Dios permanece oculto
Si Dios quiere que el ser humano crea en él, ¿por qué no ha hecho más evidente su existencia? ¿Por qué permanece escondido? ¿Por qué no se deja ver claramente?
Dios no está tan oculto como para que nadie pueda llegar a creer en él. De hecho, la mayor parte de la población mundial cree en su existencia. Hay más de 2.000 millones de cristianos en el mundo, sin contar los creyentes de las demás religiones monoteístas (judíos y musulmanes). Es verdad que Dios no resulta tan evidente para nosotros como una guitarra, un púlpito o una Biblia porque él no es material. Pero, ¿por qué recriminarle a Dios cómo tiene que manifestarse ante nosotros? ¿Quién es el hombre para decirle a Dios cómo tiene que comportarse? Él puede tener alguna buena razón para permanecer oculto, de la manera en que lo hace. Aunque, en realidad, no se oculta tanto como se dice. De hecho, según la Biblia, Dios se manifestó en la persona de Jesucristo. Además, según el apóstol Pablo: "las cosas invisibles de Dios, como su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles por medio de las cosas hechas" (Ro. 1:20).
Precisamente, lo que dice hoy el movimiento científico del Diseño inteligente es que la ciencia humana ha llegado a una frontera que no puede traspasar. Y lo que se vislumbra más allá de esa frontera, más allá de la estructura íntima de la materia, de las moléculas de ADN, ARN y las proteínas, del fundamento de las leyes que rigen el cosmos, del origen del universo y de la vida, etc., es información, complejidad, planificación e inteligencia. Cuanto más avanzan las investigaciones científicas, mayor complejidad se descubre en el mundo. Nada de esto ha podido originarse solo por casualidad, ni por necesidad, ni por selección natural -como propone el darwinismo- sino a partir de una Mente inteligente creadora. No, Dios no está tan oculto como pudiera parecer. Como escribe Lucas en Hechos 17:27-28: "ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos (...) Porque linaje suyo somos". Desde la perspectiva teológica de la Biblia, lo que ocurre es que nuestro mundo es un mundo caído. Un mundo sometido al mal, a las enfermedades, al sufrimiento, a la muerte y también a las deficiencias cognitivas. Es decir, a las dificultades para descubrir y entender a Dios.
El famoso teólogo, Juan Calvino, decía: “la condición natural del ser humano es el sensus divinitatis”. Es decir, el “sentido de la divinidad”. Según Juan Calvino y sus seguidores actuales, los llamados neocalvinistas, -como el filósofo creyente norteamericano, Alvin Plantinga, de la Universidad de Yale: En realidad, no puede haber auténticos ateos porque Dios habría dotado a cada persona con este instinto natural, que podría llamarse: “el sentido de Dios”. Esto no sería algo que se aprendiera necesariamente en la familia, en la iglesia o en la escuela sino que, ya desde el seno materno, el ser humano vendría marcado por dicha cualidad innata: la capacidad para creer en Dios de manera absoluta, de todo corazón, sin reservas.
Hasta la neurofisiología (o la “neuroteología”) reconoce que hay unas bases biológicas para la espiritualidad humana y la creencia en Dios. El cerebro humano está dotado de propiedades neuronales singulares -que no se dan en el resto de los animales- que le permiten la espiritualidad y el desarrollo de la fe en Dios. Los científicos escépticos dicen: “al tener estas neuronas singulares, el ser humano ha inventado a Dios”. Yo me pregunto: “¿No será, más bien, al revés? No será que Dios nos ha dotado con dichas neuronas para que podamos expresarnos espiritualmente y poder así relacionarnos con Él”.
Lo que indica la Escritura es que, debido a la Caída, a la entrada del pecado en el mundo, nuestras facultades cognitivas y espirituales dejaron de funcionar de manera adecuada, como lo hacían al principio de la creación. Por eso hoy tantas personas tienen dificultades para descubrir a Dios en su vida. Esta interpretación coincide también con el texto mencionado de Pablo: "Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios" (Ro. 1:21-22). De manera que, actualmente, para descubrir a Dios tenemos que limpiar primero aquél “sensus divinitatis” (sentido de Dios) con el que fuimos creados, que se habría manchado y ocultado durante siglos de rebeldía humana, apatía espiritual y costumbres materialistas. En esto consiste lo que la Biblia llama el arrepentimiento sincero y el descubrimiento de Dios a través de su Hijo Jesucristo.
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