Listra

LISTRA, ciudad de Licaonia, colonia romana. Identificada sobre una colina a casi 2 km. al noroeste de Kathyn Serai, a unos 29 km. al suroeste de Iconio (Konia). Esta identificación era incierta hasta 1885, cuando J. R. S. Sterrett descubrió en dicha zona, en un montículo, un altar romano inscrito de un metro de altura por quince centímetros de espesor. En la piedra se encontraba escrito en latín: "LISTRA", junto con la declaración de que esta se había convertido en colonia romana cuando Augusto César era emperador.

Listra fue el lugar donde Pablo sanó al hombre invalido, y como consecuencia de esto, la gente consideró a Pablo y a Bernabé como dioses semejantes a "Júpiter" y "Mercurio" (Zeus y Hermes eran dioses de los griegos, llamados por los romanos Júpiter y Mercurio, respectivamente. Zeus era considerado el dios supremo, y Hermes, el mensajero o portavoz de los dioses), pero luego les apedrearon:

"Cierto hombre de Listra estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado. Este oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos y viendo que tenía fe para ser sanado, dijo a gran voz: --¡Levántate derecho sobre tus pies! Él saltó y anduvo. Entonces la gente, al ver lo que Pablo había hecho, alzó la voz, diciendo en lengua licaónica: «¡Dioses con la semejanza de hombres han descendido a nosotros!» A Bernabé llamaban Júpiter, y a Pablo, Mercurio, porque este era el que llevaba la palabra. El sacerdote de Júpiter, cuyo templo estaba frente a la ciudad, trajo toros y guirnaldas delante de las puertas, y juntamente con la muchedumbre quería ofrecer sacrificios. Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas y se lanzaron entre la multitud, gritando y diciendo: --¿Por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay. En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar por sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones. Pero aun diciendo estas cosas, difícilmente lograban impedir que la multitud les ofreciera sacrificio. Entonces vinieron unos judíos de Antioquía y de Iconio que persuadieron a la multitud; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto". (Hechos 14:8-19)