Competitividad

El pecado tiene también un efecto enorme en las relaciones entre los humanos. Uno de los más significativos es la proliferación de la competitividad. Como el pecado le hace a uno cada vez más egoísta y centrado en sí mismo, es inevitable que surjan conflictos con los demás. Queremos el mismo puesto, el mismo compañero matrimonial, o el mismo terreno que otro tiene. Cada vez que uno gana, otro pierde. El perdedor, por resentimiento, a menudo se convierte en una amenaza para el ganador. La persona que tiene éxito siempre sufrirá la ansiedad de saber que otros pueden intentar recuperar lo que han perdido. Por lo tanto, no hay ganadores en la carrera de la competitividad. La versión más extrema y a gran escala de la competición humana es la guerra, con su indiscriminada destrucción de propiedades y vidas humanas. Santiago es bastante claro sobre los factores principales que conducen a la guerra: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis” (Stgo. 4:1-2). En apartados anteriores, hemos observado que el pecado esclaviza, conduciendo a más pecado. Santiago confirma esta observación con su afirmación de que el pecado de la codicia conduce a los pecados del asesinato y la guerra.