Teísmo
El teísmo concibe a Dios como la causa primera, personal y bondadosa pero impotente frente al mal. Dios estaría limitado para vencer al poder del mal en el mundo. Por tanto, no sería omnipotente o todopoderoso. Aunque no esté de acuerdo con la maldad y la injusticia, se vería limitado a la hora de erradicarlas. Pero claro, como las imperfecciones del mundo tendrían su origen en Dios, esto implica que él también sería imperfecto. De manera que el teísmo concibe a Dios como un ser finito, limitado e incapaz de realizar milagros.
Aunque esta cosmovisión suele darse en ciertas corrientes del judaísmo reformado, hunde sus raíces en la antigua doctrina del dualismo, que afirma la existencia de dos principios supremos eternos, increados y antagónicos: el bien y el mal. El dualismo religioso surgió en varias civilizaciones antiguas, como China y Egipto, pero de manera especial en Persia. En el siglo VI a.C., Zoroastro se refirió ya a la existencia de dos principios, el del bien (Ormuz o Ahura Mazda, el Señor de la sabiduría) y el del mal (Ahrimán o el Espíritu de la destrucción o Diablo). En realidad, son dos dioses finitos enfrentados que poseen existencia propia, diferentes poderes y cada uno de ellos, supuestamente, creó cosas antagónicas. Unas buenas y otras malas.
Según el teísmo, al ser Dios finito no existe certeza de que pueda constituir la base de la moralidad y, por tanto, esta permanece sin explicación. ¿Cómo saber si una conducta es buena o mala? De la misma manera, si Dios es incapaz de obrar milagros, ¿cómo se originó el universo? Las inconsistencias teológicas del teísmo son numerosas. ¿Por qué llamar Dios a un ser que no es único, ni infinito, ni omnipotente? ¿Cómo puede ser divino el mal y llegar a limitar la omnipotencia de Dios? ¿Por qué iba un Dios bondadoso a crear cosas intrínsecamente malas? ¿Qué razón hay para considerar malo todo lo material?
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