Conflicto económico
La teología de la liberación entiende que el pecado surge del conflicto económico. Esto difiere bastante del punto de vista convencional u ortodoxo. Si la ortodoxia ve Génesis 1-3 como la clave para entender el pecado, se podría decir que la teología de la liberación entiende el pecado según Éxodo 1-3. Aquí estamos hablando de la teología de la liberación de una manera bastante amplia, incluyendo movimientos como la teología negra o la feminista.
Un primer paso para entender la posición de la teología de la liberación es señalar su rechazo a la privatización del pecado. Desde el punto de vista tradicional, a menudo se considera el pecado como la rotura de la relación del individuo con Dios; por lo tanto el pecado es básicamente no creer, rebelarse o algo de ese tipo. Sin embargo, la teología de la liberación está mucho más preocupada por las estructuras sociales y económicas del pecado. Por lo tanto, James Cone dice: “El pecado no es principalmente una impureza religiosa, sino la opresión social, política y económica del pobre. Es la negación de la humanidad del prójimo mediante acciones políticas y económicas injustas.” La verdadera naturaleza del pecado y la reacción de Dios ante el mismo se aprecian en pasajes como Amós 5:11-12: “Por tanto, puesto que humilláis al pobre y recibís de él carga de trigo, no habitaréis las casas de piedra labrada que edificasteis ni beberéis del vino de las hermosas viñas que plantasteis. Yo sé de vuestras muchas rebeliones y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, recibís cohecho y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres.” Por lo tanto, una dimensión importante del pecado es la opresión y la explotación.
Gustavo Gutiérrez ha descrito el pecado como una vuelta egoísta hacia uno mismo. Pecar es negarse a amar al prójimo y por lo tanto al Señor mismo. Esta negativa, ya sea personal o colectiva, es la causa última de la pobreza, la injusticia y la opresión. Gutiérrez clasifica de injusto y pecaminoso el uso de la violencia por parte de los opresores para mantener el sistema injusto. Por otra parte justifica el uso de la violencia por parte de los oprimidos para liberarse. Está claro que este punto de vista dista notablemente del cristianismo tradicional, en particular del pacifista, según el cual el uso de la violencia es equivocado, incluso cuando se trata de resistir los actos injustos y pecaminosos de los demás.
James Fowler clasifica a los teólogos de la liberación en “teólogos ideológicos” y “teólogos del equilibrio.” Los primeros, donde están James Cone, Albert Cleage y William Jones ven las cosas según dicotomías muy diferenciadas. Según su punto de vista se identifica a Dios con los oprimidos o con los opresores. No puede ser ambas cosas. Cone dice: “La teología negra no puede aceptar una idea de Dios que no le represente como a favor de los negros y por lo tanto en contra de los blancos. Viviendo en un mundo de opresores blancos, los negros no tienen tiempo para un Dios neutral.” Por otra parte, los teólogos del equilibrio, consideran que la línea de separación entre el bien y el mal no es entre dos grupos, sino a través de ellos: “En la lucha contra las estructuras del mal y contra los opresores, los cristianos deben luchar como si esperaran la redención del opresor.”
¿Qué pasa con los oprimidos? ¿Qué sería el pecado para ellos? Según la forma tradicional de entender el pecado y, también para los teólogos del equilibrio, se podría pensar en el pecado como odio, amargura, falta de amor por el opresor. Porque Jesús nos ordenó que amásemos a nuestros enemigos (Mt. 5:44). Para los teólogos ideológicos, por otra parte, el pecado del oprimido consiste en su conformismo ante la situación opresiva. Cone dice: “Su pecado es tratar de ‘entender’ al esclavizador, ‘amarle’ según sus propios términos. Aceptar la situación, en lugar de oponerse a ella e intentar vencerla, es el pecado del oprimido. Justo y Catherine González lo dicen de esta manera:
"Si acudimos a la antropología, la teología de la liberación rechaza la noción de que a Dios se le sirve mejor con nuestra humillación. Demasiado a menudo la doctrina de la Reforma de la justificación por la fe se ha presentado de esa manera. Es significativo que muchos de los que nos dicen que la humildad es la mayor virtud, o que la raíz de todo pecado es el orgullo, lo estén haciendo desde prestigiosos púlpitos y puestos bien remunerados...La teología tradicional a menudo ha intentado promocionar la virtud de la humildad, particularmente porque los que son humildes se mantienen en su sitio y se niegan a reclamar el estatus que les pertenece en las sociedades humanas como hijos y herederos de Dios".
Creamos o no que la teología de la liberación está influenciada por el marxismo, no es difícil reconocer ciertos paralelismos entre los dos, tanto en el concepto de los problemas humanos como en los medios que se defienden para superar los problemas. En cada caso, los problemas de la sociedad, llamémosles males o pecados, se consideran el resultado de la distribución injusta del poder y la riqueza, y la solución se encuentra en eliminar estas injusticias y la opresión derivada de ellas.
La suposición de la teología de la liberación, como la del marxismo, es que son los problemas económicos, y en particular las injusticias en el poder y la propiedad, los que determinan el comportamiento humano. Presumiblemente los que promueven estas injusticias son grandes pecadores, mientras que los que luchan contra ellas no lo son. De hecho, ciertos teólogos de la liberación en algunos casos en particular, pueden considerar una acción (por ejemplo, matar) como pecado si lo comete un opresor, pero no si lo comete un oprimido cuando está luchando por acabar con las injusticias. Se cree que eliminar las injusticias también eliminará la ocasión de pecar.
Sin embargo, en realidad esta teoría no parece que haya funcionado así. En la antigua Unión Soviética, donde se consiguió una sociedad sin clases, seguía habiendo graves problemas de poder entre los líderes y represión, incluso con uso de la violencia, de los que estaban fuera de la estructura de poder, como pueden atestiguar millones de húngaros, checoslovacos y polacos. Parece que la posesión de recursos adecuados para suplir las necesidades básicas de la vida no suprime la tendencia a buscar la propia satisfacción, incluso a costa de los demás. La redistribución del poder y la riqueza no elimina el “pecado.”
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