Intuición de diseño universal

Es fácil darse cuenta de que los animales y las plantas están perfectamente diseñados para hacer las cosas que hacen. El pico del colibrí está perfectamente hecho para tomar el néctar de determinadas flores y no de otras. Pero, ¿cómo saber si algo ha sido diseñado o es producto de la naturaleza? Se han propuesto dos métodos para detectar el diseño: la complejidad específica y la complejidad irreductible.

¿Qué es la complejidad específica? Se trata de un concepto desarrollado por el matemático, William Demski. Para explicarlo me referiré a la montaña de Monserrat ubicada en Cataluña. Se trata de un macizo montañoso complejo, del que no puede haber otro igual en toda la Tierra. Ha sido modelada así por la erosión y los agentes meteorológicos. Nadie cree que sea el producto de un diseño inteligente sino de las solas fuerzas de la naturaleza. Sin embargo, el monte Rushmore de Keystone (Dakota del Sur) además de complejidad natural posee diseño inteligente porque representa de forma específica los rostros de los primeros cuatro presidentes de los Estados Unidos. De la misma manera, cuando se observa el universo y los seres vivos, se descubren innumerables ejemplos de complejidad específica que solo pueden explicarse apelando a un diseño inteligente previo. Las mutaciones al azar y la selección natural, que propone el darwinismo, son incapaces por sí solas de crear dicha complejidad específica.

En segundo lugar está la complejidad irreductible, concepto que fue desarrollado por el bioquímico estadounidense, Michael J. Behe, quien recuerda la famosa frase de Darwin: “Si pudiera demostrarse que existió algún órgano complejo que tal vez no pudo formarse mediante numerosas y sucesivas modificaciones ligeras, mi teoría se vendría abajo por completo”, para afirmar que esos órganos a que se refería Darwin ya han sido encontrados por la bioquímica moderna. ¿Qué es un órgano o una función irredutiblemente compleja? Es un sistema compuesto de varias partes interrelacionadas, cada una de las cuales requiere de las otras para su función. Si se quita una parte, el sistema deja de funcionar.

La complejidad irreductible es fácil de entender comparándola con una trampa para ratones. Las trampas comunes están compuestas de varias piezas: una base de madera, un trozo de alambre donde se inserta el queso, un muelle, una traba y un cepo o martillo. Para que la trampa funcione, es necesario que todas estas piezas estén presentes. Además, para atrapar ratones, todas las piezas tienen que estar dispuestas de una determinada manera. Si falla una de ellas, la trampa pierde su utilidad. Es improbable que un sistema irreductiblemente complejo surja instantáneamente porque, como dijo Darwin, la evolución es un proceso gradual. La selección natural nunca puede realizar un salto súbito y grande, sino que debe avanzar mediante pasos cortos y seguros, aunque lentos. Un sistema irreductiblemente complejo no puede empezar a existir de pronto porque eso implicaría que la selección natural no es suficiente. Pero tampoco dicho sistema podría haber evolucionado mediante “numerosas y sucesivas modificaciones ligeras” porque cualquier sistema más simple no tendría todas las partes requeridas para funcionar bien y, por tanto, no serviría para nada y no tendría razón de ser.

El planteamiento de Behe es que los sistemas biológicos irreductiblemente complejos existen en la naturaleza y refutan al darwinismo. Su ejemplo más famoso es el flagelo bacteriano, -aunque existen muchos más- una cola muy alargada que permite a algunas bacterias desplazarse velozmente en el medio acuoso. Ha sido llamado el motor más eficiente del universo ya que es capaz de girar a 100.000 rpm y cambiar de dirección en cuartos de vuelta. Como la trampa para ratones, el flagelo tiene varias partes que necesariamente se complementan para funcionar de manera coordinada. No hay explicaciones darwinistas detalladas ni graduales que den cuenta del surgimiento del flagelo de las bacterias ni de otros sistemas biológicos irreductiblemente complejos que se encuentran en la naturaleza. Sin embargo, sabemos que los seres inteligentes pueden producir tales sistemas. Una explicación más coherente de los mecanismos moleculares, como el flagelo bacteriano, es entenderlos como productos del diseño inteligente. Las múltiples evidencias de diseño inteligente en la naturaleza son un grave inconveniente para el evolucionismo porque la realidad del diseño indica la existencia de un diseñador.