Período de la crítica ilustrada (Siglos XVIII y XIX)

Por la obstinación de los Papas y de un escolasticismo decadente, los esfuerzos de Tomás de Aquino por compaginar la fe con la filosofía aristotélica se desvanecieron. La Iglesia había perdido todo su prestigio y el divorcio entre fe y ciencia estaba consumado. Dios había sido desahuciado de su morada habitual. Descartes nunca llegó a negar explícitamente la existencia de Dios, pero redujo el conocimiento a la razón, negando todo aquello que no se puede razonar. Con ello dio alas al racionalismo dogmático, allanado el camino a otros filósofos racionalistas más radicales como Spinoza (1632-1677) y Voltaire (1694-1778) con su famosa frase: «Quienes te pueden hacer creer absurdos te pueden llevar a cometer atrocidades».

Los pensadores ingleses reaccionaron al radicalismo de los franceses. Tanto los empiristas Thomas Hobbes y John Locke, como el deísta David Hume (1711-1776), criticaron el racionalismo de Descartes y conjugaron el conocimiento científico con la idea de Dios, aunque, eso sí, desligándole totalmente de su Creación. Tampoco faltaron grandes científicos cristianos convencidos de que la Naturaleza era parte de la revelación de Dios y de que se podía compaginar la fe con la razón. Entre ellos destacan el físico inglés Isaac Newton (1642-1727) y el matemático francés Blas Pascal (1623-1662). Pero fue inútil.

La Revolución Francesa (1789-1815) se ocupó de proporcionar al racionalismo radical las alas que le faltaban. Los hombres de la Ilustración, deslumbrados por el naturalismo y la ciencia, llegaron a la conclusión de que esta, por sí sola, era suficiente para explicarlo todo. Dios quedaba excluido del escenario científico. Algunos apologistas ingleses, como William Paley (1743-1850), padre de la “teología natural”, se opusieron al racionalismo. En su libro "Evidencias del cristianismo", desarrolló el famoso argumento de “el reloj y el Relojero”. A pesar de los esfuerzos de Paley, a finales del siglo XVIII, el ateísmo y el escepticismo se habían impuesto. El cristianismo era desacreditado públicamente y la Biblia blasfemada.

Aunque, a decir verdad, las cosas aún no habían tocado fondo ya que faltaba todavía el golpe definitivo. Este “privilegio” le correspondió al naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882). En 1859 publicó su famosa y polémica obra, "El origen de las especies", insinuando que la historia de la creación que hallamos en la Biblia era una leyenda; que el hombre no fue creado por Dios sino que proviene del simio. Algunos apologistas cristianos apelaron al recurso de la singularidad del alma humana y admitieron la idea de que quizás nuestro cuerpo hubiera podido descender del simio, pero no el alma, el alma procede de Dios. Tenemos una conciencia que no tienen los animales, que nos proporciona el sentido del bien y del mal. Esta conciencia no puede ser fruto de la evolución, sino que es un don de Dios que nos diferencia de los primates.

No obstante, Sigmund Freud (1856-1939) proclamó la teoría de que no existía el alma y que la conciencia no era algo sobrenatural, recibido de un Creador, sino un simple proceso natural basado en un inmenso almacén de datos creado por nuestro cerebro, que alberga las percepciones presentes y las pasadas de generaciones anteriores, al que llamó “inconsciente”. Con ello el ser humano dejó de ser considerado científicamente como el rey de la creación y quedó reducido a un mero accidente cósmico: sin Creador y sin propósito, sin alma, sin Dios y sin esperanza. Y así surgió una nueva generación de pensadores materialistas y existencialistas como Carl Marx, (1818-1883), Frederick Engels (1820-1895) o Martin Heidegger, (1889-1976).

Las ideas de estos pensadores influyeron en todas las áreas del pensamiento, en la política, la economía, la literatura, la música y el arte. «Dios ha muerto, estamos en la era del hombre», proclamó en filósofo alemán Nietzsche, a finales del siglo XIX. «El hombre ha muerto también, el ser humano es una bestia» concluyó el francés Jean Paul Sartre, a mediados del siglo XX, tras contemplar los horrores del comportamiento humano en los campos de exterminio nazis y posteriormente en los soldados rusos (que violaron en Alemania a dos millones de mujeres, sin distinción de edad). Si Dios ha muerto y el hombre también ha muerto, si no es creación de Dios y no tiene alma, si no es más que un objeto, entonces (según los pintores cubistas y surrealistas), hay que representarlo como un objeto más. Lo mismo da que lo pintemos con los pies en la cabeza que con la cabeza en los pies.

 

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