Evangelio de Pedro

Evangelio de Pedro

El texto del evangelio de Pedro fue descubierto a fines del siglo XIX, en 1886, en la ciudad egipcia de Akhmim, en una tumba cristiana. Escrito en primera persona, el narrador se identifica como Simón Pedro (versículo 60), aunque los estudiosos actuales descartan que pudiera ser efectivamente escrito por el apóstol, por tanto, su autoría es pseudo-epigráfica, lo que significa que fue atribuido a una figura importante (en este caso, Pedro) para ganar autoridad, pero fue escrito por alguien más, probablemente en el siglo II.

Este descubrimiento contenía un manuscrito fragmentario que cubre parte del relato de la pasión de Jesús, desde el juicio ante Pilato hasta su resurrección. El evangelio de Pedro presenta varias diferencias significativas respecto a los relatos de la pasión y resurrección que se encuentran en los evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Aunque comparte algunos elementos comunes, también introduce detalles novedosos, particularmente en la descripción de los eventos sobrenaturales que rodean la resurrección de Jesús.

En el evangelio de Pedro, la responsabilidad por la muerte de Jesús recae más directamente sobre los judíos, en lugar de los romanos. Aunque Poncio Pilato está presente en la narrativa, el texto enfatiza que los líderes judíos son quienes insisten en la crucifixión, minimizando la participación romana. Esta diferencia es notable en comparación con los evangelios canónicos, que también presentan a los líderes judíos como parte del proceso, pero incluyen la figura de Pilato como responsable de ordenar la crucifixión.

Una de las características más distintivas del evangelio de Pedro es la descripción espectacular de la resurrección. El texto relata que, durante la noche, dos ángeles bajan del cielo y entran en la tumba, de la cual salen junto a Jesús. La escena se describe con gran detalle, mencionando que de la tumba sale una figura gigantesca y que una voz celestial proclama la resurrección de Jesús. Incluso se menciona que la cruz en la que fue crucificado Jesús sale de la tumba, lo que añade un toque místico y simbólico al evento.