La objeción histórica
A diferencia de la objeción natural, que cuestiona la posibilidad de los milagros, la objeción histórica cuestiona la confiabilidad de los supuestos testigos. Hume afirmó que nunca existirá “un número suficiente de hombres de tan incuestionable buen sentido, educación y conocimientos como para salvarnos de cualquier equivocación al respecto.” Más adelante, él incluso afirma que los milagros “abundan en naciones bárbaras e ignorantes.” Hume culpa al espíritu religioso y su “gusto por el asombro” y su inclinación por lo “extraordinario y maravilloso” por la credulidad de la gente ignorante.
Ciertamente Hume menciona varias críticas válidas. La ignorancia indudablemente pudiera estimular, en ocasiones, explicaciones sobrenaturales de fenómenos totalmente naturales. Pero incluso si los informes de milagros únicamente proviniesen de personas ignorantes, esto no implicaría que todo lo que narren fuera falso. La explicación a partir de la ignorancia de los testigos también es muy común en círculos escépticos actuales. Sin embargo, una encuesta entre 1.100 médicos estadounidenses que gozan de un alto nivel de formación académica mostró, que el 74% de los clínicos creía que los milagros pudieron haber ocurrido en el pasado y el 73% asumía que todavía suceden hoy en día. Pero el dato más sorprendente fue que el 55% vieron resultados clínicos que ellos consideraban milagrosos. Stefan Alkier señala también que, tanto el Antiguo Testamento como también el Nuevo Testamento, muestran una amplia gama de términos que describen prodigios milagrosos. Alkier observa que esta diversidad terminológica también se conoce en otras culturas antiguas, lo que indica un buen conocimiento de relatos milagrosos y su posible clasificación y evaluación. Por lo tanto, él objeta, por un lado, que se califique a los testigos como ‘infantiles’, ‘ingenuos’ o ‘crédulos’ y, por otro lado, que se les asigne a las clases sociales bajas e ignorantes. La erudición reciente ha mostrado también que la fácil credulidad no se aplica a los testigos bíblicos. Tanto en el AT y NT las personas desconfiaban de supuestos relatos milagrosos. Especialmente el primer capítulo del Evangelio según Lucas muestra como un médico, después de una cuidadosa investigación (Lucas 1:1-4), narra cómo dos mujeres, una estéril y otra virgen, quedaron embarazadas. En ambos casos, los testigos presenciales objetaron el suceso por su imposibilidad natural (Lucas 1:18.34). Lucas también relata cómo los discípulos rechazaron la historia de la tumba vacía (Lucas 24:11). El NT tampoco esconde el hecho que otros discípulos seguían dudando a pesar de las apariciones de Jesús (Mateo 28:17, Lucas 24:41). Tomás incluso rechazó la resurrección de Cristo hasta que pudo palpar las heridas de Jesús (Juan 20:25). Por lo tanto, los discípulos no tenían una inclinación religiosa que les empujaba a creer en la resurrección.
La preferencia humana por lo sobrenatural también puede originar la fe en un milagro. Pero esto tampoco demuestra la improbabilidad absoluta de los milagros, sino simplemente pone de relieve la posibilidad de que ciertos relatos milagrosos sean falsificados o se deban a la charlatanería de supuestos curadores espirituales.
El rechazo a priori de los testigos por Hume se ejemplifica especialmente en su tratamiento de un milagro muy conocido de su tiempo, la curación de la sobrina de Blaise Pascal, Marguerite Perier. Perier tenía una fístula en el ojo de la cual ella fue curada por contacto con una reliquia de la Sagrada Corona de Espinas conservada en Port Royal ante una multitud de testigos. Incluso el médico personal de la reina de Francia comprobó esta curación. A esta aplastante evidencia Hume simplemente responde: “¿Y qué podemos oponer a una nube tal de testigos, sino la absoluta imposibilidad (...) de los acontecimientos que narran?”. Acertadamente, el filósofo Colin Brown observa que Hume simplemente calificó los milagros como hechos ridículos y absurdos, una actitud que se perpetuó hasta hoy en día. Pero Hume mismo nunca estudió seriamente la evidencia para un milagro tan bien atestiguado como la resurrección de Cristo. Su crítica superficial simplemente refleja su prejuicio anti-sobrenaturalista. Si una persona parte de suposiciones ateas o deístas, ella estará cegada a las evidencias que confirmarían un milagro. Sin embargo, partiendo de premisas teístas que permiten que una deidad actúe con propósito, sería poco razonable rechazar las evidencias que manifiestan un milagro.
Crea tu propia página web con Webador