Falta de empatía
La falta de empatía o también la incapacidad para identificarse con los demás es una consecuencia importante del pecado. Preocupándonos por nuestros deseos personales, nuestra reputación y opiniones sólo vemos nuestra propia perspectiva. No nos podemos poner en el lugar de los demás y apreciar también sus necesidades, o ver cómo se podría entender una situación de una manera diferente. Esto es lo contrario de lo que Pablo recomendó a sus lectores: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:3-5).
Por otro lado, la falta de interés por las otras personas produce el rechazo de la autoridad que es una ramificación social del pecado. Si encontramos seguridad en nuestras posesiones y logros, cualquier autoridad externa resulta amenazadora. Como nos limita para hacer lo que queremos hacer, la resistimos o ignoramos. En el proceso, por supuesto, se pueden pisotear muchos otros derechos.
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