Panteísmo

El panteísmo es una doctrina filosófica que afirma que todo lo que existe es Dios. La divinidad sería como una fuerza presente en todas las cosas, desde las rocas a los árboles, de los gusanos a los gorilas o de las flores a las personas pasando por los minerales, todo es Dios porque todo lleva su fuerza o poder. Algo que recuerda la popular “fuerza” de “La guerra de las galaxias”. Dios estaría en la totalidad de los seres materiales y la totalidad de estos estaría en Dios. El panteísmo tiene numerosas variantes, unos creen que la naturaleza no es más que una parte del todo, mientras que otros piensan que el mundo natural es solamente una ilusión de nuestros sentidos, pero lo cierto es que el Dios del panteísmo es siempre impersonal. Claro, si el ser humano es una parte del Dios impersonal, si resulta que el hombre también es divino, entonces su personalidad individual sería pura ilusión y en, cualquier caso, desaparecería después de la muerte. Esto significa que tampoco podríamos comunicarnos con un Dios que no es persona, ni inteligente, ni providente, que no tiene moralidad ni nada que sea propio de las personas. Y si él no es persona, ¿cómo vamos a serlo nosotros? Nuestra individualidad, insistimos, sería solo aparente ya que al morir tal identidad se perdería en el océano anónimo e impersonal de la supuesta fuerza panteísta.

Según esta cosmovisión, no existe el bien ni el mal, el acierto o el error, la verdad ni la mentira, la razón o la sinrazón, lo lógico y lo ilógico. Todo es pura ilusión. Tampoco hay pecado, puesto que es imposible distinguir entre las buenas o las malas acciones. Algunos consideran incluso que sería pecado decir que otra persona es pecadora. Como supuestamente todo estaría unido entre sí, también lo están las ideas contrarias, por lo que carecería de sentido separar la moralidad de la inmoralidad. Luego, ¿por qué censurar a personajes como Hitler o alabar a Teresa de Calcuta, si sus acciones están unidas en el todo eterno? Desde semejante perspectiva, no hay distinción moral que valga. De ahí que en el panteón hindú hay dioses que son buenos y malos a la vez, y nadie les censura por ello.

Las principales religiones que comparten esta cosmovisión panteísta son el hinduismo, el taoísmo, algunas ramas del budismo, el paganismo, la Nueva Era y la Iglesia de la Cienciología, entre otras. En el hinduismo existen también varias modalidades, que van desde el hinduismo politeísta en el que se adora a muchos dioses y diosas (¡unos 330 millones de dioses!), hasta el hinduismo panteísta que concibe una única realidad infinita e impersonal. El hinduista cree en la reencarnación que, de alguna manera, constituye el modo como se pagan las deudas morales contraídas durante la existencia. La herencia de cómo se ha vivido se transmite así a la siguiente vida, para bien o para mal, sea en forma de planta, animal o humana. La filosofía del fatalismo, o de que no es posible cambiar el propio destino, así como la despreocupación por los problemas de los demás, subyacen detrás de esta religión. Como no es posible cambiar el karma (la ley moral de causa y efecto), esto genera un conformismo pasivo ante todas las injusticias sociales y personales. Tal como escribe el teólogo indio, Ravi Zacharias:

“Es fundamental tener presente que, aunque el karma sea considerado una forma de retribución, esta nunca se completa. Se vive abonando una deuda cuyo importe total se desconoce, pero que se debe saldar por completo. Por eso la cruz de Cristo se muestra tan definitiva y absoluta: ofrece perdón sin minimizar la deuda. Cuando comprendemos el alcance de ese perdón, nuestro amor y gratitud se acrecientan. La restauración es completa, en esta vida y para la eternidad”.

Es necesario señalar un aspecto positivo de la cosmovisión panteísta que tiene claras repercusiones en la práctica. Se trata del gran respeto que muestra hacia la naturaleza y los seres vivos que forman parte de ella. Como todo forma parte de Dios, cada organismo merece respeto y protección. Esto es algo muy positivo. Aunque, por desgracia, puede conducir también a paradojas éticas y sociales, –desde nuestro punto de vista occidental– como por ejemplo cuidar o valorar más a animales como las vacas que a las personas pertenecientes a la casta de los intocables.