La enseñanza de la intensidad del pecado en el Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento en su mayor parte habla de los pecados y no de la pecaminosidad, del pecado como un acto y no como un estado o disposición. La condena pronunciada por los profetas hebreos estaba dirigida generalmente a actos de pecado o a pecados. No obstante esta condena no sólo se relacionaba con los actos externos del pecado, sino también con los internos. De hecho, se distinguía entre pecados según su motivación. El derecho de refugio estaba reservado para los homicidas que mataban sin intención y no para los que lo hacían de forma intencionada (Dt. 4:42). El motivo era tan importante como el acto en sí mismo. Además, las intenciones y los pensamientos internos se condenaban aparte de los actos externos. Un ejemplo es el pecado de la codicia, un deseo interno que se escoge libremente.

Sin embargo, el Antiguo Testamento va un paso más allá en su manera de entender el pecado. En particular en los escritos de Jeremías y Ezequiel el pecado se describe como una enfermedad espiritual que aflige al corazón. Nuestro corazón está mal y hay que arreglarlo o incluso sustituirlo, o incluso intercambiarse. No sólo hacemos el mal; nuestra misma inclinación es maligna. Jeremías dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Más tarde Jeremías profetiza que Dios cambiará los corazones de su pueblo. Llegará el día en que el Señor pondrá su ley en el pueblo de Israel y lo “escribiré en su corazón” (Jer. 31:33). De forma similar, en el libro de Ezequiel Dios afirma que los corazones de la gente necesitan cambiar: “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne” (Ez. 11:19).

Es también de destacar que aunque algunos de los términos hebreos para pecado señalan hacia pecados definidos y específicos, otros parecen sugerir una condición, estado o tendencia del corazón. Un término que es particularmente significativo aquí es el verbo 'chashab', que en distintas formas aparece unas 180 veces. Aunque hay más de veinte traducciones diferentes, el significado básico es “planear,” que combina las ideas de pensar e idear. El término se utiliza en conexión con los pensamientos y los propósitos de Dios, y especialmente con las ideas ingeniosas y pecaminosas de un corazón humano. En el segundo caso la palabra llama la atención no sobre el acto del pecado, sino sobre el propósito e incluso la doble intención que hay tras él. En Eclesiastés 7, el predicador reflexiona sobre el predominio de la maldad. Habla de la mujer cuyo corazón es lazos y redes (v. 26), y luego concluye: “He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones” (v. 29). La persona que comete actos malvados es aquella cuyo corazón concibe el mal, cuyo hábito es pecar. La imagen del corazón perverso la encontramos ya en el relato del diluvio; Dios comenta sobre la humanidad pecadora que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). Más tarde abundan los ejemplos: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Is. 55:7); “pues no entendía que maquinaban designios contra mí” (Jer. 11:19); “Abominación son a Jehová los pensamientos del malo; mas las expresiones de los limpios son limpias” (Prov. 15:26). Ryder Smith comenta sobre estos pasajes: “Aquí la idea de los pecados internos separados pasa a ser la de un hábito de pecar.”

El Salmo 51, el gran salmo penitencial, expresa más completamente la idea de la pecaminosidad o de la naturaleza pecaminosa. Dejando a un lado de momento la cuestión de si el pecado o la corrupción se hereda, notamos aquí un fuerte énfasis en la idea de que el pecado es una condición o disposición interna, y la necesidad de depurar el interior de la persona. David habla de haber sido formado en maldad y concebido en pecado (v. 5). Habla de que el Señor ama la verdad en lo íntimo, y de la necesidad de comprender la sabiduría en lo secreto (v. 6). El salmista ora para ser lavado y limpiado (v. 2), purificado y lavado (v. 7), y pide a Dios que cree en él un corazón limpio y que renueve un espíritu recto dentro de él (v. 10). Apenas se pueden encontrar en la literatura religiosa expresiones de más fuerte concienciación sobre la necesidad de cambiar la disposición o la naturaleza interna. Queda claro que el salmista no piensa en sí mismo sólo como alguien que peca, sino como en una persona pecadora.