contexto y circunstancias inmediatas pueden dar como resultado distintos tipos de conversión. Es importante no insistir en que los factores incidentales o externos de conversión sean idénticos para todos.

Es importante también hacer una distinción entre conversión y conversiones. Hay un solo momento importante en la vida en el que el individuo se vuelve hacia Cristo como respuesta a la oferta de salvación. Puede que haya otros momentos en los que los creyentes deban abandonar una práctica o creencia particular para evitar volver a una vida de pecado. Sin embargo, estos sucesos son secundarios, son confirmaciones del paso principal que ya se ha dado. Podríamos decir que hay muchas conversiones en la vida cristiana, pero solo una Conversión.

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