Principio de incertidumbre

El principio de incertidumbre se debe al físico alemán, Werner Heisenberg, en 1927 y puede definirse así: No es posible conocer con exactitud el estado actual de ningún corpúsculo material. Este principio físico es, en realidad, una ley de la naturaleza que limita notablemente la capacidad humana para medir con precisión aquello que se observa. Hay ciertas magnitudes materiales complementarias, como la posición de un electrón y su velocidad, que no pueden ser medidas a la vez. Cuanto mejor se mide una, más imprecisa resulta la otra y viceversa. En realidad, lo que ocurre es que al determinar la posición exacta de una partícula, ésta se comporta como si no se moviera y, al revés, cuando se mide su velocidad, de hecho, la partícula en cuestión carece de posición exacta. ¿Cómo es posible entonces tener la certeza de que existe una partícula, cuando no es posible determinar su posición en el espacio ni tampoco, al mismo tiempo, la velocidad a que se mueve? ¿Son reales los corpúsculos materiales?

Algunos físicos llegaron a sugerir que los átomos, cuando no se les estudia, son auténticos fantasmas y solo se vuelven materiales en el momento en que se les invoca por medio de una sola pregunta. Si se les pide dónde se encuentran responden, si se les pregunta cuál es la velocidad a la que se desplazan también lo hacen, pero siempre enmudecen cuando estas dos cuestiones se les formulan juntas. El principio de incertidumbre es una ley fundamental del mundo que posee importantes repercusiones no solo para la física sino también para la filosofía e incluso, para la teología. Semejante descubrimiento supuso un duro revés a la idea de un universo determinista. En efecto, si no resulta posible medir el estado actual del mundo, entonces hay que admitir que las antiguas pretensiones de la ciencia, desde la época de Laplace, de conocer con exactitud los acontecimientos futuros, se vienen abajo por completo. ¿Qué relación hay entre el principio de incertidumbre y la fe en el Dios Creador de la Biblia? ¿Está todo determinado de antemano o la realidad se mueve en la más absoluta libertad? ¿Vivimos en un universo determinista o indeterminista?

El determinismo es una doctrina materialista que sostiene que el ser humano está programado desde un principio (determinado) a obrar en un sentido. Desde esta concepción, la psicología determinista afirma que la voluntad de la persona vendría siempre condicionada por múltiples motivaciones conscientes e inconscientes que actuarían en cada momento. Por tanto, conociendo bien el carácter de un individuo, así como sus hábitos y móviles, sería posible predecir cómo va a actuar frente a cada situación concreta. El comportamiento humano sería así predecible ya que obedecería a leyes determinadas, mientras que el libre albedrío, tan solo un sueño o una quimera del hombre.

En general, puede decirse que han sido deterministas los siguientes sistemas de pensamiento llevados a su extremo:

Materialismo: no existe Dios, solo la materia.

Fatalismo: no se puede cambiar el destino de las cosas.

Naturalismo: la naturaleza es lo único que existe.

Panteísmo: Dios es el mundo.

Positivismo: la razón es el único medio de hallar la verdad.

Empirismo: le experiencia es la única fuente de conocimiento.

Racionalismo: solo la ciencia puede descubrir la verdad. 

Biologismo: la biología explica no solo a los seres vivos sino también los fenómenos psicológicos y sociales.

Todos ellos defendieron que las leyes naturales son de naturaleza mecanicista. Es decir, que todos los fenómenos naturales se explicarían perfectamente por medio de leyes mecánicas que no podrían alterarse nunca y afectarían a la generalidad de los seres del cosmos, siendo por tanto imposibles las excepciones a dichas leyes, los llamados milagros o las intervenciones sobrenaturales. En general, es posible afirmar que la ciencia clásica fue marcadamente determinista ya que entendía la materia, el cosmos y la propia vida como piezas de un gran reloj sometido a leyes inmutables que no podían ser alteradas. Un mundo en el que apenas había espacio para la libertad. No obstante, el cristianismo siempre se opuso a esta visión empobrecedora y reduccionista de la realidad. La mayoría de los pensadores cristianos se manifestaron contra el determinismo absoluto. La propia concepción bíblica de un Dios Creador omnipotente y providente, contradice la posibilidad de que pudiera estar de algún modo imposibilitado para actuar en el mismo universo que él ha creado. Si Dios es el Creador de todo a partir de la nada, ¿cómo no va a poder alterar las mismas leyes que ha diseñado?

Desde luego no lo hará arbitrariamente, contradiciéndose a sí mismo, sino solo cuando lo exija su plan divino. De la misma manera, el comportamiento humano no puede ser explicado solo por argumentos físicos y químicos. Cada persona es un ente racional con conciencia y capacidad para elegir entre el bien y el mal. Si se niega esta realidad y se pretende que toda acción viene ya determinada de antemano, ¿dónde queda la libertad? Sin libertad no hay responsabilidad y sin ésta el individuo se distingue muy poco del bruto o el animal irracional.

No es que la Palabra de Dios necesite el apoyo de la ciencia, pero lo cierto es que los últimos hallazgos de la física cuántica vienen a confirmar lo que la Biblia enseña desde hace milenios. La física actual está contra el determinismo que antes profesaba la misma ciencia. Se ha descubierto que existe una especial libertad en todas las partículas subatómicas que conforman la materia. Parecen poseer una misteriosa capacidad de elección que únicamente puede provenir de una mente racional que sabe elegir bien y las ha creado así. Esta singularidad de lo ínfimo lleva a pensar, desde la fe, que Dios en la creación, del milagro hizo naturaleza. Pero una naturaleza indeterminista cuyas partículas esenciales son libres para actuar, y no están sometidas inevitablemente a la tiranía de unas leyes mecanicistas que se oponen a la acción divina en el mundo.

El hecho de que el estado mecánico de las partículas elementales no parece determinar su estado futuro, no significa sin embargo que Dios no esté en el control del universo. Nada impide creer que detrás del indeterminismo subatómico, o la libertad corpuscular, está la mano del Creador que prosigue sustentando permanentemente el mundo. Dios no puede estar limitado por su propia creación. La indeterminación de lo material puede conformar perfectamente un universo ordenado y controlado hasta en sus mínimos detalles por Dios. La aparente anarquía frenética de los electrones es, por ejemplo, el sustento material de un órgano tan altamente sofisticado y coordinado con el resto del cuerpo, como el cerebro humano. Por tanto, el desorden cuántico es usado para mantener el evidente orden natural.

El Creador optó por la libertad en todos los rincones del cosmos, incluso asumiendo el riesgo que esto implicaba, ya que la mala elección obrada por las criaturas ha traído siempre las peores consecuencias. Pero, a pesar de todo, Dios concede la capacidad de elección porque ama la libertad, característica esencial de la persona humana y también de toda materia creada.