Una máquina

Una de estas perspectivas es la de lo que los humanos son capaces de hacer. Al empleador por ejemplo, le interesan la fuerza y la energía del humano, las habilidades o capacidades que posee. Sobre esta base, el empleador “alquila” al empleado durante una cantidad de horas al día. Que los humanos son considerados a veces como máquinas se hace particularmente evidente cuando una máquina reemplaza a un hombre en su puesto de trabajo. Un robot, más certero y constante, a menudo realiza mejor el trabajo; es más, precisa menos atención, no exige subidas de sueldo y no pierde el tiempo por enfermedad.

La preocupación principal de los que tengan este concepto de los seres humanos será satisfacer aquellas necesidades de la persona (máquina) que permitan que siga funcionando eficazmente. La salud del empleado interesa, no por la pena que puede causar a la persona, sino por el efecto que produce en la eficacia del trabajo. Si una máquina, o la introducción de más tecnología puede hacer mejor el trabajo, no se dudará en tomar tales medidas porque el trabajo es el objetivo y la preocupación más importante. Además, al trabajador se le paga lo mínimo necesario para que realice la tarea.

Esta idea también se desliza dentro de la iglesia hasta cierto punto. Se puede valorar a las personas por lo que pueden hacer. Las iglesias pueden reflejarlo en su elección de pastores, queriendo a alguien que pueda realizar una tarea ministerial con eficacia y eficiencia. Puede existir una preocupación especial por reclutar miembros que puedan realizar los trabajos de la iglesia. Los convertidos potenciales se pueden considerar principalmente como “unidades donantes” que pueden ayudar a financiar el programa de la iglesia. Un pastor llamaba a sus visitas a los ancianos y a los enfermos de su congregación “visitas basura,” porque esas personas no podían contribuir mucho a la obra de la iglesia. En todos estos casos está presente el concepto del ser humano como máquina: se valora a la gente por lo que pueden hacer, en lugar de por lo que se puede hacer por ellos.

En este enfoque, a las personas se les considera básicamente cosas, medios para conseguir un fin en lugar de ser un fin por sí mismos. Tienen valor en la medida en que sean útiles. Se les puede mover de un lado para otro como si fueran piezas de ajedrez, al igual que hacen algunas grandes empresas con su personal, manipulándolos si es necesario, para que cumplan la función que se pretende de ellos.