Expresión contemporánea de la doctrina

Una vez que hemos determinado la esencia de la doctrina, la tarea siguiente es darle una expresión contemporánea para revestir la verdad inalterable de una forma adecuada. Esto se puede hacer de distintas maneras, una es encontrar la forma actual de las cuestiones para las cuales la doctrina ofrece respuestas. Este método es parecido al de la correlación de Paul Tillich.

Tillich caracterizó su teología como apologética o teología de respuestas. Él veía al teólogo como alguien que se mueve entre dos polos. Uno de los polos es la autoridad teológica, la fuente de la cual se extrae la teología. En nuestro caso la Biblia. Este polo es necesario para asegurarnos de que la teología tiene autoridad. El otro polo es lo que Tillich llama la situación. Con esto él no quiere referirse a las situaciones específicas de los individuos o a un momento histórico concreto. Más bien se refiere al arte, la música, la política de una cultura, en resumen, toda la expresión del pensamiento, el carácter o la perspectiva de una sociedad. Analizando esta situación, queda claro cuáles son las cuestiones que la cultura está planteando ya sea de forma implícita o explícita. Este tipo de análisis, a juicio de Tillich, es en gran medida el papel de la filosofía.

En esta forma dialogada (pregunta y respuesta) de hacer teología, el polo normativo proporciona el contenido a la teología. Pero la forma de expresión estará determinada por la correlación entre las respuestas dadas en la Biblia y las preguntas que se plantean en la cultura. Por lo tanto, el mensaje no se proclama sin tener en cuenta la situación del que escucha. Ni se proclama a la manera de un ideólogo que corre por la calle gritando: “¡Tengo una respuesta! ¡ Tengo una respuesta! ¿Quién tiene la pregunta?” Más bien un análisis de la situación, esto es, de las preguntas que se plantean, dará un molde general, una orientación, al mensaje.

Es necesario enfatizar de nuevo que las preguntas influyen sólo en la forma de la respuesta, no en el contenido. Un problema que se dio con el modernismo en los Estados Unidos a principios del siglo XX fue que éste estaba demasiado preocupado por la situación inmediata y no podía adaptarse cuando la situación cambió. El problema subyacente era que el modernismo tendía a condicionar no sólo su forma sino también su contenido según la situación a la que se enfrentaba. Por lo tanto, no sólo exponía de nuevo sus respuestas; las reestructuraba. No ofrecía una respuesta permanente en una forma nueva; daba una respuesta nueva, una respuesta diferente.

El análisis de una cultura se debe hacer de forma cuidadosa y amplia. Un tratamiento superficial a menudo resulta demasiado engañoso, ya que la situación aparente puede en realidad ocultar las preguntas que realmente se están planteando. Se pueden señalar dos ejemplos, procedentes de personas con perspectivas muy diferentes. Por una parte, Francis Schaeffer en su análisis de la cultura occidental de mediados del siglo XX, ha observado que aparentemente parece haber un rechazo de la racionalidad y por el contrario un fuerte énfasis en lo irracional, la voluntad. La concepción popular parece ser que el significado no se descubre, sino que se crea por propia voluntad. Este énfasis se dio especialmente en el existencialismo. Pero en la actualidad, dice Schaeffer, la sociedad pide una interpretación racional de la realidad porque tiene una profunda necesidad de ella. Por otra parte, Langdon Gilkey ha señalado que en la superficie el secularismo moderno parece presentar una filosofía en la que el ser humano controla todas las cosas, y ha perdido todo sentido de misterio o de necesidad de ayuda externa. En realidad, argumenta Gilkey, en las experiencias de las personas seculares modernas hay “dimensiones de trascendencia” a las cuales puede dirigirse el mensaje cristiano.

Otra manera de expresar la tesis de esta sección es decir que deberíamos intentar encontrar un modelo que hiciera inteligible la doctrina en un contexto contemporáneo. Un modelo es una analogía o imagen utilizada para representar y clarificar la verdad que se está examinando o transmitiendo. La búsqueda de modelos contemporáneos constituirá una parte importante del trabajo de la teología sistemática (a diferencia de la teología bíblica que se limita a los modelos bíblicos). Aquí estamos hablando más de modelos sintéticos que de modelos analíticos. Estos últimos son herramientas para la comprensión, los anteriores son herramientas de expresión. El modelo sintético debería ser libremente intercambiable por otros modelos más adecuados o útiles.

Lo que pretendemos no es hacer que el mensaje sea aceptable para todos, especialmente para los que tienen sus raíces en las suposiciones seculares del momento. Hay un elemento en el mensaje de Jesucristo que siempre será lo que Pablo llamó un “tropezadero” o una ofensa (1 Co. 1:23). El evangelio, por ejemplo, requiere renunciar a la autonomía a la que solemos aferrarnos tenazmente, no importa en la época que vivamos. El objetivo no es hacer aceptable el mensaje, sino asegurarnos en lo posible de que el mensaje por lo menos se entienda.

Al querer buscar una forma de expresar el mensaje de forma actual surgen varios temas que sería provechoso estudiar. Aunque nuestro tiempo parece caracterizarse cada vez más por la despersonalización y la indiferencia, hay indicadores de que existe una auténtica necesidad de una dimensión personal en la vida, con la que la doctrina de Dios que conoce y se preocupa por todos puede conectar con éxito. Y aunque ha habido un tipo de confianza en que la tecnología moderna puede resolver los problemas del mundo, cada vez hay más señales de que se toma conciencia de que los problemas son más grandes y aterradores de lo que se creía y de que la raza humana es el mayor problema para sí misma. Ante este telón de fondo el poder y la providencia de Dios tienen una nueva pertinencia. Además, darle un matiz diferente a nuestra teología puede que nos permita hacer que el mundo se enfrente a cuestiones que no quiere preguntar, pero que tiene que preguntar.

Hoy está de moda hablar de “contextualizar” el mensaje. Como el mensaje original se expresó de forma contextualizada, primero hay que “descontextualizarlo” (hay que encontrar la esencia de la doctrina). Sin embargo, después debe volver a contextualizarse en tres dimensiones. La primera se puede denominar “longitud”, que implica la transición del siglo I (o antes) al siglo XX. 

La segunda dimensión es lo que podríamos llamar “anchura”. En un periodo de tiempo hay muchas culturas diferentes. Ha sido común observar las diferencias entre oriente y occidente y comprobar que el cristianismo, aunque preservando su esencia, toma diferentes formas de expresión en distinto lugares. Algunas instituciones han ignorado esto, y el resultado ha sido una ridícula exportación de costumbres occidentales; por ejemplo, en oriente a veces se construyeron pequeñas capillas blancas terminadas en aguja para el culto cristiano. Así como la arquitectura de la iglesia podría adoptar la forma indígena de una parte del mundo, también pueden hacerlo las doctrinas. Cada vez nos damos más cuenta de que las diferencias culturales más significativas pueden estar entre el norte y el sur y no entre oriente y occidente. A medida que el tercer mundo se hace particularmente prominente esto puede ser especialmente importante en el cristianismo porque su rápido crecimiento en lugares como África o Latinoamérica hace que se incline hacia ellos la balanza que estaba en los centros tradicionales que eran Norteamérica y Europa. Las misiones y especialmente los estudios transculturales son profundamente conscientes de esta dimensión del proceso de contextualización.

También está la dimensión de la “altura”. La teología debe trabajarse en diferentes niveles de abstracción, complejidad y sofisticación. Podemos pensar en esto como una escalera con peldaños de arriba a abajo. En lo alto están las superestrellas de la teología. Son los pensadores destacados que hacen avances profundos e innovadores en teología. Aquí estarían los Agustinos, los Calvinos, los Schleirmachers y los Barths. En algunos casos, no resuelven todos los detalles del sistema teológico que establecen, pero inician el proceso. Sus escritos son lectura obligatoria para el gran número de teólogos profesionales que están un nivel por debajo de ellos. En el siguiente peldaño están los estudiantes de las escuelas de teología y las personas que se encargan de algún ministerio. Aunque estudian teología con aptitud, esto sólo es una parte de su compromiso. En consecuencia su comprensión de la teología es menos profunda y penetrante que los que se dedican a estudiarla a tiempo completo.

En los peldaños más bajos de la escalera están las personas normales: los que nunca han estudiado teología de manera formal. Aquí nos podemos encontrar con varios niveles de alfabetismo teológico. Varios factores determinan en qué parte de la escalera se encuentran esas personas: la cantidad de estudios bíblicos que posean (como los realizados en la iglesia o en la escuela dominical), edad o madurez, los años de estudios formales. La verdadera contextualización del mensaje significa ser capaz de expresarlo a todos estos niveles. A la mayoría de las personas que están en el ministerio se les pedirá que interpreten el mensaje a un nivel un peldaño por debajo del suyo; también deberían tratar de estudiar algo de teología al menos un peldaño por encima del suyo para continuar inte lectualmente vivos y seguir creciendo.

Es particularmente importante tener en cuenta la naturaleza práctica de los temas con los que la gente no especializada tiene que relacionar su teología y lo mismo les pasa a los teólogos cuando no están actuando netamente como teólogos. Kosuke Koyama nos ha recordado que en su país, Tailandia, la gente está preocupada principalmente por los temas cotidianos como la comida y el búfalo de agua. Sin embargo, no sólo son los tailandeses los que tienen como principal preocupación temas de este tipo. El teólogo necesitará buscar la manera de relacionar la doctrina con estas preocupaciones.