La objeción natural

En su famosa obra “Investigación sobre el conocimiento humano” de 1748, David Hume afirma:

"Un milagro es la violación de las leyes de la naturaleza; y como una experiencia firme e inalterable ha establecido estas leyes, la prueba en contra de un milagro por la misma naturaleza del hecho es tan completa como se pueda imaginar que cualquier argumento de la experiencia lo sea".

Los eruditos proponen dos maneras de leer la objeción natural de Hume a los milagros. Por un lado, se interpreta a Hume de tal forma que las leyes naturales son consideradas reglas herméticas que niegan de antemano la ocurrencia de cualquier milagro. Otros entienden el razonamiento de Hume de tal manera que los milagros quizás fueran posibles teóricamente, pero ante la experiencia de la uniformidad de la naturaleza, todo supuesto milagro es negado por la aplastante evidencia en contra del mismo. 

1. Los milagros son imposibles. La primera manera de interpretar a Hume percibe a las leyes naturales como reglas herméticas que determinan todo lo que puede ocurrir. Por lo tanto, ellas describen lo que exclusivamente puede suceder. Así por ejemplo, que una persona resucite de entre los muertos después de tres días sería una violación de las leyes naturales, un evento rotundamente imposible. Este modo de leer a Hume causó en gran medida la actitud negativa hacia los milagros que prevalece actualmente en las sociedades occidentales. Ya en los tiempos de Hume, esta crítica a los milagros fue aceptada por el filósofo Voltaire (1694-1778). Más adelante, la objeción natural fue reformulada de diferentes modos por pensadores como Antony Flew (1923-2010), Alistair McKinnon y otros. Hoy en día goza de mucha popularidad entre los nuevos ateos. A partir de Friedrich Schleiermacher (1768-1834), la crítica a los milagros también fue adoptada por el protestantismo alemán. Así el influyente filósofo y teólogo Ernst Troeltsch (1865-1923) rechazaba cualquier interrupción de la cadena natural de nexos causales. Debido a esto, Rudolf Bultmann (1884-1976) mantenía que la idea de una intervención sobrenatural no era aceptable para el hombre moderno, por lo cual él sometió los milagros novotestamentarios a su programa de la desmitologización radical. La teología anglosajona en parte también cayó presa de la crítica radical de los milagros.

Aunque la objeción natural a los milagros parece intimidatoria y goza de gran popularidad en la filosofía, ciencia y teología, lo cierto es que muestra serias deficiencias pues, no todo milagro necesariamente constituye un quebrantamiento de las leyes naturales vigentes. Algunos pudieron haber ocurrido de manera natural, siendo, por ejemplo, el preconocimiento el prodigio real. Desde la perspectiva filosófica y física, la interpretación determinista de las leyes naturales debe ser considerada insuficiente. Por un lado, un teísta simplemente pudiera reformular los términos, diciendo que las leyes naturales describen lo que sucede general y predeciblemente y no lo que ocurre exclusivamente. Las leyes naturales entonces serían un patrón regular de lo que normalmente acontece. A diferencia de esto, los milagros serían eventos únicos, excepcionales y singulares obrados por Dios. Así las leyes naturales no excluirían de antemano los eventos milagrosos. Además, si las leyes naturales únicamente describiesen eventos regulares y predecibles, entonces ellas no podrían afirmar o negar la posibilidad de eventos singulares como los milagros. Ellos estarían fuera del alcance epistémico de las leyes naturales. La investigación de las leyes de la naturaleza, por lo tanto, no tendría relevancia alguna para la cuestión de los milagros. Por otro lado, una interpretación hermética de las leyes naturales constituye un problema metodológico para toda indagación científica, ya que ella prescribiría a la naturaleza cómo debería ser, en vez de describir la naturaleza como es.

El filósofo Daniel von Wachter (1970) también critica la interpretación determinista de las leyes naturales por otra vía. Wachter señala que la premisa central de esta concepción de las leyes naturales es la “regularidad de sucesión”. Esto quiere decir que a un evento del tipo x necesariamente le tiene que seguir un evento del tipo y. Wachter arguye que las leyes naturales, a pesar de su aplicabilidad universal, en realidad no anticipan una regularidad de sucesión. Cualquier entidad natural o sobrenatural adicional podría suprimir el nexo causal. Así por ejemplo, una bola rodante de billar puede ser parada por otra bola, un gato, una persona, un demonio o por Dios mismo. De la misma forma, Dios pudo haber sostenido a Pedro sobre el agua sin que se hundiera. En esta perspectiva, los milagros no serían excepciones a las leyes naturales. C.S. Lewis describe esto con la siguiente analogía:

"Si las leyes de la Naturaleza son verdades necesarias, no hay milagros que las puedan quebrantar; pero el caso es que ningún milagro necesita quebrantarlas. (...) Si pongo seis peniques en un cajón el lunes y seis más el martes, las leyes establecen que –manteniéndose las cosas en su lugar– encontraré allí doce peniques el miércoles. Pero si hay un robo por medio, puedo encontrar solamente dos. Algo se ha roto (la cerradura del cajón o las leyes de Inglaterra) pero lo que no se ha roto son las leyes aritméticas. (...) [El milagro] introduce un factor nuevo en una situación, es decir, una fuerza supernatural con la que el científico no había contado".

2. Los milagros son increíbles. De acuerdo a la segunda manera de interpretar Hume, los milagros no son imposibles, sino increíbles, porque nunca existirá suficiente evidencia para demostrar que un milagro haya ocurrido. Norman L. Geisler representa el razonamiento de Hume con este silogismo:

(i) Un milagro por definición es un evento raro.

(ii) Pero las leyes naturales por definición describen eventos regulares y uniformes.

(iii) La evidencia para los eventos regulares y uniformes siempre es mayor que para los sucesos raros.

(iv) Las personas sabias siempre basan sus creencias en aquello que cuenta con más evidencia.

(v) Por lo tanto, las personas sabias nunca deberían creer en milagros.

Hume parece asumir que, debido a la experiencia histórica de la uniformidad de la naturaleza, los eventos singulares en realidad no ocurren. Pero este razonamiento de Hume muestra serias dificultades, ya que esta objeción asume ilógicamente que en el pasado no se dieron los eventos singulares. Aquí Hume demanda una convicción casi insuperable para la propia capacidad del conocimiento. Él presupone de antemano que todos los eventos del pasado, presente y futuro son regulares y uniformes. Para confirmar esta convicción, Hume tendría que demostrar que todos los relatos milagrosos del pasado y presente no son confiables. Pero para lograr este objetivo debería tener acceso a todos los eventos de todos los tiempos de todo el universo. Pareciera que Hume además obvió el hecho de que la humanidad solamente observó una parte minúscula de todos los eventos en el universo, de los cuales dejó unos pocos relatos escritos.

Hume pretende, además, demostrar la uniformidad de la naturaleza, asumiendo a priori la uniformidad de la naturaleza y que, por lo tanto, en el pasado nunca ocurrieron milagros. En este razonamiento circular, Hume a la vez asume que nuestra experiencia uniforme nos cuenta que los milagros no ocurren y al mismo tiempo desestima todo relato de milagros con la observación que los milagros no pueden ocurrir por nuestra experiencia de la uniformidad de la naturaleza. Craig S. Keener, en su monumental obra “Miracles” de dos tomos, señala que Hume, en su razonamiento circular, utiliza su limitada experiencia de su mundo como precepto normativo para toda la realidad, excluyendo así con su experiencia las experiencias de otros. Keener también señala que la crítica de Hume se debe a sus suposiciones culturales, las cuales estaban formadas por el paradigma de la Ilustración. Posteriormente, esta cosmovisión anti-sobrenaturalista fue asumida sin rigor crítico por la mayoría de los académicos occidentales. Así, las premisas de Hume y sus seguidores contemporáneos desvelan prejuicios etnocéntricos, ya que su aclimatación cultural es considerada normativa para negar los milagros de culturas consideradas como más primitivas. Sin embargo, Keener observa que esta perspectiva reduccionista es negada por la mayoría de las culturas actuales, por lo que el académico occidental no debería rechazar de antemano fenómenos paranormales y milagrosos.

R.C. Sproul observa también que el concepto de la uniformidad propuesta por Hume se contradice. Para establecer la regularidad de cierto fenómeno natural, por ejemplo, que la lluvia uniformemente moje el pasto, este tuvo que haber ocurrido por lo menos dos veces. Para que suceda una segunda vez, tuvo que haber ocurrido una primera vez, lo que sería un evento singular. Según el razonamiento de Hume, deberíamos negar que la lluvia mojó el pasto la primera vez, porque esta experiencia no se adecuaría a una regularidad establecida. Y si el primer evento no ocurrió, también deberíamos eliminar el segundo y así sucesivamente ad infinitum. La uniformidad, de la cual el argumento de Hume depende, sería imposible de detectar.

Norman L. Geisler señala que estas incongruencias filosóficas desvelan un problema metodológico en el razonamiento de Hume. Hume en realidad no analizó la evidencia para los milagros, sino simplemente acumuló eventos regulares en contra de ellos. Por supuesto, si alguien observara durante un mes un cementerio, regularmente vería que los fallecidos se quedan en sus tumbas. Pero la verdad no queda determinada por una mayoría de votos. Según Hume, incluso si la resurrección hubiese ocurrido, no deberíamos creerla, ya que una persona sabia no debería creer en un evento irregular. Claramente, un razonamiento que niega de antemano un hecho ocurrido comete falacias lógicas. Este error se debe, según Geisler, a que Hume confunde el concepto de la verdad con el concepto de la probabilidad. Así nunca se debería creer en el hecho de que tres dados salieron con el número 6 al primer intento, ya que la probabilidad de esto es de una entre 216.

3. La suposición fundamental de la objeción natural. Con su concepción determinista de las leyes naturales, Hume interpreta al universo como un sistema cerrado a cualquier intervención sobrenatural de Dios. Keener señala en relación a Hume que su rechazo de una actividad sobrenatural o supra humana desvela sus lentes interpretativas y no es un hecho demostrado. Este prejuicio anti-sobrenaturalista simplemente asume que el universo físico con sus leyes naturales sea una realidad autónoma o, incluso, que sea la única realidad existente. Esta última comprensión del universo posteriormente se conoció como ‘naturalismo’, el cual es el fundamento filosófico del ateísmo contemporáneo. Aquí entonces se desvela el motivo filosófico real que impulsa este rechazo moderno de los milagros. C.S. Lewis describe las posiciones opuestas así: “Hay personas que creen que no existe nada excepto la Naturaleza; llamaré a estas personas ‘naturalistas’. Otros piensan que, aparte de la Naturaleza, existe algo más; los llamaré ‘sobrenaturalistas’.”

Por lo tanto, la cuestión real es: ¿existe o no existe Dios? Si Dios no existiera, como asume el naturalismo, no podrían suceder excepciones milagrosas al orden natural. Todo lo que existe tuvo que haber evolucionado de manera regular, uniforme y predecible. En el caso contrario, si existiera un Dios omnipotente, benevolente y personal, los milagros serían posibles, ya que este Dios podría obrar a favor de su creación, sobrepasando el modo común de su gobierno providencial. Consecuentemente, el único camino para que el ateo o escéptico niegue categóricamente la posibilidad de los milagros consiste en demostrar la inexistencia de Dios.

Para inclinar la balanza a favor del teísmo, la apologética cristiana generalmente cuestiona la cosmovisión naturalista por dos vías. Por un lado, se busca demostrar que el naturalismo epistemológicamente se destruye así mismo. En el tercer capítulo de su libro “Los Milagros” C.S. Lewis arguye que el naturalismo no puede justificar el origen y la confiabilidad del razonamiento lógico, ya que en la perspectiva naturalista todo pensamiento dependería de causas físicas naturales no racionales. Pudiera ser que nuestro pensamiento fuera causado por una arbitraria combinación de átomos que casualmente corresponde a la realidad. Pero esto implicaría que ninguna objeción lógica pudiera frenar la emergencia de pensamientos inadecuados. El naturalismo, por lo tanto, no puede tener confianza alguna en los procesos cognitivos que fundamentan su propia cosmovisión, por lo que racionalmente ni puede sustentarse a sí mismo.

La segunda vía es presentar argumentos que busquen establecer el hecho de que el origen del universo, su complejidad y las propias leyes naturales sean explicados más adecuadamente desde la perspectiva teísta. Así Antonio Cruz muestra en su libro “La ciencia, ¿encuentra a Dios?” que los descubrimientos científicos recientes apuntan a la existencia de Dios. No es sorprendente que la suposición académica de que las premisas ateas o deístas sean más objetivas que las teístas se disipe cada vez más. La cosmovisión anti-sobrenaturalista y su aplicación rigurosa a toda la realidad se percibe como una suposición intelectualmente limitante, la cual, como lo vimos, fue formada por prejuicios occidentales de lo que se considera culturas avanzadas o primitivas.

El caso naturalista-ateo contra los milagros se debilita aún más, si se considera que las leyes naturales, de las cuales la supuesta imposibilidad de los milagros depende, tienen un justificante más sólido en la perspectiva teísta. El naturalismo está obligado a asumir que el universo saltó a la existencia a partir de la inexistencia. Esta premisa es sumamente ilógica, ya que implicaría la existencia de algo antes de haber estado o que la nada pudiera causar algo. Pero si la inexistencia pudiera causar algo, entonces constantemente ciertas cosas deberían saltar sin causa explicable de la nada a la existencia. Esto echaría abajo toda noción de las leyes naturales como patrón regular de lo que ocurre. Algunos científicos también admiten que es imposible que las leyes naturales fueran el resultado de una evolución cósmica. Por lo tanto, algo o alguien tuvo que haberlas ajustado antes del inicio del universo. Debido a esto, numerosos científicos, entre ellos Newton, Einstein, Heisenberg y otros, reconocieron que las leyes naturales demandan un “supremo Legislador cósmico”. Antony Flew, uno de los filósofos ateos más importantes del siglo XX que se convirtió al deísmo, también sostiene: “Las leyes de la naturaleza suponen un problema para los ateos porque son una voz de la racionalidad escuchada a través de los mecanismos de la materia.” La perspectiva teísta se afianza aún más, si se toma en cuenta el ajuste fino y el diseño de las variables fundamentales del universo, para que la formación del universo y el surgimiento de la vida fueran posibles. Por lo tanto, una mente racional y reguladora del universo permite un fundamento mucho más sólido para asumir la regularidad de las leyes naturales y, consecuentemente, en principio admite la posibilidad de los milagros.

Todo esto únicamente implicaría que los milagros posiblemente ocurran y no que realmente suceden. Pudiera ser que Dios no obró milagros a partir de la creación del universo (como afirma el deísmo). La única manera de investigar si Dios interviene en la realidad natural es el examen de la evidencia empírica de los supuestos milagros.