El "yo" humano (el centro de la conciencia)
Curiosamente, el dato que pasan por alto los nuevos ateos es el más evidente de todos: ellos mismos. Una vez que admitimos que existe un “yo” personal nos encontramos ante el mayor de los misterios. Yo soy, yo pienso, yo percibo, yo deseo, yo actúo... Pero, ¿quién es este yo? ¿Dónde está? ¿Cómo llegó a existir? Nuestro “yo” no es algo solamente físico. No somos solo un cuerpo. Pero tampoco somos algo solo espiritual. ¿Qué somos entonces? Somos un “yo” encarnado, un cuerpo con alma. Yo no estoy en una célula específica de mi cerebro, de mi corazón o en alguna otra parte de mi cuerpo. Ninguna de mis neuronas tiene la propiedad de ser mi “yo”. Mis células están cambiando continuamente y, a pesar de ello, “yo” sigo siendo el mismo.
El científico sueco, Jonas Frisen, cree que la edad media de todas las células de un cuerpo adulto puede ser de entre 7 y 10 años. Los glóbulos rojos solo viven unos 120 días, las células que recubren el estómago y las de la epidermis un par de semanas. Cada tejido tiene su tiempo de renovación. Solo las neuronas de la corteza cerebral, y pocas más, parece que duran hasta la muerte. Pero la conciencia no se explica por medio de las neuronas. Pues bien, aunque nuestro cuerpo cambia cada diez años, nuestro “yo” permanece.
Ser persona humana es tener cuerpo y alma. (El “yo” tiene dimensión corporal, anímica y espiritual). Es una unidad psicosomática. La existencia del “yo personal del hombre” es la realidad más evidente, pero también más inexplicable para la ciencia. No podemos analizar el yo, porque no es un estado mental que pueda ser observado o descrito científicamente. El “yo humano” no puede ser explicado en términos físicos o químicos. La ciencia no descubre el yo, es más bien al revés, es el yo quien descubre la ciencia.
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