La selección natural no es una fuerza creativa

La selección natural contribuye a preservar las distintas especies biológicas, eliminado a los individuos débiles o peor adaptados a su ambiente. Pero una fuerza natural así es incapaz de crear algo tan complejo como nuestro genoma, la mente o el alma humana. Lo único que puede hacer la selección natural es ralentizar la tasa de degeneración genética, pero poco más. En determinadas ocasiones, permite algún pequeño ajuste genético cuando un organismo está experimentando un cambio en su entorno, como ocurre con las bacterias que adquieren resistencia a los antibióticos o el famoso pico de los pinzones. Pero esto es “microevolución”, o mejor dicho “variación adaptativa”, es decir pequeños cambios observables en todas las especies biológicas, pero no la “macroevolución”, o evolución general desde los microbios a las personas y el resto de los animales, que requiere el evolucionismo.

Darwin creyó que la microevolución continuada generaba lentamente la macroevolución a lo largo de millones de años. Sin embargo, lo único que permite la microevolución es que las bacterias se vuelvan resistentes a los antibióticos o que ciertas plagas de insectos logren superar insecticidas como el DDT. Pero esto lo consiguen no porque se hayan creado genes nuevos mediante mutaciones al azar sino porque los individuos que sobreviven ya poseían genes resistentes a tales venenos. Cuando los antibióticos o los insecticidas dejan de actuar, las condiciones biológicas de los organismos revierten a su estado primitivo. Es la información genética que ya portan todas las especies la que les permite adaptarse al medio ambiente. Las mutaciones que ocurren al azar, aunque sean seleccionadas por la naturaleza, no aportan información nueva capaz de generar todo lo que supone la teoría de la macroevolución. Este es el gran problema del darwinismo actual. La ciencia no ha descubierto ningún proceso natural que sea capaz de explicar el origen de la información biológica. Por tanto, la teoría de la evolución sigue siendo una fantasía biológica contemporánea.

Después de muchos años de simulaciones numéricas en los laboratorios, no ha sido posible lograr una evolución progresiva, significativa y realista, aplicable a los seres humanos. Es verdad que la selección natural existe en la naturaleza y está diseñada para conservar los distintos tipos de vida, pero no es una fuerza creativa capaz de originarlo todo, como cree el evolucionismo. La función de la selección natural es frenar la degeneración que se está produciendo continuamente en todos los seres vivos del planeta y hacer posibles pequeños reajustes para la adaptación de los organismos a ambientes cambiantes. En el fondo se trata de una actividad natural perfectamente compatible con la Caída, tal como se desprende de la perspectiva bíblica, que contribuye a poblar de vida todos los rincones de la biosfera, según el eterno plan redentor de Dios.